El pasado 16 de octubre se volvía a celebrar el Día Mundial
de la Alimentación bajo la mirada, de nuevo, de que el acceso a
alimentos sanos y seguros quede garantizado para todo el mundo. ¿Una utopía? De
momento lo sigue siendo para las más de 800 millones de personas que continúan privadas
de esta necesidad básica.
MARTA CHAVARRÍAS
Las últimas cifras de la Organización de las
Naciones Unidas para la
Agricultura (FAO) hablan por sí solas: 854
millones de personas en todo el mundo pasan hambre cada día. La lucha por
reducirla ya quedó reconocida en 1948 en la Declaración Universal
de Derechos Humanos, aunque parece que no se ha avanzado mucho desde entonces
o, en todo caso, no todo lo necesario. ¿Será que no hay suficientes alimentos
para todos? ¿O más bien que el reparto no es del todo equitativo? Parece
paradójico que algunas de las personas que más hambre sufren sean agricultores,
precisamente las que son productoras de alimentos, pero que viven en países en
desarrollo. Así lo corroboran los datos de la organización, según los cuales un
total de 799 millones de personas que sufren hambre viven en estos países,
mientras que 30 millones lo hacen en países en transición y 11 millones en
países industrializados.
Qué, cómo y para qué
En la carrera para conseguir alimentos para todos es
fundamental, tal y como ha quedado demostrado en el encuentro anual,
considerarlo un derecho de alcance internacional. Pero no es un derecho cualquiera,
sino que se trata del “privilegio” de tener, por ejemplo, acceso a agua
potable, o a alimentos que cubran las necesidades nutricionales más básicas de
cualquier persona, tanto desde el punto de vista de la cantidad (energía) como
de la calidad ( nutrientes esenciales como vitaminas). Algo aparentemente fácil
si se tiene en cuenta que vivimos en una sociedad en la que parece que lo que
predomina es la “abundancia” en muchos aspectos. Durante el encuentro, esta
disponibilidad ha dado un pequeño giro: no sólo se trata de asegurar alimentos
para todo el mundo sino que del “acto caritativo” debe pasarse a ofrecer los
medios para que las personas puedan procurárselos.
Según el informe El estado de la
inseguridad alimentaria en el mundo, publicado en 2005, África
Subsahariana, Asia Meridional, Cercano Oriente y África del Norte, América
Latina y el Caribe y Asia Oriental son las zonas con mayor prevalencia de subnutrición.
La misma fuente ofrece otro dato preocupante: el hambre y la malnutrición son
la causa principal de la muerte de casi seis millones de niños al año. La Organización Mundial
de la Salud
(OMS) calcula que más de la mitad de toda la mortalidad infantil se debe a
problemas relacionados con la desnutrición (aporte insuficiente de vitaminas y
minerales, especialmente de vitamina A y C, hierro, yodo y zinc).
Ante estas cifras, no ayuda para nada el hecho de que no se
ponga freno a uno de los mayores problemas de seguridad alimentaria. Y es que,
tal y como quedaba patente en una reunión anterior, la pérdida de diversidad
genética de los cultivos agrícolas ha visto cómo en los últimos 100 años
desaparecían 6.300 especies de animales. Por este motivo resulta esencial que
se clarifiquen cuáles son los alimentos básicos para la mayoría de la población
(como cereales, leche….) y cuál es la mejor manera de producirlos y
gestionarlos para reducir el grado de vulnerabilidad de las personas sin
recursos.
Mucho más que hambre
Las cifras de las personas que sufren hambre en todo el
mundo son el reflejo de un problema de “extrema pobreza”. El problema tiene un
alcance multisectorial, es decir, abarca aspectos como la salud, la
agricultura, el agua, la economía o factores incluso culturales, ya que en ella
están implicados aspectos como la educación, las condiciones de vida saludables
o la atención sanitaria. La solución debería tener en cuenta, pues, infinidad
de aspectos: desde crear voluntad política para combatirla hasta generar un
debate intercultural, así como concienciar de que la alimentación constituye un
“derecho fundamental” que va a la par del derecho a la educación, al trabajo o
a la salud.
Si, como indican las cifras actuales, la población mundial
aumenta en un 50% en los próximos treinta años, y que la mayoría de este
aumento se producirá en las zonas con menos posibilidades, la pregunta es: ¿se
podrá, para 2015, tal y como han prometido los líderes de todo el mundo (OMD),
reducir en un 50% las 850 millones de personas que sufren hambre? Está por ver.