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viernes, 17 de marzo de 2006

Pese a que los incentivos fiscales en España continúan siendo de lo mejorcito de Europa, el nacimiento de empresas de base tecnológica en este país se mantiene en números rojos. El capítulo VIII, de nuevo, se apunta ahora como solución. ¿Será el enésimo intento o el definitivo?

 

XAVIER PUJOL GEBELLÍ


Poner en marcha una empresa de base tecnológica continúa siendo una aventura demasiado peligrosa en España. De unos años a esta parte, y con independencia del color del Gobierno, se han hecho intentos de todo tipo, especialmente en el ámbito fiscal y legal, para dar con la fórmula mágica que permita al «investigador-emprendedor» transformar una idea incipiente en una oportunidad de negocio. Los resultados, hasta la fecha, han sido paupérrimos. Ni el recurso a los créditos blandos ni la oportunidad de poder regresar al puesto de trabajo original en un centro de investigación o en la Universidad han sido medidas suficientes para animar a la comunidad científica a emprender la ruta empresarial.

 

Dados los pobres resultados cosechados, distintas comunidades autónomas, en particular Madrid y Cataluña, han decidido emprender medidas específicas para promover el nacimiento de empresas de base tecnológica. A ellas se ha sumado recientemente la FECYT. En este enésimo intento propuesto desde el Gobierno, no obstante, se ha introducido un matiz innovador: la incubadora de proyectos o, si se quiere, la promoción de «protoempresas».

 

El riesgo del capital riesgo

Sostiene Joan Comella, director de la FECYT desde el pasado mes de octubre, que uno de los grandes problemas del sistema español de ciencia y tecnología es el deficitario apoyo que se presta en las fases más primarias de constitución de empresas de alto valor añadido. En una entrevista publicada en el último número de la revista SEBBM mantiene que la falta de un mecanismo adecuado para detectar ideas con potencial de negocio surgidas de los entornos académicos, así como la inexistencia de apoyos administrativos y económicos «razonables» en esta fase, constituyen obstáculos insalvables para la mayor parte de emprendedores. Superada esta primeriza etapa, asegura, existen mecanismos y estrategias suficientes para avanzar en el intrincado mundo empresarial.

 

De acuerdo con el análisis de Comella, el agujero negro del sistema nacional de ciencia y tecnología no es la productividad científica ni tampoco su calidad. «En España se publica bien», afirma. Razón no le falta. Aunque los números pueden mejorar, y deberían hacerlo en sentido estricto, el nombre de investigadores y centros españoles consta cada vez con mayor regularidad en las principales revistas de impacto. Dicho de otro modo: se obtienen resultados de investigación de calidad más que notable. El problema es que no se pasa de ahí, nadie aparenta saber qué hacer con esos resultados.

 

Hay quien sí lo intenta. Con sus resultados y cierto asesoramiento, en general de las oficinas de transferencia de tecnología de OPI's o universidades, define un proyecto empresarial, lo redacta y se va en busca de dinero. Acude al capital riesgo y se pone a sí mismo como garantía. Y se da entonces de bruces con la realidad: el capital riesgo le niega el capital por exceso de riesgo o bien se lo da a cambio de garantías que nada tienen que envidiar a las exigidas para el más común de los créditos personales. La reflexión que surge luego, siempre en forma de queja, es invariable: En España no hay capital riesgo.

 

Si mantenemos el criterio expuesto por Comella la reflexión debería ser distinta. Igual lo que falta son proyectos adecuados para el capital riesgo. «Hay errores de concepto», decía Comella en un «off topic» mientras se registraba la entrevista de referencia. «El capital admite poco riesgo, aquí y fuera de aquí», continuaba. Como última reflexión añadía: «Cada vez hay menos capital riesgo español o japonés; lo que hay es capital de cualquier origen dispuesto a invertir en proyectos de interés y con un riesgo calculado».

 

El «riesgo calculado» al que alude Comella debe ser interpretado como «proyecto maduro» para admitir inversiones. Visto así, la clave es conseguir un sistema que permita madurar, es decir, facilitar la transición de la idea primigenia a proyecto empresarial. Y, en opinión de Comella, ese sistema no existe en España, apenas hay nada previsto para detectar primero, identificar después, y transformar finalmente un resultado de investigación orientada o incluso aplicada en una oportunidad de negocio.

 

La FECYT, en esta nueva etapa que recientemente ha inaugurado, pretende cubrir ese agujero. La idea es facilitar recursos económicos en forma de créditos blandos (presupuestados por consiguiente en el Capítulo VIII) introduciendo un importante matiz en las garantías de retorno: la viabilidad económica del proyecto debe formar parte del aval que presenta el investigador. A esta consideración la FECYT quiere añadir apoyo administrativo y, además, mecanismos que faciliten «la protección intelectual de los resultados de investigación y su transformación en empresas». Leído de otro modo: reforzar el proceso de solicitud y explotación de patentes.

 

Crecimiento desde la cola

La propuesta que plantea la FECYT en boca de su director incorpora un concepto poco habitual en España, el denominado capital semilla. Se trata de recursos destinados a explorar las oportunidades de negocio de una idea surgida de los laboratorios de investigación que se apoya en resultados contrastados. El dinero se emplea en estos casos para promover una patente, prever su explotación y facilitar una estructura empresarial mínima. Es, ciertamente, uno de los grandes agujeros de nuestro sistema.

 

Con toda probabilidad, la medida que se apunta es necesaria pero no suficiente. Sobretodo sí, como se pretende, se quieren potenciar sectores de I+D estratégicos como la biotecnología o la biomedicina. En ninguno de ambos sectores España está brillando a nivel internacional salvo por excepciones contadas. En el primero, sin ir más lejos, la distancia con respecto a la élite continúa siendo abismal, mientras que en el segundo brillan aún más las personas que las instituciones a las que pertenecen. Lo mismo ocurre en nanotecnología.

 

Las tres áreas citadas son las que en este momento reciben mayor atención inversora en Europa. En España parece que se sigue la misma estela, aunque la cantidad de recursos destinados, proporcionalmente, anda lejos de la media. La pregunta a hacerse es: ¿tiene sentido reflejarse en el espejo europeo o sería prudente explorar otras direcciones con valor añadido? Comella, en la entrevista citada, no contesta directamente a la cuestión, aunque deja entrever el problema. Desde la FECYT va a impulsarse ahora un programa de investigación prospectiva con el objetivo de valorar la oportunidad de priorizar áreas en el próximo Plan Nacional. Va a ser la primera vez que se haga un ejercicio de esta magnitud. ¿Significa acaso que las inversiones en áreas prioritarias se han hecho hasta ahora intuitivamente? Sería bueno saberlo.

 

19:57 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (4)