Según
confesión propia de los autores, ninguno de ellos imaginó jamás adónde podría
conducirnos la Red.
Luis
Ángel Fernández Hermana

El
reducido grupo de científicos y tecnólogos que diseñó aquel primer experimento,
a finales de 1969, en el que conectaron cuatro ordenadores, uno en la
Universidad de Utah y los otros tres en universidades de California, ni
siquiera cargados del LSD que abundaba en la época en los recintos
universitarios, podrían haber dibujado algunas de las formas concretas hacia
las que ha evolucionado la Red o este nuevo tipo de convivencia "en
red" que se ha instalado entre nosotros sin pedir permiso ni llamar antes
a la puerta. No digamos ya entrever siquiera el impacto que tendría sobre la
vida en este planeta lo que finalmente se llamaría Internet.
La cuestión, entre muchas, que surge de inmediato es: ¿Tenía que haber sido
así? ¿Era imposible en aquellas circunstancias haber realizado un ejercicio de
prospectiva que nos hubiera acercado, aunque fuera remotamente, a sospechar el
impacto de la Red, qué supondría interactuar en un espacio virtual como el que
perfilaban aquellos ordenadores conectados? La respuesta es tan obvia como si
la planteáramos sobre el momento en que se formó la Tierra. Si en un suponer de
historia-ficción cualquiera de nosotros hubiera observado desde una silla de
juez de tenis todo lo que estaba sucediendo hace cinco mil millones de años ¿podría
haber entrevisto, no digamos ya un simple vestigio de vida futura, sino
siquiera algunos de los ingredientes que finalmente conformarían aquella sopa
primitiva de la que deriva todo lo que hoy somos y tenemos? Deducir nuestra
sociedad actual del bombardeo cósmico de hace cinco mil millones de años habría
exigido no sólo una formidable imaginación, sino dotes excepcionales de
proyección, predicción y prospectiva que ni siquiera hoy día somos capaces de
vislumbrar. Además, sabemos a ciencia cierta que ni había silla de juez de
tenis, ni nadie sentado en ella observando aquel carnaval galáctico.
Pues bien, algo parecido nos ha sucedido hace apenas 40 años. La gran
diferencia es que, en esta ocasión, había gente sentada en la silla del juez de
tenis. Pero tampoco pudieron deducir prácticamente nada de lo que nos iba a
pasar, aparte de unos cuantos esbozos superficiales de lo que significaría un
mundo interconectado y comunicado. Ni los más aficionados a las profecías
consiguieron acercarse someramente a lo que ocurrió después, en unas poquitas
décadas. Los paradigmas de la comunicación y de las aldeas globales/locales tan
sólo nos camuflaron una realidad más profunda y significativa: la emergencia de
una naturaleza artificial, creada y recreada por el bombardeo inmisericorde de
archivos numéricos que se acurrucaban en o corrían por ordenadores conectados.
Nada más. Ahí dentro, en la Red, no hay nadie más y nada más que nuestra
representación numérica. Y esa red, ese sustrato tecnológico, está diseñado de
tal manera que sobre él podemos desplegar redes a partir de la creación,
gestión, organización, diseminación e interacción de los archivos digitales.
Por que son los propios usuarios los que se encargan de "cargar" el
sistema con archivos. Ese es nuestro punto de encuentro con los otros, lo cual
genera, al mismo tiempo, una particularísima, extraña y sin precedentes
dinámica de población: en ella reside lo que ya muchos denominan ciencia de las
redes, es decir, el estudio de los comportamientos más o menos organizados a
través de archivos relacionados en el espacio virtual.
La ciencia de las redes, sobre las cuales tenemos ya un buen conocimiento desde
la perspectiva del mundo físico (lo que muchos llaman "mundo real"
para contraponerlo al mundo virtual o artificial de la Red) ha encontrado un
terreno tan fértil en el ciberespacio, que ahora comenzamos a ver nuevos
procesos que afectan no sólo al núcleo de las ciencias como las hemos entendido
hasta ahora, sino que construyen nuevos paisajes a partir de la propia dinámica
de la conformación de dichas redes o de la actividad en red. Hasta ahora, se
sabían cuáles eran los compartimentos estancos por donde se encauzaban los
conocimientos de la física, la química, las matemáticas y otras ciencias
exactas, así como los supuestos teóricos en que se asientan. Al mismo tiempo,
se aceptaban "algunos trasvases" hacia las ciencias sociales, pero la
separación entre ambas ha supuesto -y sigue suponiendo- una forma medular de
estructurar el conocimiento en el sistema educativo, en particular, y en la
sociedad, en general.
Las redes, sin embargo, como si estuvieran guiadas por miles de agujas
hiperactivas, van cosiendo partes de las ciencias exactas que antes parecían
lejanas o directamente inconexas, o de las ciencias exactas con las ciencias
sociales, haciendo emerger tanto lagunas nuevas, espacios de conocimiento que
nunca habíamos imaginado y a los que ahora prestamos por primera vez atención y
comenzamos a abordar, como territorios conocidos ya en alguna parcela de la ciencia,
pero que ahora adquiere un nuevo significado al plantear problemas y
problemáticas que sólo adquieren visibilidad a través de las redes. Esto está
suponiendo un reacomodo fenomenal en el mundo académico y de la investigación,
con la conformación de agrupaciones (¿redes?) entre vecinos improbables para
tratar de afrontar los nuevos retos, desde el punto de vista de la
investigación y del conocimiento nuevo que es necesario impartir para funcionar
en un mundo tan peculiar y extraño como el de las redes digitales.
En España, estamos viendo como surgen los primeros polos de estos agrupamientos
que, signo de la inmadurez del sector, algunas veces trabajan sobre las redes
con un acopio abrumador de recursos propios de la era industrial y, en otras,
la conformación de redes para investigar permite crear múltiples mundos
paralelos artificiales que se prestan para ser... "metainvestigados".
Un ejemplo de esto lo tenemos en lo que se denomina (más por la época que
vivimos, que por la forma cómo está actualmente organizada) la Red Temática
sobre Aplicaciones de la Física Estadística y No Lineal a la Economía y las
Ciencias Sociales (
http://complex.ffn.ub.es).
Allí vemos el dominio de lo complejo, el encuentro entre lo transversal y lo no
lineal, el maridaje de la biocomputación los sistemas complicados, la dinámica
financiera contaminada por los nuevos materiales. Y esto sólo está empezando,
como veremos en próximas entregas.