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jueves, 14 de junio de 2007

A menudo una se pregunta qué pasa en Estados Unidos para que alguien se saque el talonario del bolsillo y ayude desinteresadamente al progreso de la ciencia. Y claro, también una se pregunta por qué esto no ocurre en España.

 MARÍA JOSÉ VIÑAS


Recientemente he escrito un reportaje para la revista Symmetry sobre filántropos estadounidenses y canadienses que han dado cantidades ingentes de dinero para financiar la investigación en física. La física no es uno de los campos más atractivos de la ciencia para las donaciones desinteresadas: invertir en ella no tiene el encanto que posee el dar dinero para buscar una cura para el cáncer o la manera de acabar con el hambre en África. Y aun así, encontré múltiples ejemplos de filantropía en el mundo de la física, el más curioso de ellos el de Jim Simons. Simons, presidente de un importante fondo de inversión, al enterarse de que el gobierno de Estados Unidos había recortado drásticamente la financiación del acelerador Relativistic Heavy Ion Collider (sí, la ciencia americana también tiene sus rifirrafes con los políticos por cuestiones de financiamiento), donó 13 millones de dólares para que el aparato pudiera seguir funcionando en 2006.

 Al enterarse de casos como el de Simons, la primera pregunta que le viene a una a la mente es qué es lo que impulsa a estos mecenas a sacar el talonario y escribir cifras con muchos ceros detrás para financiar la ciencia. Y la segunda pregunta, por supuesto, es por qué estas cosas no se dan en España.

 Tras entrevistar a varios de estos benefactores, descubrí que la respuesta a la primera pregunta era sencillísima: aman apasionadamente a la física. Y lo que adoran es la ciencia en sí, la belleza que contiene el método científico y la búsqueda de respuestas. No están especialmente obsesionados con que sus donaciones produzcan resultados con aplicaciones prácticas, sólo quieren ayudar al avance del conocimiento. Casi podríamos decir que son unos auténticos “groupies” de la ciencia: uno de ellos me confesó, mientras almorzábamos en su comedor de cuyas paredes penden cinco Picassos, que su mayor placer es aprender de los investigadores cuyos centros financia. Incluso se considera “un poco egoísta”, porque no invertiría en ningún proyecto del cual no pudiera sacar nuevos conocimientos. Ojalá todos los casos de egoísmo fueran de ese tipo.

 Otro famoso filántropo, Fred Kavli, lleva desde 2001 invirtiendo poco a poco su  fortuna de 300 millones de dólares en la fundación de más de una decena de institutos dedicados a la astrofísica, la nanotecnología y la neurología. Su fundación planea crear en total una veintena de centros de investigación por todo el mundo. Pregunté a Kavli por qué decidió invertir su dinero en este tipo de causas en vez de en proyectos humanitarios y me contestó él creía que lo que de verdad es beneficioso para la humanidad a largo término es el avance del conocimiento científico.

 Mi primera pregunta quedó así satisfactoriamente contestada. Sobre la respuesta a la segunda, por qué no se dan este tipo de casos de financiamiento de la investigación básica en España (y en Europa en general, con honrosas excepciones en el Reino Unido), sólo puedo teorizar. En primer lugar, es evidente que en España no hay tantos billonarios como en Estados Unidos que se puedan desprender de un puñado de millones para financiar centros de investigación. Pero si así fuera, ¿estarían dispuestos a hacerlo? ¿Hemos conseguido, científicos y comunicadores de la ciencia, transmitir al público la belleza de la ciencia y entusiasmarle? Basándonos en el escaso éxito que han tenido los sucesivos gobiernos españoles en animar a la industria a involucrarse en el i+I+D, mucho me temo que no.

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