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In vitro veritas

Enviado el jueves, 26 de julio de 2007 12:04

Religión y ciencia, matrimonio morganático durante siglos, separación abismática en la modernidad… Hijos de una o de ambas disciplinas del conocimiento comparten hoy mesa en un orfanato de razones, ética y método


JORDI MONTANER
“Camino en hombros de gigantes…”, explicaba Galileo, para ilustrar metafóricamente el vértigo de sus indagaciones científicas en un mundo de poderes subyugados a la fe, que no a la razón pura. La inocencia, el quijotismo científico de entonces, cobró su rédito más oscuro a mediados del siglo XX, cuando los habitantes de Hiroshima y Nagasaki vieron caer del cielo un castigo atroz que no tenía nada de divino, previamente ensayado en laboratorios y bautizado como uno de los avances más importantes de la física.

“El saber no ocupa lugar (ético)”, explica Javier Armentia, físico astrónomo de la Universidad de Navarra y ateo. Como explorador del espacio dice albergar un sentimiento de trascendencia, “pero el rigor de la ciencia me obliga a seguir un método y a emplear siempre unas herramientas convencionales”.

Andreu Segura, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Barcelona, asume la religión como una empresa humana y sostiene que Dios es uno de los mayores inventos de la humanidad civilizada y, como tal, un producto de la cultura. “Creencia no es conocimiento”, explica, y añade que Darwin merecería ser considerado un “hombre de fe” por cuanto “intuyó en vida cosas que aún no era capaz de demostrar”.  Con todo, reconoce que el padre de la evolución fue un auténtico aguafiestas para los religiosos, por cuanto eliminó mucha parte del misterio que añadía atractivos a la religión.

Armentia juzga escandaloso que en pleno siglo XXI haya aún postulados religiosos que tachen a Darwin de hereje y mentiroso; pero también que en virtud del artículo 551 del código penal español, “bajo la enseña de proteger contra la degradación de los aspectos religiosos, una persona pueda ir a la cárcel por negar la existencia del infierno”.
  
Con un cierto rubor, Segura añade que hay pocos creyentes manifiestos entre los científicos galardonados con un premio Nobel, “y los pocos que abrazan la fe son casi siempre médicos”. Explica que el hombre de hoy es tanto objeto como sujeto de la ciencia y que ésta, por lo menos en Europa, no puede permanecer ajena al legado religioso heredado de siglos. “Los hombres y las mujeres de hoy no necesitan sólo razón, sino también consuelo, y eso es algo que la ciencia no les puede proporcionar y la religión, en cambio, sí.”

Las mismas preguntas con distinto interrogante

La experiencia científica requiere una competencia de conocimientos muy superior a la de la experiencia religiosa, es infinitamente más elitista. Pero el discurso complicado no puede obviar la simplicidad de sus principios: una pregunta, una experiencia y una razón.

Pregunta experiencia y razón forman parte también de la práctica religiosa, mucho más democratizada que la ciencia (en tanto que abierta a todo el conjunto de la población), pero mucho menos democrática. El dogma hace intocables ciertas cuestiones. Los pilares de la fe son más tortuosos, y en ellos uno se pierde con mayor facilidad que en la lectura de una tesis.

Hay, sin embargo, una pulsión común. Devotos e investigadores no paran de hacerse preguntas, no paran de interrogar su entorno en busca de la verdad. ¿Dónde trazamos las fronteras de la existencia? ¿En qué ámbito material, en qué dimensión?

Puede que el error no sea otro que pensar que hay una respuesta para todo. “Lo creeré cuando lo vea”, dicen los científicos; “lo veré cuando lo crea”, afinan los religiosos. Sin embargo, unos y otros siguen sin ver y, buscando, inventan. 

Jean Bernard escribió que “el hombre quiere ser Dios antes que ser hombre”. Toda nuestra cultura es un producto de técnicas antropogénicas en las que persiste una confusión entre los valores espirituales que la religión inculca y los que el conocimiento exhibe como compromiso intelectual Ian G. Barbour, un pensador enamorado de las relaciones entre ciencia y religión propone cuatro puntos de contacto: conflicto, independencia, diálogo e integración.

