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jueves, 23 de febrero de 2006

En el año del centenario de nuestro primer, y casi único, Premio Nobel, los que han heredado su nombre como investigadores corren el riesgo de quedarse en el paro. Si nuestros inventos tienen que ser éstos, pues casi que no inventemos nada.

 

XAVIER PUJOL GEBELLÍ


Hace poco más de cinco de años los periodistas que seguíamos de cerca la política del Ministerio de Ciencia y Tecnología encabezado por Anna Birulés y Ramón Marimón asistíamos estupefactos a la lectura de notas de prensa en las que se anunciaban grandes y espectaculares cambios para el futuro. Se nos decía, para que así lo transmitiéramos al resto de los mortales a través de los periódicos, que España no sólo iba bien si no que iba a ir mejor.

 

Una de las fórmulas escogidas para ese tránsito dependía de ese ministerio, al que algunos periodistas ya llamábamos el «Misterio» de Ciencia y Tecnología. Más o menos por esas fechas se había hecho popular el término «parquetazo», se hablaba de reorientación de los PROFIT, se anunciaba una superfundación llamada FECYT para la gestión del sistema nacional de ciencia y tecnología, las autoridades se peleaban con el enésimo borrador de un programa denominado «Ramón y Cajal» (se cuenta que se superó la cuarentena de documentos antes de que viera la luz el definitivo) y se iniciaban los trámites para que Pedro Duque, nuestro astronauta, se diera un garbeo por el espacio. La excursión se valoró en unos 2.000 millones de las antiguas pesetas.

 

Expectativas

El nacimiento de los «cajales» estuvo rodeado de expectativas y polémica por igual. La idea, como concepto, no parecía mala. En absoluto. De hecho, no eran pocos los que admitían, tanto en público como en privado, que se trataba de una buena idea que corría el riesgo de ser mal ejecutada si no se resolvían de entrada las condiciones de futuro de los investigadores que se pretendía contratar. En especial, qué hacer con una remesa cercana a los 3.000 científicos de todas las áreas cuando finalizasen sus cinco años de contrato y quien iba a asumir su coste.

 

El primer problema, además de la dilación en la elaboración de las reglas del juego para la contratación, estancadas por la burocracia y la rigidez del sistema funcionarial español, surgió en el proceso de evaluación de los candidatos. Si bien se contrató gracias a este programa a investigadores considerados de alto nivel, sobre todo en la primera de las convocatorias, en las sucesivas hubo quien alertó de que se estaba transformando una buena oportunidad para reforzar la ciencia española en un sustitutivo del eliminado Programa de Reincorporación. La nota media de los contratados bajó de la primera a la última convocatoria.

 

Pero eso no sería lo peor. Al fin y al cabo se estaba dando una oportunidad a científicos españoles para volver a su país, aunque no fuera este el objetivo del programa. Lo peor fueron las condiciones con que empezaron a trabajar muchos de los investigadores contratados.

 

A alguien se le olvidó tener en cuenta que un investigador consolidado no viene con la maleta vacía. Al contrario: trae consigo contactos internacionales, públicos y privados, relaciones con empresas y la costumbre de trabajar en equipo, con presupuesto y condiciones de laboratorio incluidas.

 

Muchos investigadores, llamados a liderar nuevos proyectos o a levantar áreas novedosas en departamentos universitarios y centros de investigación, se encontraron con un espacio mínimo en poyatas abarrotadas, con dificultades para encabezar la ciencia que proponían o viéndose relegados a funciones propias de escalafones inferiores de formación. A algunos, de nuevo, les vino a la cabeza la situación que habían vivido años antes, cuando eran becarios sometidos a la precariedad del sistema.

 

Para la mayoría de los contratados, afortunadamente, las condiciones han cambiado con el tiempo: hoy dirigen tesis doctorales, lideran proyectos de investigación, publican en revistas de prestigio y abanderan incluso solicitudes de patente. Es decir, consiguen algo lamentablemente poco común en este país: transformar resultados de investigación en inventos.

 

De quien es el futuro

En la última campaña electoral José Luís Rodríguez Zapatero, actual presidente del gobierno, prometió hacer suyo el documento en el que se planteaba la necesidad de convocar un Pacto de Estado por la Ciencia. El llamamiento, elaborado por diez bioquímicos españoles de prestigio, incorporaba no sólo la demanda de mayores inversiones y mejores condiciones para la ciencia, sino también un trato adecuado para que los investigadores lograsen frutos de interés para el país y una mejor y más eficiente organización para un sistema que se había quedado obsoleto y anquilosado.

 

A los pocos meses de la formación del gobierno, el Secretario General de Política Científica y Tecnológica, Salvador Barberà, anunciaba la intención del gobierno de poner fin a la precariedad con la que trabajaban los sectores «más desfavorecidos» del sistema español. Al poco tiempo, se abordó la problemática situación de los becarios y se insinuó una solución para los «cajales», a los que se había prometido -de palabra, que no por escrito- una situación laboral estable si superaban las distintas evaluaciones. El centro de acogida, bien fuera Universidad u OPI, tendría la última palabra con el apoyo del recuperado Ministerio de Educación y Ciencia.

 

Pues bien: el tiempo va pasando y se acerca el final de los primeros cinco años de contrato. Algunas instituciones ya han indicado que van a hacerse cargo del futuro de estos investigadores. Otras, en cambio, o no han querido o no han podido. Una de ellas, al parecer, es el CSIC. Pese a los intentos de Carlos Martínez Alonso por proveer a la institución que preside a contratados laborales, algo está pasando porque no hay noticias acerca del futuro de los «cajales» a cargo de su centro.

 

Los «cajales» encuadrados en el CSIC están preparando, según se rumorea, distintas acciones para dar a conocer su situación y exigir soluciones acorde con sus condiciones. Lo que preguntan, en el fondo, es qué va a pasar con su futuro, puesto que ahora no está en sus manos decidir. Y advierten, además, que su futuro está ligado al del país: invertir en ellos es lo mismo que invertir en el sistema. Justo lo mismo que pensaría Santiago Ramón y Cajal si levantara la cabeza.

13:23 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (12)