De un tiempo a esta parte cruzar Aragón por los Monegros ya no es tan desolador: hay verde, pues hay riego. Aparejado al color, cosechas; y con ellas, eso se espera, más vida. O tal vez no exactamente.
XAVIER
PUJOL GEBELLÍ

Hagan la prueba. Píllense un coche o similar y crucen Aragón por la autopista AP-2, la del nordeste. O por la nacional o por cualquier carretera secundaria. De vez en cuando detengan el coche y echen un vistazo a su alrededor. Lo que hasta no hace mucho era desolador a los ojos de un observador ahora reluce en forma de verde cereal. Si todo sigue según los planes previstos, en 2013 la comunidad autónoma de Aragón alcanzará las 530.000 hectáreas de regadío. La inversión, de hasta 178 millones de euros para este período, debe asegurar el milagro de convertir el extenso secano aragonés, Monegros incluidos, en una de las superficies con mayor potencial agrícola.
Hasta aquí la nota informativa. Ahora, la reflexión. Empiezo por la fácil –que no superficial- que se formularía una amplia mayoría. “Es el precio del progreso”, podríamos conceder. Y en efecto, lo es. No en vano se trata de dar un nuevo uso al territorio de modo que ayude a fijar a la población rural ahí donde ha vivido secularmente sin tener que atender a los socorridos servicios en forma de turismo. Y no sólo debiera fijarse a la población, sino que, según lo previsto, la expansión del regadío va a favorecer la creación de puestos de trabajo. Entre 2.000 y 5.000 según la fuente consultada.
Pero la inversión no es sólo económica, también es ambiental. El Manifiesto científico por los Monegros
(
McM), redactado en 1998 y firmado por 483 investigadores e instituciones de 35 países en poco más de dos meses tras su publicación, recogía la existencia de unas 5.400 especies inventariadas, de las cuales unas 200 son endémicas. El Manifiesto reclamaba ya entonces la inclusión de los Monegros en las figuras de protección legal previstas por la legislación española. Una década después, la singular área aragonesa adolece de protección alguna y los regadíos han avanzado.
Bien podría argumentarse que los regadíos, como siempre ha ocurrido, van a acompañar el cambio de paisaje con el de flora y fauna. De todos es sabido que las extensiones cerealísticas, sobre todo las más consolidadas en el tiempo, son especialmente ricas en biodiversidad. El argumento, no obstante, pierde fuerza por la pérdida de endemismos.
También podría argumentarse que los planes de regadío no son nuevos. Es más, datan de prácticamente un siglo. Pero también es cierto que el campo de Aragón, por aquellos tiempos, estaba dominado por la hambruna, cosa que desplazó buena parte de la población rural a ciudades y pueblos de una cierta dimensión. La industrialización, y la rampante Zaragoza, hicieron el resto: consolidar la desertización.
Se podría achacar a la secular falta de riego la diáspora rural, pero, por qué no, también a la escasa visión política y a la nula voluntad de inversión que ha existido en Aragón durante demasiados años.
Lo que sería deseable, en cualquier caso, es encontrar un punto de equilibrio entre los cambios de uso del territorio, el asentamiento de la población y el desarrollo económico, y el mantenimiento de la singularidad ecológica. Las previsiones apuntan a que se va a lograr lo primero y que, muy probablemente, se va a perder lo segundo. El tiempo (y esperemos que algún cerebro avispado) nos lo dirán.
Y llegados aquí, una segunda reflexión. ¿Alguien ha pensado qué tipo de cultivos van a practicarse y en qué condiciones? Alguien me ha dicho (y me consta que va a ser cierto porque lo he comprobado) que hay soja transgénica en cultivos experimentales.
Nada tengo en contra de los transgénicos, especialmente si, como se supone, incorporan todos los controles previstos por la legislación europea. Y menos tendría aún si, además, fueran vegetales transgénicos que, además de mejorar su rendimiento por incorporar genes que los dotan de resistencia a herbicidas, condiciones salinas extremas o escasez de agua, tuvieran también genes que hicieran de los cereales (o los cultivos que fueran) más ricos en nutrientes.
Pero lo que me temo es que, si el cultivo experimental resulta exitoso, igual se dedican estos cereales a producir bioetanol. Y eso ya no lo tengo tan claro. No creo en el biocombustible para la automoción como una opción de futuro. Más bien pienso que va a resultar una excusa magnífica para deforestar importantes zonas del planeta, plantear condiciones de cultivo exigentes para con suelos poco preparados y, en última instancia, para mantener un modelo de explotación agraria que prima a quien tiene acceso a la tecnología (léase a quien la puede pagar) en detrimento de quien ni siquiera alcanza para comer.
Veremos qué ocurre. De momento sabemos que el precio del grano de maíz y de trigo ha aumentado y que con él lo han hecho productos derivados básicos. Desde la torta mexicana hasta el pan nuestro de cada día. Ya sabemos qué va a pasar con el precio de la leche (ese magnífico excedente que Europa nos obliga a destruir en lugar de redistribuirlo a áreas necesitadas de ella) y pronto tendremos noticia de qué pasará con la carne. Lo dicho, que viva el progreso.