Las culturas son diferentes en diferentes partes del mundo mientras que la ciencia es en todas partes la misma. Lo que es bueno o es malo puede variar de una casa a otra, pero dos y dos son cuatro en todo el mundo.
El jesuita Agustín Udías, geofísico y meteorólogo de la Universidad Complutense de Madrid, describe en un artículo interesante cómo el positivismo científico del siglo XIX puso en un brete a la verdad religiosa y, “en un momento de euforia”, la ciencia osó posicionarse como el único conocimiento objetivo. “En su Curso de filosofía positivista (1830), Auguste Comte dividió la historia en tres fases: religiosa, metafísica y científica; para Comte, a la edad moderna le correspondía estar regida por el conocimiento científico, y los otros tipos de conocimiento se debían considerar como superados…”

Comte consideró que había llegado el momento de substituir la religión por la ciencia y llegó a confeccionar incluso un calendario en el que las fiestas de los santos eran sustituidas por las de los grandes científicos… Cien años más tarde, Rudolf Carnap, Phillip Frank y Bertrand Russell, utilizando el lenguaje matemático, llegaron a la conclusión de que la ciencia era el único conocimiento capaz de dar absoluta certeza a la verdad. Fuera de la ciencia no sepodía objetivar ningún conocimiento y, tanto la metafísica y como la religión, habían perdido todo sentido. El escritor católico Gilbert K. Chesterton dio la vuelta al calcetín al afirmar que lo único que la ciencia había demostrado era que “nada sobrenatural puede ser antinatural”, y años más tarde fueron Karl Popper, Thomas Kuhn, Imre Lakatos y Paul Feyerabend quienes, en un ejercicio de humildad, reconocieron que la naturaleza del conocimiento científico no es tan sencilla. El viejo sueño de Laplace de un universo absolutamente determinista se ha visto roto con la incertidumbre esencial de la física cuántica y el estudio de los fenómenos caóticos. Algunos físicos sueñan hoy de nuevo con encontrar una última teoría que lo explique todo, pseudocientíficos estadounidenses tratan de casar también ciencia y religión con toda suerte de guiños new age, al tiempo que los más viejos opinan que la ciencia irá siempre acercándonos a la realidad sin explicarla nunca por completo.

Pese a la forma tácita con que la ciencia impone sus criterios en todo el mundo, vivimos en un planeta en el que algo más de tres cuartas partes de la comunidad humana se confiesa religiosa. Segura recuerda que la palabra “iglesia” significa en su etimología griega precisamente eso: comunidad, y que el hecho de congregarse puede tener incluso más fuerza que la razón por la que los humanos se congregan.

Usos políticos

Son los gigantes en los que anduvo Galileo… No se puede dudar que la religión cristiana ha mantenido durante mucho tiempo una posición de privilegio en la sociedad, lo que ha llevado a una indebida hegemonía social y política. Algo parecido ocurre también con el Islam o el Judaísmo en Oriente.

Udías admite que el prestigio social de la ciencia se fundamenta en sus éxitos a la hora de explicar la naturaleza de cuanto nos rodea “y, sobre todo, en aplicaciones tecnológicas tan atractivas como funcionales”; un prestigio social que en Europa, por ejemplo, supera de mucho al de las instancias religiosas.

En esta nueva situación el prestigio de la ciencia es aprovechado por el poder político como en otro tiempo lo fue el de la religión. “Hoy los políticos quieren ser respaldados por el peso delos argumentos científicos, utilizados muchas veces fuera de su verdadero contexto, con los que se quieren justificar ante la opinión pública las decisiones políticas…” La actualidad nos sirve un ejemplo en bandeja: el nombramiento del último ministro de Sanidad por parte del ejecutivo. “De esta forma la ciencia se presenta como la última instancia ante la cual no hay apelación posible. Se puede decir que viene a sustituirse un dogmatismo religioso por otro científico. Los políticos quieren tener a la ciencia de su parte y se rodean de asesores científicos de la misma manera que en las cortes medievales los reyes se rodeaban deconsejeros eclesiásticos.” Advierte Udías que el científico, si no es consciente de ello, ”puede acabar manipulado por el poder político y económico”; añadiendo que la situación todavía es peor cuando es el propio científico el que toma parte en el poder como poderoso acicate para afianzar su propia carrera científica.

Einstein, hace muchos años, escribió que “la religión sin la ciencia está ciega y la ciencia sin la religión, coja”, y las cosas seguirán siendo como son.


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Comentarios

# re: In vitro veritas

25/08/2007 3:28 por mayra castro
solo quiero una ayuda para encontrar a DIOS

# re: In vitro veritas

25/08/2007 3:29 por mayra castro
solo quiero una ayuda para encontrar a DIOS

# re: In vitro veritas

26/08/2007 22:29 por María del Carmen Machado Rodríguez.
Es un excelente texto argumentativo que expande con maravillosa claridad un espacio de reflexión y pensamiento.
Al leerlo hemos concluído en forma sorprendente:

"Sólo queremos una ayuda para encontrarnos a Nosotros mismos y situarnos en el Universo".No queremos marchar a ciegas, ni cojos...
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