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La muerte secreta

Enviado el jueves, 31 de mayo de 2007 10:36

¿Dónde acaba una sedación terminal y dónde empieza una muerte clínicamente asistida (eutanasia)?


Jordi Montaner

En un editorial reciente del New England Journal of Medicine, Timothy E. Quill, director del Centro de Ética, Humanidades y Cuidados Paliativos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Rochester, NY, se formulaba esta misma pregunta a propósito de un trabajo publicado por esa misma revista y que analizaba la evolución de la eutanasia en Holanda durante los últimos cinco años.

Agnes van der Heide y colaboradores (Roterdam, Holanda) concluyen en su estudio que la tasa de eutanasias ha experimentado un descenso en aquel país, debido, afirman los autores, al uso creciente de sedantes más eficaces que los empleados hasta ahora y que permiten paliar el sufrimiento de los pacientes sin solución de continuidad.

Quill, a su vez, hace hincapié en que ya no es necesario acelerar la muerte para aliviar el sufrimiento y en que “estos hallazgos representan un cambio importante de las tendencias de decidir poner fin a la vida fundadas en Holanda entre 1990 y el 2001”

Aunque la justicia holandesa no legalizó la eutanasia hasta el 2002, los médicos de aquel país llevaban años asistiendo muertes sin ningún tipo de persecución legal. Bélgica adoptó una ley similar a la holandesa cuando ésta entró en vigor, siguió el ejemplo Suiza y, en Estados Unidos, sólo Oregón legalizó el suicidio asistido en 1997. Se calcula, sin embargo, que únicamente una de cada mil muertes producidas en aquel Estado guarda relación con la muerte ayudada.

La sedación terminal es legal en Estados Unidos, pero sólo se usa como último recurso. En su editorial, Quill ve por primera vez aplicable la experiencia holandesa en el contexto americano. Sin embargo, los detractores de la eutanasia sostienen, precisamente, que la posibilidad de usar sedantes mucho más potentes y eficaces permitirá a los médicos inducir más muertes de forma explícita en lo que se ha dado en llamar la “pendiente resbaladiza”. En cualquier caso, el estudio holandés halló que la eutanasia estuvo detrás de sólo 17 de cada mil muertes en el 2005, la misma tasa que en 1990. La tasa más alta dentro del periodo estudiado correspondió al 2001 (antes incluso de que la ley fuera aprobada), con 26 eutanasias por cada mil muertes. La mayoría de los casos correspondió a un patrón de género masculino, por debajo de los 80 años y con diagnóstico de cáncer.

En el 2001, la Administración del Reino Unido decidió consultar la opinión de los geriatras al respecto. Sólo un 13% de los galenos consultados dijo estar a favor de ayudar a morir activamente a los pacientes terminales que solicitaran este recurso; por otro lado, un 68% se negó a legalizar la eutanasia en los términos en que se ha legalizado en otros países, contra un 24% a favor y un 8% indeciso.   

 La propia vida, un baluarte

“Negar la propiedad privada de nuestro propio ser es la más grande de las mentiras culturales… Para una cultura que sacraliza la propiedad privada de las cosas (…) es una aberración negar la propiedad más privada de todas, nuestra patria y reino personal, nuestro cuerpo, vida y conciencia, nuestro universo…” Desde su pequeño rincón gallego a la gran pantalla, Ramón Sampedro encendió en nuestro país el debate descarnado y desacralizado de la eutanasia, reivindicando la autodeterminación del cuerpo “y lo que con él es”, la vida y su conciencia.

