Esto es la historia de una noche. Había una fiesta y
había invitados. Y también se daba una cena. La fiesta y los invitados tenían
que ver con la ciencia; el marco, las estrellas. Todo apuntaba bien hasta que a
Eva se le cayó el gazpacho.
XAVIER PUJOL GEBELLÍ
Imaginen la escena. Todo el mundo sentado, una cena
exquisita, un ambiente cálido a media luz, invitados que se reencuentran en un
espacio distendido. Por la nómina de invitados, además, uno diría que parte de
las estrellas que ocupaban el cielo esa noche encontraban su reflejo en la
Tierra. En definitiva, que todo magnífico y todo estupendo: la ciencia como
protagonista, los científicos como invitados de honor y la presencia del máximo
responsable de la investigación en Cataluña sentado entre –y no ante- ellos.
Pero nadie contaba con el gazpacho de Eva. Lo cierto es que ni ella misma
contaba con el gazpacho.
El caso es que
estaban todos disfrutando de una noche distinta. Tras los parlamentos (siempre
hay parlamentos en este tipo de actos) se inició un pequeño debate (los debates
siempre son pequeños en este tipo de actos). Justo en ese momento se empezó a
servir la cena: ni más ni menos que Galaxia
espiral en los límites de la Vía Láctea de primero, un Doble Quásar de la Osa Mayor de segundo y unas Columnas de la creación en M16 de postres. ¡Umh, casi nada!
Uno de los
componentes de la Galaxia espiral resultó
ser un gazpacho con ligero toque a melón (ya saben, las cosas del diseño
culinario). En un momento dado, una joven y espigada camarera, tocada por los
nervios de la ocasión, se aprestó a servir una mesa. Su bandeja (de diseño)
topó inesperadamente con la cabeza de alguien (por suerte, su peinado no era de
diseño). La vecina de esa cabeza de alguien era Eva; y Eva se quedó con el
gazpacho con toque a melón. Repartido por (también podría haber dicho: a, ante, bajo, con,
contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta,
para, según, sin, sobre, tras, durante,
mediante y excepto y salvo) sus
ropas y sus carnes. ¿Se había despertado Murphy, el de la Ley? ¿O tal vez
Pudder, aquel personaje que declaró: “todo lo que empieza bien termina mal,
todo lo que empieza mal termina peor”? Quizás Howe tenía razón: “Todo el mundo
tiene un plan que no funciona”. ¿Fue ese el problema de Eva con el gazpacho?
¿Tenía que ver con la cena y los invitados? Remitámonos a los hechos.
La cena de marras se celebró en el Observatorio
Fabra, un equipamiento centenario ubicado en el Tibidabo, uno de los montes que
limitan el crecimiento (urbanístico-especulativo) de Barcelona. El motivo de la cena, inaugurar
las “cenas con estrellas”, una actividad que cada verano reúne en ese enclave
detalles de gastronomía con la sapiencia de científicos y público general. En
la temporada precedente participaron 4.500 comensales que escucharon la charla
de 23 científicos.
En la charla inaugural de 2007 actuó Joan Guinovart
(como ponente y maestro de ceremonias, claro). Lo hizo en calidad de director
del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona y presidente de la
Confederación de Sociedades Científicas de España. Ante él estaba una nutrida
representación de los directores de centros de investigación catalanes, un buen
número de científicos de primer nivel y personalidades destacadas (aunque
comúnmente anónimas) del mundo empresarial. Mezclados con ellos, dos personas
llamadas a tener un alto protagonismo en la construcción (o tal vez debiera
decir reconstrucción) del sistema científico-tecnológico catalán: el consejero
Josep Huguet (titular del departamento de Innovación, Universidades y Empresa
de la Generalitat de Cataluña) y Joan Comella (director de la Fundación
Catalana para la Investigación y la Innovación, anteriormente de la Fundación
Española de Ciencia y Tecnología).
Ambos asistían justamente de eso, de asistentes.
Pero su asistencia, sobre todo tras los hechos acaecidos unas semanas antes, en
las que se habían “caído” los directores generales de Universidades y de
Investigación en apenas dos días de diferencia, invitaba al encuentro. Guinovart
le saludó con una especie de “estamos contigo, aprovéchate de nosotros”; Huguet
respondió con un algo parecido a “estáis invitados [a participar], cuento con
vosotros”. Ambos se dijeron lo que se querían decir; ambos escucharon lo que
querían escuchar.
El sentido de las palabras, casi que el sentido de
sus vidas en esos momentos, representa algo tan simple conceptualmente como
significativo en términos de sistema: los centros de investigación en Cataluña,
como ocurre también en Madrid, pueden actuar de punta de lanza, de abrelatas o
incluso de liebres en la competición internacional. Y pueden hacerlo porque,
especialmente los de nuevo cuño, están dotados de la suficiente flexibilidad y
atesoran suficiente talento como para que puedan pasearse por el mundo sin
complejos.
¿Y las universidades qué?, se preguntará alguien. De
todo hay, como en la viña del Señor. Y eso nadie lo duda. Lo que ocurre es que,
en conjunto, dan un perfil de competidor del montón, casi tirando a la
mediocridad. Esa es la realidad: en Cataluña, en Madrid, en España. Las
excepciones, que lógicamente existen, son algunos departamentos, algunas áreas
y algunas individualidades. Pero que nadie se engañe, no hay ninguna
universidad española en el top ten, ni siquiera en el top 100. Hay que
remontarse al puesto 200 para encontrar alguna…
O sea que, más que los discursos, lo que importaba
esa noche era el encuentro. Y digo yo que tal vez lo que importe de noches
sucesivas sea la sensación de remar todos en la misma dirección. El beneficio
que pueda lograrse de esa percepción no va a ser sólo catalán, que nadie lo
ponga en duda.
¿Y qué ocurrió con el gazpacho de Eva? Pues que no
sólo se le cayó encima sino que también la impregnó. Lejos de “atabalar-se”
(agobiarse), Eva se dejó llevar por la situación. Al fin y al cabo era una
noche festiva, de encuentros. Incluso para debuts. Por cierto, Eva debutaba esa
noche en el equipo de organización. ¿Tuvo mala suerte o fue acaso capaz de
darle la vuelta a la situación? Lo dejo para próximas entregas.