Atraer a los jóvenes investigadores más brillantes, sean de
dónde sean, a un país se considera una receta básica para dar vitalidad a su ciencia, aunque no
sea la solución si no va a acompañada de unas condiciones de contorno adecuadas
para que los jóvenes puedan desarrollar convenientemente su capacidad
potencial.
MALEN RUIZ DE ELVIRA

En España,
todavía la discusión se centra en cómo recuperar a los investigadores
españoles, muchos ya no tan jóvenes, que trabajan en otros países, la gran
mayoría de las veces por falta de oportunidades claras en éste, pero esa
discusión se está quedando rápidamente obsoleta.
Para
entender por qué no hay más que ver lo que está pasando con el programa Euryi
(European Young Investigator Awards) por el que un reducido número de jóvenes
investigadores recibe una gran cantidad de dinero, equivalente al premio Nobel,
para montar su propio equipo durante cinco años en el centro de investigación
de su elección.
Este año es el cuarto y último de existencia del programa, que
abarca 15 países y es financiado por las instituciones que participan en él, en
el marco de la
Fundación Europea de la Ciencia. Por España
participa el CSIC.
Un punto muy importante es que la selección de
los premiados la hacen jurados que se basan en el mérito del proyecto que
presenta el investigador y su historial científico. No atienden ni a la
nacionalidad del científico, que puede ser de cualquier país del mundo, ni al
país donde trabaja o pretende trabajar, entre los 15 citados. Antes de
presentarse al premio, el candidato debe ponerse de acuerdo con la institución
que le va a acoger durante esos cinco años, lo que implica una actitud activa por
parte de las instituciones para llevarse el premio que significa disponer de un
buen investigador que llega con el pan debajo del brazo.
En 2004, el
primer año de existencia del programa Euryi, nada menos que seis de los 25
premios correspondieron a investigadores españoles, todos para instituciones
españolas. Cada uno de ellos recibió más de 1 millón de euros, que todavía
están gastando. Al año siguiente, 2005, sólo dos –de ellos, uno extranjero- de
los premiados lo fueron para trabajar en España. En 2006 sólo hubo un premiado,
español, y en la convocatoria de 2007, cuyos resultados se hicieron públicos a
principios de agosto, la tendencia se confirmó absolutamente: a España no le ha
tocado nada.
No parece que
en España sobren prestigiosos jóvenes investigadores –españoles o extranjeros- bien dotados económicamente, por lo que hay
que pensar que se descuidó la preselección o que las universidades y centros de
investigación, sobre todo las de más reciente creación, no tienen una actitud
lo suficientemente activa para atraer a los mejores. Es verdad que este año
sólo se dieron 20 premios, en vez de los 25 de otros años y que la competencia
es mayor que en el primer año del programa, pero el número de países que participan
sigue siendo el mismo. Este año se han presentado 474 candidaturas y se han
llevado los premios sólo ocho países – República Checa, Francia, Alemania,
Holanda, Polonia, Suecia, Suiza y Turquía- de los cuales Francia, Alemania y
Suiza concentran el mayor número.
No habrá forma de saber si, tras tocar fondo,
la tendencia en España se podría revertir, ya que 2007 ha sido el último año
de los premios Euryi en su esquema actual. A partir de 2008 se convertirán en
unas becas que, con la misma filosofía, otorgará el nuevo Consejo Europeo de
Investigación, de cuyo comité científico forma parte Oscar Marín, premio Euryi en
2004.