Su testamento pilló a políticos y jueces un poco en bolas. Años más tarde y mar adentro, algo se mueve. La Junta de Andalucía atendió hace escasos meses el caso de la enfermera granadina Inmaculada Echevarría con más decoro y, en Madrid, la asociación Jueces para la Democracia (JpD) ha pedido abiertamente la despenalización de la eutanasia. Subrayan los letrados de corte más progresista que se hace necesario llevar a cabo las pertinentes reformas legislativas, dado que existe un “vacío legal que no da respuesta a los numerosos interrogantes éticos y jurídicos que la ciudadanía plantea” en este tema. Para ello, abogan por reformar el Código Penal en lo relativo a la eutanasia, “dentro de un marco de dignidad y libre voluntad de la persona, partiendo de que la petición expresa y seria de morir de un ser humano debe ser atendida y su consideración ha de sobreponerse a cualquier valoración positiva que pueda merecer la continuidad de la vida”. JpD defiende asimismo que “la decisión de poner término a la supervivencia artificial de un coma irreversible deberá carecer de relevancia penal”; en otras palabras, quedar impune.

La posibilidad de decidir cómo morir está contemplada en la Ley de Autonomía del Paciente del 2002, amparando la discreta regulación del testamento vital que han llevado a cabo algunas autonomías del país. Sin embargo, dicho testamento tiene más de lírico que de épico, habida cuenta de que en él sólo se puede indicar si se quiere o no ser sometido a determinados tratamientos, sin aludir a una ayuda clínica para la eutanasia, que sigue estando penalizada en este país. El artículo 143 del Código Penal castiga con penas de hata cinco años de prisión a quien "coopere con actos necesarios al suicidio de una persona" y de hasta diez si la cooperación "llegara hasta el punto de ejecutar la muerte". Pero incluso en la ley no cejan ambigüedades; el mismo artículo contempla una rebaja de la pena en uno o dos grados para quien "causara o cooperara activamente" con actos directos en la muerte de otro, a petición expresa e inequívoca de éste y en caso de enfermedad incurable o que causa "graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar".

Más de la mitad de las muertes registradas en España tiene lugar en un hospital o centro médico, pero sólo una quinta parte lo hace en una UVI equipada con cuidados paliativos. Dicho de otro modo, la mayoría de los españoles y españolas fallece en circunstancias inhábiles para gestionar una agonía médicamente correcta. El también reciente caso de Terri Schiavo en Estados Unidos ilustra hasta qué punto la medicina puede mantener vivo el cuerpo de una mujer muerta; no obstante, un estudio del  Hospital General de Especialidades de Almería publicado en la Revista Española de Geriatría y Gerontología arroja ciertas sombras a la comprensible testarudez científica de ahorrar muertes: "La asistencia al moribundo es claramente mejorable. En la mayoría de los casos la autonomía es usurpada por un paternalismo bien intencionado. La información proporcionada al paciente fue casi nula e imperó el secretismo. Los pacientes deseaban alivio y se les ofreció tecnología invasiva. Detectamos una actitud neutral, abandono o cierta indiferencia ante el último y mayor sufrimiento humano…”

Sin hacer ruido, no pocos médicos españoles reconocen haber sido requeridos para administrar tratamientos capaces de interrumpir la vida a pacientes terminales, y aseguran que, cuando los pacientes tienen bien controlados los síntomas, las demandas de eutanasia son mínimas.

En voz alta, reivindican una muerte digna para todos, en el sentido de que los cuidados paliativos se hagan extensibles al total de los enfermos y no sólo a una quinta parte. En voz baja, reconocen que acabar con una vida que sufre de forma clínicamente correcta es siempre mejor que tirarse al tren, abrirse las sienes con una bala o incluso sorber un mejunje casero con cianuro ante una cámara de vídeo y dirigir al mundo entero un guiño de complicidad… Todos nos morimos. Preferimos ignorar cómo ni por cuánto tiempo, pero la medicina y la ley pueden y deben asistirnos tanto en la vida como en la muerte, sin callar ni mirar a otro lado.

Medicina y ley están llamadas a lidiar con la eutanasia en situaciones embarazosas, pero lidiarán mejor en la plaza que desde el burladero. La muerte se negocia mejor a corta distancia, en el cuerpo a cuerpo, en la mirada silenciosa y el abrazo. Su secreto es aún más viejo que la vida.


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