El
nuevo ministro de Sanidad, y no es broma, tiene los telediarios contados. ¿Cómo
se las apañará para hacer todo lo que ha dicho que hay que hacer? ¿Y si hay
nuevas ideas?
XAVIER
PUJOL GEBELLÍ
Hace
unos días le vi por Barcelona. Inauguraba uno de los mayores congresos que se
celebran en Europa, ECCO 2007,
al que acudieron más de 13.000 oncólogos de todo el mundo (de 86 países, para
ser precisos). En el acto no era la estrella principal. Compartía protagonismo
con la Consellera de Sanitat catalana, Marina Geli, con el oncólogo Josep
Baselga (el chairman local del evento) y con Ferran Adrià, el afamado cocinero.
Y a su lado, José Montilla, presidente de la Generalitat. Bernat Soria, el
ministro de Sanidad, tuvo que hacerse un hueco entre tanta personalidad para
poder contar algo que tuviera algo de contenido.
La
verdad es que no le salió muy bien. O sí, según se mire. No dijo nada relevante
salvo el esperable “gracias por la invitación, esto [el congreso] es muy
importante y desde el Ministerio no sólo hacemos cosas sino que vamos a hacer
cosas”. Poco más o menos que el resto de invitados. Es la cosa de los actos
protocolarios, que sólo merecen la pena por la foto. Raramente se sueltan
contenidos.
Y
el caso es que valía la pena porque, por una vez, el enfoque no se redujo a
nuevas terapias, nuevas moléculas o nuevos enfoques médicos. También se habló,
y mucho, de entorno: del familiar, del social, de cómo afecta una enfermedad de
este tipo (hablamos de cáncer) en el paciente y en cuantas personas le rodean.
Por suerte, tras las presentaciones oficiales vino la copa y los invitados se
soltaron un poco.
Gracias
a eso supimos que José Montilla había superado un cáncer, que la Fundación
Alicia, la de Ferran Adrià, lleva un tiempo invirtiendo en fórmulas culinarias
especialmente pensadas para enfermos del corazón, y más recientemente para
enfermos de cáncer, y que Bernat Soria tiene intención, en los pocos
telediarios que le quedan hasta las próximas elecciones, de ejecutar algo
parecido a una estrategia nacional contra el cáncer. Por supuesto, no llegó a
detallar cómo lo haría ni con qué instrumentos. Tampoco dijo nada sobre
presupuestos.
Visto
lo visto, y por si sirve de algo, se me ocurren varias cosas que a lo mejor
podrían tener interés. Conste que las ideas no son mías, son de personas que
saben mucho más. Yo me limito a recogerlas y a exponerlas con cierto orden.
Empiezo
por la iniciativa de Adrià. Hace unos meses publicó un libro del que apenas se
ha hecho difusión en el que, en colaboración con otros cocineros y dietistas,
jugaba con las texturas de los alimentos para dar forma a recetas de fácil
preparación, apetecibles y adecuadas a enfermos en tratamiento oncológico.
Aunque pudiera parecerlo, no es ninguna tontería ni tampoco un ejercicio de
oportunismo.
Merece
la pena recordar que son muchos los pacientes que reciben quimioterapia que
deben soportar los efectos adversos de la medicación con más resignación que
recursos. Entre ellos están la pérdida de apetito, la dificultad para deglutir
o digestiones complicadas. Las dietas que se recomiendan para combatir estos
efectos no suelen ser bien aceptadas por los pacientes. Entre otras razones
porque más que una dieta a menudo son una tortura. Dibujar un plato de
contenido hiperproteico que no sólo no sea un castigo sino que invite a comer
tiene su mérito.
¿Qué
tiene que ver esto con una estrategia? Pues a tenor de lo oído en ECCO 2007,
mucho. En el congreso se habló de estrés postraumático en adolescentes cuyos
padres habían padecido o estaban padeciendo la enfermedad. De divorcios cuando
uno de los miembros de la pareja padece cáncer de cuello uterino o de
testículos (parece que aumenta el índice de separaciones) o de la carga
emocional que soportan enfermos y cuidadores, muchos de ellos accidentales.
Si
se echa un vistazo a los centros de asistencia primaria o a los grandes
hospitales de referencia (los dos extremos del sistema asistencial) veremos que
estas cuestiones se solventan, en el mejor de los casos, con buena voluntad.
Todo el mundo admite que se trata de aspectos a cuidar, pero no hay recursos ni
medios ni personas. El puesto de psicólogo-oncólogo apenas está cubierto. Y
cubrirlo continúa siendo una novedad de la que podría hablarse incluso en los
periódicos.
Hay
más cosas. Por ejemplo: cuando se ensaya un nuevo fármaco (este es uno de los
efectos de la globalización) se forman redes y plataformas de colaboración que
conectan hospitales (lo más adecuado serían servicios hospitalarios) de
diversos países. Para medicamentos oncológicos España sigue siendo una
lamentable excepción. El flujo de ensayos clínicos en fase uno, que son
aquellos que marcan tendencia y establecen el grado de excelencia, es
extraordinariamente bajo en España. Salvo contadas excepciones (por suerte de
alto nivel), la participación de los hospitales españoles en estas redes
internacionales roza lo anecdótico. Bueno sería revertir esta situación.
Y
una última idea. Supongamos que, por aquellas cosas de la vida, existiera una
masa crítica de calidad que englobara las múltiples caras de una enfermedad
concreta. Ya que hablamos de cáncer, extendamos la suposición a este campo y
veamos qué ocurre. Salamanca, Madrid y Barcelona, por poner un ejemplo, ocupan
un lugar destacado en el escenario internacional. Sevilla y Oviedo podrían
añadirse a la lista. La calidad en investigación básica, por un lado, ayuda a
esta composición; por otro, la excepción antes aludida en el codesarrollo de
fármacos y en ensayos en fases clínicas y pre-clínicas; y también, por qué no
decirlo, las innovaciones a nivel asistencial que se están introduciendo en
algunos centros.
Puestos
a suponer, imaginemos que se extendiera el concepto a los centros de asistencia
primaria y que, además del soporte a pacientes, que ya existe aunque es
claramente mejorable, lo hubiera al entorno. Y que todo el paquete se
potenciara –tal vez no de forma prioritaria, pero si con voluntad estratégica.
Dado lo que hay y lo que podría haber con un poco de visión y un algo de
recursos, igual tendríamos una red de excelencia en un sector de enorme
trascendencia social e igual impacto económico.
Pues
de nada, señor ministro. Y si ahora que hay que empezar a cerrar cosas de
presupuestos necesita más ideas, ya sabe, a su disposición.