A menudo una se pregunta
qué pasa en Estados Unidos para que alguien se saque el talonario del bolsillo
y ayude desinteresadamente al progreso de la ciencia. Y claro, también una se
pregunta por qué esto no ocurre en España.
MARÍA JOSÉ VIÑAS

Recientemente he escrito
un reportaje para la revista Symmetry
sobre filántropos estadounidenses y canadienses que han dado cantidades
ingentes de dinero para financiar la investigación en física. La física no es
uno de los campos más atractivos de la ciencia para las donaciones
desinteresadas: invertir en ella no tiene el encanto que posee el dar dinero
para buscar una cura para el cáncer o la manera de acabar con el hambre en
África. Y aun así, encontré múltiples ejemplos de filantropía en el mundo de la
física, el más curioso de ellos el de Jim Simons. Simons, presidente de un importante
fondo de inversión, al enterarse de que el gobierno de Estados Unidos había
recortado drásticamente la financiación del acelerador Relativistic Heavy Ion Collider (sí, la
ciencia americana también tiene sus rifirrafes con los políticos por cuestiones
de financiamiento), donó 13 millones de dólares para que el aparato pudiera
seguir funcionando en 2006.
Al enterarse de casos
como el de Simons, la primera pregunta que le viene a una a la mente es qué es
lo que impulsa a estos mecenas a sacar el talonario y escribir cifras con
muchos ceros detrás para financiar la ciencia. Y la segunda pregunta, por
supuesto, es por qué estas cosas no se dan en España.
Tras entrevistar a varios
de estos benefactores, descubrí que la respuesta a la primera pregunta era
sencillísima: aman apasionadamente a la física. Y lo que adoran es la ciencia
en sí, la belleza que contiene el método científico y la búsqueda de
respuestas. No están especialmente obsesionados con que sus donaciones
produzcan resultados con aplicaciones prácticas, sólo quieren ayudar al avance
del conocimiento. Casi podríamos decir que son unos auténticos “groupies” de la
ciencia: uno de ellos me confesó, mientras almorzábamos en su comedor de cuyas
paredes penden cinco Picassos, que su mayor placer es aprender de los
investigadores cuyos centros financia. Incluso se considera “un poco egoísta”,
porque no invertiría en ningún proyecto del cual no pudiera sacar nuevos
conocimientos. Ojalá todos los casos de egoísmo fueran de ese tipo.
Otro famoso filántropo, Fred Kavli, lleva
desde 2001 invirtiendo poco a poco su
fortuna de 300 millones de dólares en la fundación de más de una decena
de institutos dedicados a la astrofísica, la nanotecnología y la neurología. Su
fundación planea crear en total una veintena de centros de investigación por
todo el mundo. Pregunté a Kavli por qué decidió invertir su dinero en este tipo
de causas en vez de en proyectos humanitarios y me contestó él creía que lo que
de verdad es beneficioso para la humanidad a largo término es el avance del
conocimiento científico.
Mi primera pregunta quedó
así satisfactoriamente contestada. Sobre la respuesta a la segunda, por qué no
se dan este tipo de casos de financiamiento de la investigación básica en
España (y en Europa en general, con honrosas excepciones en el Reino Unido),
sólo puedo teorizar. En primer lugar, es evidente que en España no hay tantos
billonarios como en Estados Unidos que se puedan desprender de un puñado de
millones para financiar centros de investigación. Pero si así fuera, ¿estarían
dispuestos a hacerlo? ¿Hemos conseguido, científicos y comunicadores de la
ciencia, transmitir al público la belleza de la ciencia y entusiasmarle? Basándonos
en el escaso éxito que han tenido los sucesivos gobiernos españoles en animar a
la industria a involucrarse en el i+I+D, mucho me temo que no.