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jueves, 17 de mayo de 2007

Uno de los retos más urgentes en el mundo científico español es reconciliar a los investigadores con los periodistas para que juntos puedan trabajar en la promoción de la ciencia. Hoy estamos lejos, pero quien sabe. Estamos condenados a entendernos.

 María José Viñas


Centro de Astrobiología de la NASA. Pilcher explicó que la astrobiología requiere un enfoque multidisciplinar, por lo que uno de los principales retos a los que se enfrenta su instituto es conseguir que astrónomos, biólogos, químicos y paleontólogos se entiendan y trabajen conjuntamente.

 A mí se me ocurre otro reto mucho más urgente en el mundo científico español: reconciliar a los investigadores con los periodistas para que juntos puedan trabajar en la promoción de la ciencia. En mi anterior post, expliqué la anécdota sobre un bioquímico de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) al que entrevisté y no se quedó tranquilo hasta que pudo revisar mi artículo y comprobar que  no contenía errores. Sólo obtuve dos respuestas de científicos a mi columna, pero ambas reflejaban la misma idea: “los periodistas no saben nada”. Uno de mis comentadores escribía “muchos periodistas no saben interpretar temas que se escapan de su comprensión. El otro era incluso más duro y afirmaba que tenemos fundadas sospechas debidas a experiencias previas de que lo que digamos será filtrado y adaptado para que la noticia o entrevista sea espectacular. Seguramente ambos han tenido malas experiencias con la prensa, pero esta vez me dedicaré a hacer de abogado del diablo y echar un vistazo a la parte de la culpa que les corresponde a los científicos en este tipo de desencuentros.

 Al autor del primer comentario, me gustaría preguntarle si alguna vez ha sido entrevistado y, si es así, qué nivel de esfuerzo ha dedicado a explicar a los periodistas esos “temas que escapan de su comprensión”. Debería tener en cuenta que incluso los periodistas con formación científica, como es mi caso, tenemos muchas veces que tratar temas fuera de nuestra especialidad. Así que, si quiere que sus investigaciones sean tratadas con propiedad en la prensa, asegúrese siempre que su mensaje ha llegado claro y alto al periodista. Y si no es así, esfuércese aún un poco más.

 Respecto al segundo comentario: seguramente pasarán años antes de que en una rueda de prensa en la que se presenta algún resultado científico no se oiga la pregunta “Ya. Pero esto ¿servirá para curar el cáncer / tratar el Alzheimer / solucionar el calentamiento global?”. Paciencia. Empecemos a trabajar en transmitir la idea de que a veces la ciencia avanza lentamente, pero que cada pequeño paso es poderoso.

 Señores, firmemos una tregua. No es la primera vez que me enfrento a este tipo de actitud por parte de científicos españoles, mientras que jamás he tenido que oír comentarios de este tipo por parte de un investigador estadounidense. Y es que en Estados Unidos, los científicos son mucho más conscientes de que necesitan a los periodistas para llegar al público general y que éste comprenda la importancia de sus investigadores. Tal vez sea porque en este país, además de los fondos gubernamentales destinados a la investigación, existen importantes donaciones privadas de gente entusiasta de la ciencia. ¿Y cómo llegan estos generosos benefactores a amar a la ciencia? Pues no sólo por lo que aprenden durante los años que pasan en la escuela, sino por lo que leen, ven y oyen día a día en la prensa, la radio y la televisión.

 Así que por favor, señores científicos, dejen de ver al periodista con desconfianza y empiecen a tener en cuenta los enormes beneficios potenciales de utilizar la prensa para acercarse a la sociedad.

  Para concluir, les dejo con una ilustradora anécdota de mi experiencia con los científicos de Estados Unidos. Mi primer encargo en el servicio de prensa de la Universidad de Stanford fue entrevistar a un investigador en ciencias medioambientales que había descubierto que la contaminación causada por los coches reducía la velocidad del viento que sopla cerca de la superficie terrestre y esto se traduce en una reducción de las precipitaciones. Había acabado de redactar mi artículo, pero sentía que me faltaba algo: una aplicación práctica de este descubrimiento en un tema de actualidad, para que la gente se diera cuenta de su importancia. Y de repente recibí un mail espontáneo de mi científico, que había estado leyendo en el diario sobre la polémica propuesta del gobernador de California de construir más pantanos para lidiar con la falta de agua en el estado. “Si redujéramos la contaminación, tal y como propongo en mi artículo, aumentarían las lluvias y no necesitaríamos estos nuevos pantanos”, me escribió el investigador. Me dieron ganas de besarle.

11:54 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (3)