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Caridad sin fronteras

Enviado el viernes, 27 de abril de 2007 14:03

Si la pregunta es cómo escapar de las trampas que tiende la pobreza, cualquier respuesta convencional podría ser válida a los ojos de personas poco informadas. Pero ya no hay respuestas convencionales. De haberlas nadie se lamentaría ante el televisor ni de desgracias lejanas ni de miserias cercanas. Entre los que saben sólo hay una respuesta posible: “No hay progreso en absoluto; nada de lo que se ha hecho sirve de verdad”.

XAVIER PUJOL GEBELLI


Margaret Chan es alta funcionaria de la Organización Mundial de la Salud. En la actualidad ostenta el cargo de directora general tras haber dirigido los departamentos de Protección del Medio Ambiente Humano y de Enfermedades Comunicables. También ha sido representante del director general en el servicio especial de prevención y respuesta de la OMS a la pandemia de la gripe aviar. Una larga experiencia que le permite saber de qué habla; y lo tiene claro: “No conseguimos avanzar”, denunció en un foro internacional hace unas pocas semanas. “Algunas enfermedades como la tuberculosis continúan creciendo en África y todavía mure muchísima gente de hambre; no conseguimos escapar de las trampas de la pobreza”.

En opinión de Chan es imprescindible cambiar los enfoques. “Hay que tratar la salud como una estrategia”, dijo. Y en esa estrategia deben participar “todos los socios”, desde la industria hasta la comunidad científica pasando por la sociedad civil. ¿Para qué? “Para aportar instrumentos y soluciones”. A nadie se le escapa que en el mercado hay fármacos disponibles para buena parte de las enfermedades que asolan África, América Latina o el Sudeste asiático. El problema es que no llegan.

Y si no llegan o no lo hacen en condiciones alguien debería asumir su parte de responsabilidad. Bernard Kourchner, fundador de Médicos sin Fronteras, sabe a quién atribuirlas y cómo reenfocar el problema: “La clave es la gestión de los sistemas de salud públicos”. Kourchner entiende la salud pública como un asunto que liga la política y la sociedad civil, y sostiene que en los países en desarrollo estos sistemas hacen agua por todas partes. “Hay que construir un nuevo sistema”, reiteraba en el mismo foro en el que intervino Chan.

La cuestión es que las estadísticas señalan que unos 854 millones de personas están desnutridas actualmente en el mundo. La desnutrición, en este caso, es un eufemismo: un leve empeoramiento de su situación puede llevar a una proporción altísima de estas personas a la muerte. Más del 70% de ellas subsisten gracias a una agricultura que apenas les reporta lo justo para comer una vez por día; y no todos los días. Y para incrementar esa productividad suele recurrirse a la explotación de nuevos suelos agrícolas. Según algunas estimaciones, el recurso a mayores extensiones de terreno cultivable puede alcanzar hasta el 70% de nuevos suelos.

La primera derivada de estas cifras lleva a una conclusión escalofriante: dar de comer a más gente, en las condiciones actuales, es abrir la veda para la deforestación de amplios territorios, el agotamiento de nutrientes agrícolas ya de por si pobres o la sobreocupación de deltas. La contrapartida tampoco puede dejarnos indiferentes: la ‘occidentalización’ de los métodos de explotación lo que abre son las puertas a un uso indiscriminado y con escasas posibilidades de control de abonos, fertilizantes, pesticidas y demás productos de la misma gama. Y si se opta por la tecnología, dada la preeminencia de patentes, una parte nada despreciable del incremento de productividad deberá traducirse forzosamente en royalties.

Sistema, sistema, sistema

Muchos son los expertos que coinciden en la apreciación de que el problema de la hambruna, la pobreza o la precariedad sanitaria deben resolverse por medio de fórmulas más imaginativas. De acuerdo con su opinión, ya no vale ni con la caña de pescar ni con el pez, los dos métodos hasta ahora utilizados. Es decir: el suministro de productos per se, sin planificación, sólo se entiende en caso de catástrofe; y la aportación de conocimiento y tecnología, aunque continúa teniendo sentido, nada puede solucionar si no hay un sustrato sobre el que asentar su implementación.

La opción más defendida, especialmente entre representantes del continente africano, el lugar del planeta donde menos avances se han observado en los últimos años, es simple conceptualmente: hay que construir sistema.

Construir sistema significa, entre otras cosas, desarrollar un tejido capaz de soportar el peso de inversiones en materia agroalimentaria, un crecimiento económico razonable y sostenible y condiciones de estabilidad. También, según Kul Chandra Gautan, miembro de UNICEF, aportar mecanismos de ‘empowerment’ para minimizar la discriminación de género (algo en lo que el acceso a la cultura influye enormemente) y disminuir el peso de la enfermedad y la malnutrición en niños.

Y aquí es donde entra de nuevo Kourchner: “Hay que convencer a quienes hayan adquirido conocimiento y cultura para que sigan en casa, para que transfieran todo lo que han aprendido y contribuyan a crear sistema”.

Un sistema que, a juicio de John Kilama, uno de los más reputados conocedores de la realidad africana, no le hacen falta ni donaciones ni más deuda externa: “Lo que necesitamos son socios y no caridad”. Y caridad es, según nos advierten, lo que estamos proporcionando con nuestras ayudas sin fronteras. Eso es precisamente lo que nadie quiere.


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Comentarios

# re: Caridad sin fronteras

13/04/2008 15:01 por mustafa ardoun
hola buenas tardes .les cuento mi problema es q mi tio ha fallicedo hace una semana y ha dejado 6 huerfanos con la edades comprendida entre 9 meses y 6 a y quisiera saber si hay alguna organizacon q podria hacer cargo de estos pobres criaturas aunque sea mandarles un poco de alimentacion y ropa porque viven en una aldea muy remota y alli hace mucho frio les agradeceria vuestra atencion a los mas necesetados y un saludo my cordial mi n es 0034676116271
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