Según la revista estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences, la tercera parte de la población mundial sufre algún tipo de dolor persistente o recurrente y, sólo en EE UU, el dolor supone un desembolso de cien mil millones de dólares anuales, entre atenciones médicas, compensaciones y litigios relacionados.
El dolor es patrimonio de la humanidad. Los arqueólogos han identificado semillas fosilizadas de amapola o adormidera (Papaver somniferum) en yacimientos con restos del hombre de Neanderthal, sugiriendo que éste pudo haber utilizado el opio hace más de treinta mil años. Las civilizaciones antiguas de Persia, Egipto y de Mesopotamia cultivaban amapolas; en el lejano oriente se empleaba también la acupuntura, y al otro lado del Atlántico los nativos americanos empleaban hojas de coca para paliar los dolores abdominales, a la vez que la Psychotria colorata, una poderosa droga tranquilizante.
En tiempos históricos, Paracelso preparó con opio la primera tintura de láudano y Friedrich Sertüner, partiendo también del opio, aisló la morfina en 1803.
Pero el recién inaugurado siglo XXI ha visto ya avances en muchas otras áreas y poco, o nada, en torno al campo de acción de la algología.
En forma de nocicepción, algia o sufrimiento, el dolor tiene tanto de emocional (subjetivo) como de sensorial (objetivo). El miedo al dolor es, en realidad, la más pavorosa fuerza jamás planteada al ser humano y su amenaza, bajo forma de noxa, de castigo o de tortura, mata al contenido de la vida antes que al continente. Es el verbo en el lenguaje de la violencia y el mensaje en la oración de la enfermedad.
Existen múltiples factores psicológicos y físicos que relativizan la percepción sensorial del dolor, unas veces amplificándolo y otras veces disminuyéndolo: estados del ánimo, expectativas, control de impulsos, ansiedad, miedo, enfado, frustración, sexo, edad, nivel cognitivo, la experiencia de dolores previos y su aprendizaje, nivel intelectual, cultura, educación y ambiente.
Nuestra cultura de raíz judeo-cristiana ha interpretado el dolor (y no siempre bajo premisas nobles) como un reflejo vano de castigo o purificación, y no ha sido hasta muy recientemente que la medicina ha otorgado a tan poderoso influjo un rango de estudio como Dios manda.
Se conoce que la activación de los nociceptores que llevamos distribuidos por todo el cuerpo es la base bioquímica de la sensación del dolor. Sobre el papel y según el tiempo de evolución, los clínicos distinguen un dolor crónico, el que dura más de tres meses (como el dolor oncológico), de otro agudo, el que dura poco tiempo, generalmente menos de dos semanas (como en una herida o traumatismo).
Pero a la hora de caracterizar el dolor que un profesional tiene ante sí, en la consulta, la diferenciación entre dolor agudo y crónico sirve de poco; puesto que ambos cursan de forma oscilante y a veces con periodos interrumpidos. El dolor postoperatorio, por ejemplo, es un dolor agudo que puede prolongarse durante meses. Las migrañas o las dismenorreas, por otro lado, cursan durante dos o tres días varias veces al año y, en cambio, se caracterizan como dolores agudos.
I+D + Formación
La investigaciones bioquímicas y farmacológicas han abierto numerosos caminos a la interpretación de los mecanismos mediante los cuales actúan los fármacos para tratar el dolor, y la medicina oficializa la certeza de que todo tipo de dolor debe y puede ser tratado.
Sin embargo, en el mundo sigue habiendo demasiado dolor sin tratamiento. ¿Puede haber un punto de interés socio-sanitario más universal que el dolor? Pues, a juzgar por las intenciones declaradas de los burócratas, millones.
El Séptimo Programa Marco de I+D recién aprobado en Europa, el que ha de regir el rumbo de la financiación a la investigación científica durante los próximos siete años y con un presupuesto de 52.000 millones de euros, no destina ni un sólo céntimo al estudio del dolor. A los algólogos, como es lógico, les duele.
Unidos en la denuncia de este ostracismo del dolor en el contexto de las investigaciones biomédicas, algólogos de la talla de Gabor Racz (EE UU) o Marshall Devor (Israel) reclamaron a los medios de comunicación, en una visita reciente a nuestro país, un poco menos de “anestesia” en torno al tema. De expertos como ellos hemos aprendido que paliar por completo el dolor no es imposible, aunque la realidad parezca mirar a otro lado.
Para Racz no se trata sólo de investigación y desarrollo. “La diferencia entre acometer el dolor de forma correcta o incorrecta depende sólo de la formación recibida”, asevera. Ricardo Ruiz-López, director médico de la Clínica del Dolor de Barcelona, reconoce que desde los tiempos de la síntesis de la morfina la terapia farmacológica sigue siendo la base del tratamiento del dolor, “aunque su eficacia y su seguridad ven planteado un reto importante en los casos de dolor crónico; allí ganan cada vez más terreno las técnicas intervencionistas, apoyadas en la imaginería diagnóstica, la radiofrecuencia y la neuromodulación”.
Devor publicó hace diez años el primer trabajo que sugirió que la experiencia del dolor se rige por un código genético. “No hay gen del dolor como tal”, dice, “pero hemos identificado un gen, el GCH1, que modula la sensibilidad al dolor neuropático mediante la mayor o menor estimulación de nociceptores.”
Es cierto que nadie muere de dolor, pero todos morimos con él. Hasta el punto que muchos ancianos temen más al dolor que a la muerte. No en vano, los enfermos con neuropatía terminal acaparan en EE UU el primer puesto en los índices de suicidio entre mayores de 65 años.
A lo largo de veinte siglos los médicos se han enfrentado al dolor con grandes dosis de literatura y de superstición. En pleno apogeo del empirismo y el refinamiento terapéutico, deben ser también los médicos quienes decidan cómo acometer el más cruel calado al que el ser humano puede someterse que, cosas de la vida, pasaría también por ser el más universal.