Hay quien piensa que los alimentos denominados ecológicos son más sanos, nutritivos y
de mayor calidad que los convencionales.
Porque, dicen algunos, no contienen pesticidas y porque los métodos de
producción son más respetuosos, no sólo con el medio ambiente, sino con el
producto mismo… Algo que no cumplen, aseguran, los alimentos transgénicos, que
se asocian desde hace años más a un riesgo que a un beneficio. El debate queda
centralizado, pues, en dos frentes bien opuestos: ecológicos versus transgénicos.
Marta Chavarrías

Un repaso general a la información publicada al respecto
lleva a la conclusión de que los ecológicos, los “buenos” de la película, van
por delante de los transgénicos en cuanto a preferencias de los consumidores.
Esta tendencia va a la par de la producción, que en 2005 registraba ya seis
millones de hectáreas dedicadas a este tipo de alimentos, lo que significó un
aumento del 2% respecto a las cifras de 2004. Sin embargo, ahora un grupo de
expertos británicos acaban de cuestionar que este tipo de alimentos sean más
nutritivos que los convencionales.
En el análisis, realizado por la British
Nutrition Foundation los
investigadores concluyen que no existen diferencias significativas entre los
perfiles alimenticios de unos y otros alimentos, aunque sí admiten ciertas singularidades
en cada uno de ellos. Hasta hoy, los numerosos estudios publicados son también
contradictorios: el 50% de los análisis confirman que algunos alimentos
ecológicos contienen niveles más altos de vitamina C, mientras que otros
estudios aseguran que en otros alimentos estos niveles son más bajos. Análisis
como el británico podrían dejar en entredicho que los ecológicos sean la
panacea a una dieta sana y equilibrada.
Una convivencia
difícil
Pero, ¿realmente son incompatibles los dos tipos de
alimentos? Si consideramos la última propuesta presentada por la Organización de las
Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO), la respuesta es que sí. Y uno
de los principales desacordes reside en la producción. Para la organización, el
uso de barreras físicas entre cultivos convencionales, pero sobre todo entre
ecológicos y transgénicos constituye una herramienta eficaz para definir las áreas
liberadas de organismos modificados genéticamente (OMG), algo por lo que
trabajan desde hace años las autoridades nacionales e internacionales. Esto
ayudaría a cumplir con el nuevo reglamento
europeo para ecológicos, cuya finalidad es, fundamentalmente, mejorar la
calidad de los ecológicos y poner fin al vacío legal sobre la presencia accidental
de restos de transgénicos. La nueva reglamentación permite la presencia de
niveles de hasta un 0,9% de OMG, siempre y cuando cuenten con autorización de la
UE. Cuando un producto contenga este nivel
de transgénicos tendrá que expresar en el etiquetado que “contiene OMG” o
“hecho con OMG”. Este nivel ya ha sido rechazado por buena parte de los
consumidores y de los propios productores, que reclaman un “nivel cero”.
Pero no se acaban aquí los intentos por establecer
diferencias entre transgénicos y ecológicos, ya que según contempla el mismo
reglamento, la comercialización de un alimento ecológico en la UE está obligada a incluir el
“logo ecológico”, sólo disponible para los alimentos en los que al menos el 95%
de sus ingredientes se ajusten a este tipo de producción. Y es que, pese a que
la manipulación genética en agricultura no es nueva, constituye todavía todo un
reto. Uno de ellos es conseguir que la mayoría de consumidores europeos, que
aún se declara en contra, empiece a aceptarlos. En la UE, por ejemplo, el cultivo con
semillas manipuladas genéticamente es muy limitado. Según el informe Biotecnología:
perspectivas y retos para la agricultura en Europa, presentado a
finales de 2006, sólo se cultivan con fines comerciales dos tipos de maíz.
El rechazo hacia los transgénicos avanza con las investigaciones en este
campo, como la que lleva a cabo la European Plant Science Organization. Con
su plataforma de acción Plants for the
Future da al consumidor europeo un margen para que se prepare a ver plantas
más nutritivas y con mejor contenido nutricional. Estos son algunos de los
principales retos de la biotecnología vegetal.
El concepto controvertido
Bruselas ya ha advertido que, de seguir así, el rechazo hacia
los transgénicos causará pérdidas importantes en el sector agrícola europeo. Un
informe comunitario advierte que los países europeos deben cambiar su actitud
hacia este tipo de productos y acelerar su aceptación. De lo contrario, las
pérdidas en ganadería y agricultura europeas serán muy elevadas. Y es que,
según constata el informe, actualmente la aprobación de OMG está “estancada”, por
lo que insta a los países a ser más “flexibles” a la hora de aceptar la
importación de productos con OMG de otros países. Hasta ahora, y desde 2004,
cuando finalizó la moratoria en la
UE contra la autorización de transgénicos, todos los OMG se
han aprobado de forma unilateral por Bruselas ya que hasta ahora ni un
expediente ha contado con el apoyo de la mayoría de países, necesario para la
aprobación de un producto.
Pero de nada ayuda se produzcan episodios como el que
recientemente ha protagonizado el Comité de la Cadena Alimentaria
de la UE, formado
por expertos de los Estados miembros. Sus representantes no se han puesto de
acuerdo sobre la aprobación de un nuevo maíz transgénico, el Herculex RW, diseñado para resistir los
ataques del gusano del maíz, que afecta las raíces de la planta, y resistente
al glufosinato de amonio, un ingrediente activo de los herbicidas. El Comité
debe valorar si este tipo de maíz puede utilizarse en la industria de alimentos
de consumo humano y animal y de procesamiento industrial.
Tampoco ayudan
estudios como News análisis of a rat
feeding study with a genetically modified maize reveals signs of hepatorenal
toxicity, publicado en Archives of
Environmental Contamination and Toxicology el pasado mes de mayo y
realizado por expertos del instituto francés CRIIGEN, que pone en
duda los procesos a través de los cuales los cultivos transgénicos son
evaluados por las autoridades europeas para su comercio y consumo y que
concluye que los ratones alimentados con el maíz transgénicos MON 863 presentan
“signos de toxicidad”. Algo que queda refutado por la Autoridad Europea
de Seguridad Alimentaria (EFSA, en sus siglas inglesas) ,
que ha vuelto a certificar como segura esta variedad después de considerar que
los expertos franceses han obviado datos estadísticos relevantes. Paradojas de
la investigación.