Enviado el miércoles, 11 de julio de 2007 12:40
"Un paseo por la historia deja la sensación de que la
inventiva nacional ha estado en manos de personajes desligados de las
estructuras de investigación sistemática".
Ignacio F. Bayo

No por más veces repetido pierde vigencia ni contundencia el tan famoso como inoportuno exabrupto unamunoniano de que inventen los otros. Resulta poco lúcido como deseo, pero muy esclarecedor como constatación de una realidad y de una actitud: inventamos poco; si inventamos no lo patentamos; si lo patentamos no conseguimos fabricarlo o comercializarlo... Y cuando se incumple esta última regla el resultado, aunque quizás aporte beneficios, no deja de sonar jocoso: los inventos españoles que más éxito internacional han tenido en los últimos decenios son el chupa-chups, la fregona y el futbolín.
El inventor de este último artilugio, Alejandro Finisterre, fallecía hace unos días y la necrológica que glosaba su trayectoria vital en un periódico nacional recogía su pesar porque, más allá de otros méritos y actividades desarrolladas en sus 87 años de vida, en los que consiguió destacar como editor y organizador de eventos culturales, su nombre estaba indeleblemente asociado al invento de ese cachivache que durante decenios estuvo presente en bares, terrazas y salones recreativos. Convaleciente de heridas sufridas durante la guerra incivil, el tiempo muerto que pasaba en la cama del hospital le inspiró el modo de convertir el fútbol en un juego casi de mesa, pero aquel rasgo de ingenio, en lugar de motivo de orgullo, se convirtió en una pesada losa que eclipsaba sus otras hazañas. La patente, que perdió en la barahúnda del final de la guerra y la emigración forzosa, le permitió, pese a todo, obtener de la empresa que fabricó su invento en la posguerra algunos medios económicos para sobrellevar su exilio en Hispanoamérica.
Hace unos años, mientras preparaba un reportaje para la ya extinta revista de divulgación Conocer, tuve la oportunidad de bucear en la historia del ingenio español en los archivos de la Fundación García Cabrerizo, dedicada al fomento y apoyo de la invención en nuestro país. La experiencia resultó llamativa y sorprendente, y muestra de ello es que permanece bien anclada en mi memoria, debido a que en la larga selección de patentes que consulté había con frecuencia artilugios que por la descripción parecían sacados de una antología del disparate. Vean si no una muestra: "caja de fósforos con guardabrisa" (1881), "aparato para que las personas de corta estatura lleguen al pedal del piano" (1880), "medio de facilitar el encontrar niños perdidos e identificar las víctimas" (1876), "aparato contra el robo de relojes y demás objetos que se llevan en los bolsillos" (1865), "aparato para domar caballos" (1867), "procedimiento para extraer las espinas de las sardinas y demás clases de pescados sin incisión" (1865), "ingenio para hacer agua sin agua" (1539)... Todo ello mezclado con invenciones de mayor fuste: relojes, armas, molinos, grúas, telescopios, ingenios submarinos, hornos,procedimientos industriales, aparatos para minería y un sin fin de aportaciones con un denominador común, que todos eran fruto del esfuerzo e ingenio personales.
También se encontraban reflejados los esfuerzos de nuestros mejores ingenieros,
esos que son recordados cada vez que se debate sobre la inventiva nacional,
como Peral, Monturiol, de la Cierva, Torroja y el gran Torres Quevedo, nuestro
particular Leonardo, que inventó uno de los instrumentos tecnológicos que más
utilizamos en la actualidad en nuestro hogar: el mando a distancia.
A pesar de éste y otros ejemplos, la sensación que queda tras el recorrido
histórico sigue siendo el de que la inventiva nacional ha estado en manos de
personajes tan ingeniosos como estrafalarios, que actuaban por su cuenta,
desligados de las estructuras de investigación sistemática (entre otras cosas
por su frecuente inexistencia). Aunque hoy la ciencia española sigue siendo
rala, su desnutrición es mucho más evidente en el traslado de sus frutos a la
empresa, que debería ser uno de sus destinos preferentes. El diagnóstico es
viejo y conocido, pero la terapia parece no haber sido inventada aún.