Uno de los retos más
urgentes en el mundo científico español es reconciliar a los investigadores con
los periodistas para que juntos puedan trabajar en la promoción de la ciencia.
Hoy estamos lejos, pero quien sabe. Estamos condenados a entendernos.
María José Viñas
Centro de Astrobiología de la NASA. Pilcher explicó que la astrobiología
requiere un enfoque multidisciplinar, por lo que uno de los principales retos a
los que se enfrenta su instituto es conseguir que astrónomos, biólogos,
químicos y paleontólogos se entiendan y trabajen conjuntamente.
A mí se me ocurre otro
reto mucho más urgente en el mundo científico español: reconciliar a los
investigadores con los periodistas para que juntos puedan trabajar en la
promoción de la ciencia. En mi anterior post,
expliqué la anécdota sobre un bioquímico
de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) al que entrevisté y no se quedó
tranquilo hasta que pudo revisar mi artículo y comprobar que no contenía errores. Sólo obtuve dos
respuestas de científicos a mi columna, pero ambas reflejaban la misma idea:
“los periodistas no saben nada”. Uno de mis comentadores escribía “muchos periodistas no saben interpretar
temas que se escapan de su comprensión. El otro era incluso más duro y afirmaba
que “tenemos fundadas sospechas debidas a
experiencias previas de que lo que digamos será filtrado y adaptado para que la
noticia o entrevista sea espectacular”.
Seguramente ambos han tenido malas experiencias con la prensa, pero esta vez me
dedicaré a hacer de abogado del diablo y echar un vistazo a la parte de la
culpa que les corresponde a los científicos en este tipo de desencuentros.
Al autor del primer
comentario, me gustaría preguntarle si alguna vez ha sido entrevistado y, si es
así, qué nivel de esfuerzo ha dedicado a explicar a los periodistas esos “temas
que escapan de su comprensión”. Debería tener en cuenta que incluso los periodistas
con formación científica, como es mi caso, tenemos muchas veces que tratar
temas fuera de nuestra especialidad. Así que, si quiere que sus investigaciones
sean tratadas con propiedad en la prensa, asegúrese siempre que su mensaje ha
llegado claro y alto al periodista. Y si no es así, esfuércese aún un poco más.
Respecto al segundo
comentario: seguramente pasarán años antes de que en una rueda de prensa en la
que se presenta algún resultado científico no se oiga la pregunta “Ya. Pero
esto ¿servirá para curar el cáncer / tratar el Alzheimer / solucionar el
calentamiento global?”. Paciencia. Empecemos a trabajar en transmitir la idea
de que a veces la ciencia avanza lentamente, pero que cada pequeño paso es
poderoso.
Señores, firmemos una
tregua. No es la primera vez que me enfrento a este tipo de actitud por parte
de científicos españoles, mientras que jamás he tenido que oír comentarios de
este tipo por parte de un investigador estadounidense. Y es que en Estados
Unidos, los científicos son mucho más conscientes de que necesitan a los
periodistas para llegar al público general y que éste comprenda la importancia
de sus investigadores. Tal vez sea porque en este país, además de los fondos gubernamentales
destinados a la investigación, existen importantes donaciones privadas de gente
entusiasta de la ciencia. ¿Y cómo llegan estos generosos benefactores a amar a
la ciencia? Pues no sólo por lo que aprenden durante los años que pasan en la
escuela, sino por lo que leen, ven y oyen día a día en la prensa, la radio y la
televisión.
Así que por favor,
señores científicos, dejen de ver al periodista con desconfianza y empiecen a
tener en cuenta los enormes beneficios potenciales de utilizar la prensa para
acercarse a la sociedad.
Para
concluir, les dejo con una ilustradora anécdota de mi experiencia con los
científicos de Estados Unidos. Mi primer encargo en el servicio de prensa de la
Universidad de Stanford fue entrevistar a un investigador en ciencias
medioambientales que había descubierto que la contaminación causada por los coches
reducía la velocidad del viento que sopla cerca de la superficie terrestre y
esto se traduce en una reducción de las precipitaciones. Había acabado de
redactar mi artículo,
pero sentía que me faltaba algo: una aplicación práctica de este descubrimiento
en un tema de actualidad, para que la gente se diera cuenta de su importancia.
Y de repente recibí un mail espontáneo de mi científico, que había estado
leyendo en el diario sobre la polémica propuesta del gobernador de California
de construir más pantanos para lidiar con la falta de agua en el estado. “Si
redujéramos la contaminación, tal y como propongo en mi artículo, aumentarían
las lluvias y no necesitaríamos estos nuevos pantanos”, me escribió el
investigador. Me dieron ganas de besarle.