Enviado el viernes, 16 de marzo de 2007 10:09
MARTA CHAVARRÍAS

Nada fácil si se cumplen las expectativas avanzadas
por un grupo de expertos de
la Universidad Johns Hopkins de Baltimore
(EEUU) según las cuales para el año 2020 la cifra de obesos en el mundo podría
llegar a las 2.000 millones de personas. En Nueva York, una de las ciudades con
más
afectados, los restaurantes deberán cumplir a partir de julio
con la ley que prohíbe el uso de aceites o productos que contengan grasas hidrogenadas,
las denominadas grasas trans, que los expertos llevan vinculando desde hace
tiempo con el desarrollo de enfermedades cardiovasculares y para las que
proponen desterrarlas de la alimentación.
Pero, ¿quién tiene realmente la culpa de este aumento? Más
que las menospreciadas grasas trans, las patatas fritas, los bollos o las
bebidas gaseosas, la alimentación es una opción personal, ¿o es que no elige
cada uno lo que quiere o lo que da de comer? Otra cosa es que la elección sea
la más sana, y que factores como el genético o el ambiental no se giren en
contra de uno mismo. Pese a todo se han iniciado infinidad de acciones, tanto
nacionales como internacionales, dirigidas a facilitar el acceso a alimentos
más “sanos”, a favorecer la comprensión de la información nutricional de los
alimentos y a informar sobre cuál es la dieta más recomendable a seguir.
En España, por ejemplo, numerosas campañas e iniciativas favorecen
unos hábitos alimentarios sanos, como la estrategia NAOS de prevención de la
obesidad, iniciada en 2005 y dirigida sobre todo a la población infantil y
adolescente. En sólo un año de funcionamiento, los responsables, no sólo las
autoridades sanitarias sino también numerosas organizaciones, más de 80,
aseguran haber mejorado los menús escolares (que sin quererlo han acabado
siendo uno de los sectores en los que más se ha intervenido), reducido los
niveles de grasas, azúcares y sal en alimentos. La duda es si el consumidor
entiende lo que le están diciendo y contra lo que le están previniendo.