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La estrategia del caracol

Enviado el jueves, 16 de agosto de 2007 10:54


La velocidad es una aptitud fundamental en la naturaleza, ser más rápido puede ser sinónimo de supervivencia y marcar la diferencia entre la vida y la muerte. También puede significar que nuestros genes perduren y se transmitan a la siguiente generación o sucumban con nosotros.

JORDI MONTANER
En nuestra sociedad, también damos mucha importancia a la rapidez pero por otros motivos. Progreso es igual a celeridad. Vivimos en la “era de la tecnología” y la velocidad es un valor en alza: aviones supersónicos y trenes  de alta velocidad para desplazarnos, conexiones informáticas que envían y reciben datos en nanosegundos y que nos permiten disponer de información según ésta se va produciendo… Todo lo hacemos o lo intentamos  hacer muy rápido: “consumimos tiempo ávidos de recordar lo que acabamos de hacer, probablemente sin  disfrutarlo”.  Lo cierto es que la tierra sigue tardando 365 días en dar una vuelta completa alrededor del sol y 24 horas en rotar sobre sí misma y nuestra vida, queramos o no, está sujeta a un ritmo circadiano (día/noche) que marca nuestras funciones biológicas, entre ellas la alimentación, semejante al que tenían nuestros lentísimos ancestros. ¿Por qué queremos entonces que todo vaya más rápido?, ¿estamos confundiendo rapidez con prisa ? y  lo que es peor, ¿cómo influye en nuestra salud este estado de urgencia permanente?.

Pero volviendo a la naturaleza, no todas las estrategias están basadas en la velocidad. El caracol vive alrededor de cinco  años, es hermafrodita  y tiene una concha que le protege de las agresiones externas. Seguramente casi nunca nos fijamos en él porque pasa desapercibido. Es un animal prudente, cosmopolita y cuyo éxito radica precisamente en la lentitud. El caracol  es el emblema que representa a la perfección una corriente que nació en Italia y que cuenta ya con más de 80.000 adeptos en todo el mundo, el “Slow Food”. Su presidente Carlo Petrini dice que “este animal es un amuleto contra la velocidad, la exasperación y la distracción del hombre demasiado impaciente para sentir y gustar, ávido para recordar lo que recién ha terminado de devorar". Toda una filosofía de vida que merece la pena conocer en profundidad y que tiene una forma de entender la alimentación como un bien cultural que hay que disfrutar, proteger y divulgar.

Esta organización internacional fue fundada en París en 1989 aunque su origen se remonta unos años atrás cuando un grupo de personas se rebelaron contra la apertura de un establecimiento de una conocida multinacional de comida rápida en pleno centro histórico de Roma, en donde la cultura gastronómica y el “piano piano…” están tan arraigados. Un grito contra la homogeneización del fast food y algunos de los hábitos alimentarios del modo de vida moderno.

Slow Food  revindica el derecho de disfrute del placer vinculado con los alimentos, así como  el respeto y el estudio de la biodiversidad alimentaria, es decir, la diversidad de sabores y recetas de las distintas partes del mundo, con un nuevo sentido de la responsabilidad en lo que se ha venido a llamar ecogastronomía. Su principal arma es la educación en el gusto que supuestamente impedirá el desarrollo de cocinas advenedizas y multinacionales alimentarias frente a la gastronomía local y las producciones tradicionales.

Entre sus actividades está la organización de cursos, viajes, y degustaciones…pero no sólo desarrollan la faceta más lúdica de la gastronomía, también han elaborado un censo de más de 750 productos tradicionales de todo el mundo amenazados de extinción que incluye desde la Alubia de Tolosa hasta el Vino Malvasía de Sitges.

Ya en el terreno puramente académico, los miembros de Slow Food se sienten orgullosos de La Universidad de Ciencias Gastronómicas en  Pollenza y Colorno en Italia, verdadero estandarte de este movimiento y primera y única en el mundo dedicada a esta temática. En ella no se imparten clases de cocina, los estudiantes estudian gastronomía con un temario interdisciplinario que incluye historia, literatura, ciencia y economía impartido por profesores y personalidades gastronómicas internacionales, así como un programa de viajes e investigaciones sobre el terreno.

Pero la pregunta es: ¿garantizan los sistemas tradicionales de producción agroalimentaria suficientes alimentos para la creciente y hambrienta población mundial? ¿y a qué precio? Y además ahora que el modelo  tradicional de familia ha cambiado, ¿quien dispone realmente de tiempo suficiente para ir al mercado comprar, cocinar y deleitarse con una receta tradicional?, ¿es realmente accesible para todos esta forma de entender la gastronomía?

Más allá del ámbito puramente alimentario,  esta corriente busca ritmos vitales más lentos y meditados, modelos de vida pausados que respeten las tradiciones, el medio ambiente y el consumo sostenible. Estos modelos de convivencia se han materializado en ciudades Slow City repartidas desde Noruega hasta Brasil, verdaderos intentos de ralentizar el mundo. En nuestro país una de las más recientes ha sido Munguía (Vizcaya) pero las solicitudes de anexión son muchas. No sólo son ciudades más amables con sus habitantes, sino que en ellas se intenta fomentar y retomar el valor de lo simple y cotidiano desde una tranquila conversación hasta una tradicional comida con los amigos.  

Como dijo John Lennon: “la vida es aquello que sucede mientras planeamos el futuro”. Felicidades por haber tenido tiempo suficiente para leer este texto hasta el final.


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Comentarios

# re: La estrategia del caracol

04/09/2007 21:46 por Prof. Nery Cunha Vital
Excelente reflexão sobre a nossa vida sem tempo para reflexão.
Parabéns.
Usarei o artigo com meus alunos de Planejamento e Administração do curso de Farmácia.
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