La propuesta de Pacto de Estado por la Ciencia ha cumplido, este pasado mes de marzo, dos años de vida. Aunque todos los partidos políticos del arco parlamentario hicieron suya la propuesta, poco o nada se ha avanzado.
XAVIER PUJOL GEBELLÍ
La legislatura ha cruzado ya su ecuador. Si todo sigue en la línea actual, el gobierno encabezado por José Luís Rodríguez Zapatero habrá cosechado hitos de indudable impacto emocional y de incuestionable trascendencia política: la ya consumada retirada de tropas de Irak, la aprobación del Estatuto catalán y ahora, por añadidura, el inicio formal del que se pretende sea el fin formal de ETA. Con independencia de los mecanismos empleados, del fin perseguido, de la motivación o del resultado final de cada una de estas actuaciones, lo cierto es que, desde el complejo mundo de la comunicación, cada una de ellas tiene suficiente calado como para anclar en la memoria del ciudadano. La valoración que se haga posteriormente de ellas, es decir, si se consideran acertadas o no o si coinciden o no con el planteamiento ideológico de cada uno, es otro tema.
A estos tres anclajes mayores el gobierno de Zapatero ha ido añadiendo otros que han logrado impactos menores y ha dejado, al menos de momento, algunos en el tintero. Uno de ellos, si cabe el más trascendente para el futuro del país, es el modelo económico sobre el que debe sustentar España su crecimiento en los próximos años. Uno, que no es economista –ni pretende serlo- diría que estamos viviendo un periodo de dudas en lo que al modelo se refiere. Y que para disiparlas hay que arremangarse y decidir. El tiempo no pasa en balde, y la factura a pagar puede ser excesiva si se yerra en la dirección a tomar.
Por qué la ciencia
A cualquier científico de a pie preguntarse «por qué la ciencia» tal vez le suene a innecesario por obvio. No obstante, merece la pena apuntar algunas reflexiones que en los últimos años han logrado hacer mella en sectores de influencia. La más trascendente es la que conecta el conocimiento con la economía, un largo camino sobre el que se ha escrito y debatido muchísimo pero que, en España, todavía no se ha iniciado.
Tampoco en Europa está siendo un camino de rosas. Salvo casos puntuales que confirman el valor de las excepciones sobre las reglas, apenas se ha conseguido nada trascendente a no ser que sea incumplir los plazos. Las agendas de Lisboa y Barcelona, en las que se planteaba la tan cacareada inversión del 3% del PIB en I+D para 2010, está quedando en papel mojado.
Las prioridades europeas continúan siendo la consolidación de la «zona euro», el posicionamiento del sector energético y la resolución de conflictos internos. Nada nuevo, excepto el euro, en el horizonte. El peso de intereses particulares (véase el caso del sector agrícola como ejemplo) prima sobre los intereses colectivos. En Bruselas abundan demasiado las grandes palabras en detrimento de las grandes acciones.
Si en Europa la ciencia no es una prioridad, difícilmente puede pensarse que lo llegue a ser en España. Y si no lo es, concluiremos que la «economía basada en el conocimiento» como motor de progreso no es más que una entelequia.
Por supuesto, no todos en Europa –ni tampoco en España- piensan igual. Hartos de estar hartos, como dice la canción de Joan Manuel Serrat, o como ha venido denunciando reiteradamente el nobel británico Tim Hunt, en los últimos años hemos sido testigos de iniciativas que persiguen poner fin a entelequias y a pérdidas de peso en el mundo.
Hunt fue ponente en su día de las bases que debían regir el European Research Council, institución promovida por los científicos para la promoción de la ciencia con el presunto apoyo de Bruselas. Del ERC apenas se oye hablar hoy, tal vez engullido por las múltiples prioridades que surgen día a día en Europa. Hunt, en tono extremadamente crítico, no se ha recatado nunca de las razones que le impulsaron a participar de su creación: el hartazgo de la burocracia europea, del diseño de programas marco orientados en exceso y de la pérdida de prestigio y calidad de la ciencia europea frente a sus competidores.
Casi coincidiendo en el tiempo salió la propuesta española de Pacto de Estado por la Ciencia. Detrás del documento, cierto es, había tan sólo diez científicos pertenecientes a una única rama de la ciencia. En este caso, la biomedicina. No hay nada en ese documento que no fuera conocido por la comunidad científica española. Los bioquímicos que lanzaron el documento recogieron las obviedades negativas que viene arrastrando el sistema español y trataron de darle la vuelta para generar un estado de opinión positivo. Buena parte de la comunidad científica hizo suyas las propuestas vertidas negro sobre blanco. Y también lo hizo la clase política, enfrascada por entonces en la disputa electoral. Pasaron los grandes anuncios, las elecciones y el tiempo. Hoy parece que nadie se acuerda ni del Pacto ni de las promesas electorales. O tal vez sí.
Pacto sin pacto
En opinión de miembros destacados de la acción CRECE (Conferencias sobre la Reflexión de la Ciencia en España), auspiciada por la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), el Pacto, aunque no se haya formalizado, es un hecho consumado desde el momento que lo asumieron todos los partidos políticos y el gobierno aceptó incorporar sus postulados a su acción política. Visto así, lo que cabe ahora es vigilar la letra pequeña, aquella que determina si las acciones que se están tomando son o no las adecuadas.
Demos por bueno este punto de vista. ¿En qué se ha traducido por el momento este «Pacto sin pacto»?
Efectivamente, como se prometió en campaña electoral, ha habido un incremento del 25% en los presupuestos, aunque cargando tintas en el Capítulo VIII de los presupuestos del Estado; se han iniciado transferencias económicas para solucionar la puesta en marcha y consolidación de grandes centros de referencia, buques insignia que se pretenden de nuestro sistema; se han iniciado acciones para concretar el arranque de centros en red (programa CIBER del Ministerio de Sanidad); se está redactando y casi ultimando la nueva ley de investigaciones biomédicas; mal que bien, se ha empezado a abordar el problema de los «precarios»; se da una solución, ni que sea a destiempo y en formato parche, a nuestros «cajales»; se está proyectando (aunque sólo sea eso, una proyección) a un presunto «pacto por la competitividad»… Es decir, se están dando pasos para «atajar los problemas endémicos» del sistema.
¿Es eso suficiente? ¿Son estos los pasos a dar? Alguien con alta responsabilidad en un ministerio me comentó un día en una conversación privada que los pasos que se estaban dando eran «los únicos posibles». Dicho de otro modo: la lucha interna por competencias en los momentos posteriores a la toma de posesión del nuevo gobierno y la definición de los primeros presupuestos habían puesto sobre el tapete prioridades distintas en las que el equilibrio de fuerzas (o de familias políticas) prevalecía sobre otros intereses. Y que el modelo económico, sustentado en el empuje de la construcción, permitía desarrollar con «más calma» otras opciones de futuro.
Pues bien: los especialistas advierten de que el ciclo económico basado en la construcción da sus primeros síntomas de agotamiento. Y nada se vislumbra en el horizonte que haga pensar en nuevas alternativas para definir otro modelo económico.
La pregunta es, pues: ¿seguimos en la línea de pasos y discusiones de pasillo aderezada con discursos o se convoca a agentes económicos, políticos y sociales, además de a las comunidades científica y empresarial para empezar a pensar el futuro? Entonces tal vez podría hablarse de «pacto con pacto».