
Cuando
a mediados del siglo pasado la bióloga marina estadounidense Rachel L. Carson alertó
al mundo del peligro potencial del dicloro-difenil-tricloroetano
(DDT) sobre el medio ambiente y la salud, este insecticida organoclorado
conoció el principio del fin de sus días.
En su libro Primavera silenciosa (1962), Carson sacó a la luz las primeras
evidencias sobre los efectos de un
pesticida y denunció que el sistema industrial carecía de información
sobre cómo lo por él producido incide en la salud del consumidor.
La
investigadora se basó en informes que demostraban que el DDT es liposoluble (se acumula en los tejidos grasos), persistente (tarda generaciones en
desaparecer) y se “biomagnifica” a lo
largo de la cadena alimentaria; es decir, a medida que se asciende en la
cadena trófica sus concentraciones se acumulan y aumentan). A medida que los
efectos para la salud empezaron a constatarse en la fauna salvaje, los
investigadores en salud pública empezaron a estudiar cómo afectan los tóxicos
reconocidos al ser humano.
Apareció una clara distinción entre los tóxicos con efecto
inmediato y los capaces de acumularse en los tejidos y fraguar un efecto
perverso a largo plazo. A finales del siglo pasado y a principios de éste los
científicos suscitaron una serie de alertas de gran difusión mediática, como la
crisis de los pollos belgas contaminados con dioxinas o la crisis de las vacas
locas.
CTP
Miquel
Porta, catedrático de salud pública de la Universidad Autónoma de Barcelona
(UAB), culminó en el 2005 un informe titulado “Concentraciones de compuestos
tóxicos persistentes (CTP) en la población general española: información
disponible y posibles estudios para un diagnóstico de la situación”; lo hizo en
colaboración con un equipo pluridisciplinar y contando con el apoyo de distintas
entidades públicas.
En
nuestro país, critica Porta, los datos relativos a CTP en personas son casi
siempre fragmentarios, dispersos, poco accesibles, metodológicamente
heterogéneos o débiles y, por tanto, a menudo de escasa validez externa y comprometido
parangón, tanto los de diferentes periodos como los realizados en distintas
zonas geográficas. “La vigilancia de salud pública acerca de las
concentraciones de CTP debiera ser mucho más completa, representativa y regular
en el tiempo”, sanciona el autor, quien apuesta decididamente por la
colaboración entre universidades y administraciones públicas.
“Además
de recabar información, los estudios debieran monitorizar de forma más regular
y exhaustiva las concentraciones de CTP en personas, alimentos, aire y agua;
asimismo, es prioritario ofrecer a la ciudadanía la información obtenida de forma
comprensible, asequible y creíble.”
El
informe de Porta advierte de muchos CTP que no están siendo valorados en su
justa medida. Por ejemplo, subraya la necesidad de prestar mayor atención a la incorporación
de nuevos compuestos como el metoxicloro, dicofol, endosulfan II,
betahexaclorociclohexano (β-HCH) y vinclozolina. Por otro lado, tanto mirex
como toxafeno, heptacloro y clordano “no deberían tener la consideración de
prioritarios”, ya que actualmente sólo se cruzan en la cadena humana de forma
muy accidental.
Respecto
a los policlorobifenilos (PCB), el experto recomienda analizar siempre los más
prevalentes tanto en personas como en el ambiente, y de las dioxinas y furanos
tuvo en cuenta que su análisis es muy caro y conviene rentabilizar sus
detecciones.
En
relación con los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), Porta destaca el
papel del benzopireno, seguido de bisfenol A, éteres de polibromodifenil (PBDE),
compuestos perfluorados u organoestánnicos y organomercuriados. Otros
compuestos mencionados de forma tangencial son los ftalatos, organofosforados,
carbamatos y residuos medicamentosos.
La
tantas veces invisible toxicidad de estos compuestos, el número de personas
potencialmente
expuestas
a su contacto o ingestión, los efectos en la población general y su
persistencia son, reclama Porta, razones de peso para encauzar una
investigación formal.
Para
Porta, las principales variables a incluir en un estudio de CTP son la edad,
sexo, lugar y tiempo de residencia, índice de masa corporal (IMC), nivel
educativo y ocupación. “Otras variables no imprescindibles, pero a menudo convenientes,
son las relacionadas con los estilos de vida del individuo (dieta, hábitos
tóxicos o actividad física).”
En
España, el Plan Nacional de Aplicación (PNA) del Convenio de Estocolmo está
liderado y coordinado por el Ministerio de Medio Ambiente. Porta, sin embargo,
considera imprescindible desarrollar más el diálogo entre las administraciones,
la comunidad científica y el resto de la sociedad (asociaciones de consumidores,
medios de comunicación). “Medir las concentraciones de los compuestos es
imprescindible, pero no es suficiente; la concienciación y la acción necesitan
este tipo de información, pero también necesitan diálogo social para encontrar
soluciones que sean socialmente aceptables.”
Controversia
La
idea de Porta tiene en cuenta tanto la transparencia como la multidiciplinariedad.
Los intereses medioambientales pueden chocar a menudo con los médicos, y las
precauciones de determinados especialistas sobre el consumo de alimentos
contaminados pueden chocar con el afán de consumirlos por que abogan otros,
habida cuenta de su demostrado papel protector o disminuidor de riesgo para
patologías harto extendidas.
Ejemplo
de lo primero lo constituye el propio DDT. Médicos que trabajan en África en
pleno contacto con la malaria y sus devastadoras consecuencias cuestionan el
valor ético de prohibir una sustancia que, por más contaminante que haya
demostrado ser, evita de forma eficaz la proliferación de mosquitos y
permitiría una significativa reducción de muertes cada año.
Ejemplo
de lo segundo son los atunes que cada vez acumulan más CTP potencialmente
cancerígenos en sus tejidos y cuyos ácidos grasos omega-3, sin embargo,
garantizan una prevención eficaz de la cardiopatía isquémica.
El
DDT difícilmente volverá a resucitar de sus cenizas; el culto político a la
sostenibilidad lo hace casi imposible. No obstante, los cardiólogos han ganado
la partida a los oncólogos con el atún. El pescado puede acumular muchos
tóxicos en sus carnes, pero tiene la virtud de evitar que las tasas de
episodios cardiovasculares sigan al alza, acotando la primera causa de
mortalidad que, por encima de los cánceres, abanderan los infartos.
Reflexión
Han
transcurrido 45 años desde que Carson y su Primavera
silenciosa encendieran el fuego de la revolución medioambiental en nuestra
cultura; pero científicos de aquí, como Porta, ponen en solfa una realidad
acuciante: seguimos sin tener claro qué respiramos además de aire, qué bebemos
además de agua o qué ingerimos además de comida. Lo que sea va consolidando en
nuestro interior un poso del que bien pudieran esclarecerse los orígenes de
mutaciones genéticas y enfermedades alérgicas, metabólicas o degenerativas.
Sabemos,
lamentablemente, que a nuestras generaciones ya engendradas no hemos aportado
solamente una información sintetizada en ADN, sino un cúmulo misterioso de
venenos más o menos comprometedores que marcarán diferencias. Su identificación
va siendo cada vez más necesaria, y así su estudio se hará imprescindible.