El suplemento Futuro del diario El País ha recibido
dos premios (de los importantes) con unos pocos días de diferencia. Más que los
galardones, que también, interesa lo que significan y lo que se esconde detrás
de un trabajo de años en los que la recompensa no siempre ha sido la más justa.
Será porqué los científicos y los políticos de este país, en el fondo, son unos
gansos perezosos y miedicas.
XAVIER
PUJOL GEBELLÍ
El
primero de los premios es el Prisma
Especial, convocado por la Casa de las Ciencias de A Coruña y dotado con
9.000 euros. El segundo, el Premio de
Energías Renovables, convocado por el Club Español de la Energía, entregado
recientemente por la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. El primero,
por la trayectoria del suplemento; el segundo, en reconocimiento a una de las
“profesionales más señeras de la comunicación científica” española, Malen Ruiz
de Elvira.
La
primera reacción a esta doble noticia fue, obviamente, de alegría. En la
segunda reacción (horas y minutos más allá) me puse reflexivo. Cuando llegó el
momento de la tercera reacción, la verdad es que me cabreé.
Por
supuesto, los premios son merecidísimos. Estos dos y todos aquellos que, a lo
largo de su ya extensa historia, ha ido acumulando el suplemento Futuro.
Entre
otras razones porque Malen Ruiz de Elvira, responsable del suplemento, y Alicia
Rivera, periodista indiscutiblemente estrella (ella y yo sabemos que en esta
expresión hay un juego de palabras) han hecho posible dos milagros: informar de
ciencia y tecnología en unos tiempos en los que la ciencia y la tecnología de
este país eran paupérrimas; y contribuir a formar una escuela de periodistas
científicos, un estilo de escribir sobre ciencia, una manera de entender el
periodismo y, en definitiva, una pasión que a menudo se ha transformado en
estilo de vida. Hete aquí el motivo de mi alegría por el reconocimiento.
Ahora,
la reflexión. El suplemento Futuro ha conseguido algo que otros medios han
intentado pero que no siempre han conseguido: crear comunidad y ser referente.
Una obligación si se tiene en cuenta que se trata de un suplemento encajado en
un periódico de referencia, es decir, un diario cuya misión es, además de
informar, hacerlo de un modo que marque la pauta, que señale la agenda a seguir
y que obligue, por la calidad de su trabajo, a leérselo de cabo a rabo no sólo
para estar al día sino para enterarse de esas verdades que tantos, en la
administración, en la empresa, en el deporte o en cualquier ámbito de la vida,
tanto se empeñan en esconder.
Esto
ha sido así durante muchísimo tiempo en todo cuanto ha tenido que ver con la
comunidad científica. Lo ha sido al dar a conocer trabajos de investigación
que, poco a poco, nos han ido descubriendo que en España hay ciencia y
científicos que merecen salir en los periódicos. Lo ha sido también al contar
las cosas de la gran ciencia, aquella que explica porque la sociedad cambia de
rumbo o adquiere nuevos y brillantes conocimientos para responder a las
preguntas esenciales de la vida. Y lo ha sido, y mucho, también, en la defensa
de una comunidad científica que se ha movido, y se mueve todavía, entre el
quiero y no puedo, el puedo pero no me dejan, o el no puedo más (con ellos, los
de la administración). Y aquí mi reflexión: lamentablemente, la ciencia y su
comunidad se mueven en precario en un país que presume de moderno.
Y
nada, que aquí viene la parte del cabreo. Pese a que en estos años algo se ha
avanzado –negarlo sería estúpido- la comunicación científica, aquella que
debiera dejar fe de avances, logros e hitos que están transformando nuestra
sociedad a pasos agigantados, también vive en precario.
Si
la comunidad científica es pequeña y está excesivamente fragmentada, más lo es
y lo está la de periodistas que cubren este tipo de informaciones. Del mismo
modo, no siempre ha sido bien tratada, ni por los propios científicos ni por
los medios. Para los primeros porque tienden a considerar que a menudo
banalizamos en exceso sus cosas; para los segundo, porque al final acabamos
escribiendo “cosas incomprensibles” que sólo interesan a unos pocos.
Pero
no es cierto. Y de ahí mi cabreo. Mientras nos pasamos los días mirándonos al
ombligo y discutiendo sobre el sexo de los ángeles, discutiendo con nuestros
redactores jefe, convenciendo a los científicos, peleándonos en definitiva por
unos pocos centímetros cuadrados, resulta que por el mundo suceden cosas de
enorme impacto económico, social y ético que acaban mereciendo portada. Cosas
que, por otro lado, en absoluto son anecdóticas o curiosas. La oveja Dolly, el
genoma humano, la conquista (inacabada e inacabable) del espacio, los avances
de la nueva medicina, los logros biotecnológicos, los nuevos hitos en
tecnologías de la información. La lista es forzosamente incompleta, pero ayuda
a ver cómo desde los laboratorios se está transformando el mundo que conocemos.
Y de eso hay que informar.
Hay
un último punto. Hace cuatro días mal contados los científicos de este país se
afanaban por contar sus miserias y el mal trato que, a su juicio, recibían de
la Administración. Y nos pedían, casi que nos exigían, un papel proactivo para
denunciar públicamente sus problemas de financiación, de organización o de
condiciones precarias. Si ha sido noticia, lo hemos hecho; y en muchos casos
hemos escarbado en busca de esa noticia, incluso a pesar de los propios
científicos.
El suplemento Futuro, y su extensión a las páginas de Sociedad del
diario El País, ha hecho esto y mucho más. Y por hacerlo se le premia
merecidamente. A pesar de todo y de todos y, también hay que decirlo, gracias a
todo y a todos.