“Los premios Nobel se suelen sentar juntos en la cafetería. Ya los reconocerás: son unos ancianitos frágiles y encantadores”. Probablemente, la chica que me soltó esta frase mientras me acompañaba durante mi primer día de becaria en el departamento de comunicación del Stanford Linear Accelerator Center (SLAC) no se dio cuenta del efecto que sus palabras tuvieron en mí.
MARÍA JOSÉ VIÑAS
Pero, como periodista científica y “groupie” de la ciencia en general, debo admitir que la idea que durante las próximas semanas comería en el mismo lugar que no uno, sino varios premios Nobel, me dejó impresionada. Mis amigos en Barcelona no comparten mi entusiasmo: “¿Qué vas a hacer prácticas dónde?”, me preguntaron cuando les expliqué las pasadas navidades que sería becaria en el departamento de comunicación de la Universidad de Stanford (California).
En total trabajaré de becaria en Stanford durante cinco meses: diez semanas en el gabinete de prensa general de la universidad, el Stanford News Service, y diez semanas más en el departamento de comunicación de SLAC, un centro de investigación en fotónica y física de altas energías operado conjuntamente por la universidad y el Departamento de Energía de Estados Unidos.
En Stanford existen ni más ni menos que once oficinas de prensa que lidian con el enorme volumen de información generado por la universidad; el News Service es el más general, y se encarga de distribuir notas de prensa, coordinar la publicación semanal Stanford Report y mantener la web de noticias de la institución.
Durante mis periodo de prácticas allí, de enero a marzo, preparé un par de notas de prensa sobre investigadores de Stanford que iban a participar en la reunión de la American Association for the Advancement of Science (AAAS) y entrevisté a varios científicos que habían publicado algún artículo recientemente.
El procedimiento siempre era el siguiente: entrevistaba al investigador, redactaba el artículo y lo enviaba al entrevistado para que lo revisara antes de que la historia pasara varios rounds con los editores.
En teoría, el entrevistado debía repasar sólo los aspectos científicos del artículo. En la práctica, varios investigadores perfeccionaban alguna de las citas extraídas de la entrevista. En teoría, esto va en contra de la ética periodística. En la práctica, en un gabinete de comunicación se permite cortésmente a los entrevistados tomarse este tipo de libertades. Y en realidad, a mí no me importa demasiado, porque al fin y al cabo percibo claramente el temor que sienten los científicos a que su trabajo de muchos años no sea comprendido por el público.
En una ocasión entrevisté a un bioquímico sobre un tema de investigación muy básico: su equipo había creado en el laboratorio una reproducción de un enzima mitocondrial. El bioquímico, James Collman, insistió en múltiples correos electrónicos en que le enviara una copia del artículo para revisarlo antes de su distribución, enfatizando que era consciente de la dificultad de escribir sobre un tema tan técnico. Finalmente, tras leer mi articulo, me envió un mail entusiasta: “Su historia está muy bien articulada y creo que será de fácil comprensión para los no científicos”. Casi pude oír su suspiro de alivio.
Otro ejemplo de esta inseguridad de los científicos, que creo que los periodistas deberían tener siempre en cuenta, es una frase que leí recientemente en una pizarra que cuelga en la oficina de comunicación de SLAC. Se trata de una cita extraída de un mail enviado por un físico tras leer un artículo sobre sus investigaciones: “Gracias por no hacerme sonar como un nerd (empollón)”.