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martes, 07 de febrero de 2006

La gripe aviar ha propiciado que las grandes empresas farmacéuticas vuelvan al negocio de las vacunas. Tras años de estancamiento el sector apuesta de nuevo por la prevención sin perder de vista las opciones terapéuticas.

 

XAVIER PUJOL GEBELLÍ


Las vacunas han sido estos últimos años un negocio secundario cuando no inexistente en la industria farmacéutica. Pérdidas multimillonarias, procesos de fusión para encarar una I+D cada vez más costosa, escasos incentivos y una motivación menguante, pueden considerarse las razones de un declive que se acentuó en la década de los noventa tras un lapso de producción más o menos beneficiosa. Los números, según la revista Health Affaires, cantan: en 1967 el mercado estadounidense se veía proveído por 26 empresas productoras de vacunas. En 2002, tan sólo 25 años después, el número de empresas se había reducido a 12 y el volumen de facturación, contrariamente a lo creído, había descendido un 50%.

 

Cuatro años después la situación ha cambiado de nuevo. El impacto de la gripe aviar, por un lado, y la exitosa experiencia de la vacuna terapéutica contra el papilomavirus humano, responsable de una elevadísima tasa de cáncer de cérvix, parecen estar detrás del renovado interés. Las expectativas con respecto a vacunas destinadas a distintas formas de cáncer y el progreso real en la I+D biotecnológica, forman parte también del mismo esquema.

 

La locura de la gripe aviar

La aparición de los primeros brotes de gripe aviar humanos, de los que se tiene constancia desde 2003, ha marcado un punto de inflexión real en el interés por desarrollar vacunas preventivas que puedan considerarse realmente eficaces.

 

Las empresas farmacéuticas, probablemente influenciadas por la inusitada demanda de agentes antivirales que ha beneficiado en primera instancia a la multinacional Roche, no han hecho oídos sordos a un mercado que se ha vuelto cautivo del temor social y, sobretodo, del terror político que se esconde detrás de una posible pandemia de gripe aviar.

 

Roche, productora de Tamiflu, ha sido la primera en enriquecerse gracias al miedo y a la falta de previsión. Las advertencias de la Organización Mundial de la Salud y de distintas agencias científicas con respecto a la posibilidad de que la cepa H5N1 del virus de la gripe aviar se instale en el organismo humano y ahí combine su material genético con el de la gripe común humana, han provocado no sólo que se agoten los stocks de la vacuna antigripal sino que incluso se hayan firmado convenios entre la compañía farmacéutica y distintos gobiernos para su producción.

 

Aunque no han sido pocos los expertos que han advertido que esta vacuna presentaría unos índices de cobertura insuficientes si se desatara una pandemia, también es cierto que no existe por el momento ningún producto con una eficacia superior. Se entiende que al inactivar el virus de la gripe humana se estaría desarmando la posibilidad de que recombinase su material genético con el de la gripe aviar. Pero eso, está por ver. De ahí que se estén intensificando los esfuerzos para producir un agente específico y mucho más seguro.

 

El último resultado en aparecer se ha publicado esta misma semana en The Lancet con un llamativo, a la vez que prudente, titular: «Científicos desarrollan una vacuna potencial contra la pandemia del virus de la gripe aviar en ratones». El artículo da cuenta de las investigaciones efectuadas con adenovirus atenuados que, en modelos animales, generan una proteína que bloquea la replicación de la cepa H5N1.

 

La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Purdue con el aval del Centro para la Prevención y Control de Enfermedades de Atlanta (CDC), demuestra el interés que están poniendo las instituciones públicas por avanzar en la prevención de una posible pandemia. Otros gobiernos, como el francés, están impulsando medidas similares. En concreto, las instituciones galas acaban de suscribir un acuerdo de colaboración con la compañía Sanofi Pasteur, empresa líder en la producción de vacunas, valorado en unos 100 millones de euros.

 

Las grandes empresas no van a la zaga. Novartis ha invertido cerca de 5.000 millones de dólares, Glaxo unos 1.500 i Wyeth alrededor de 2.000. Ciertamente, se trata de cifras espectaculares que van mucho más allá de la simple remodelación de plantas de producción. Incorporan dinero para I+D y en muchos casos hay acuerdos para el suministro de un catálogo de vacunas que no se limita a los antigripales ni mucho menos a la gripe aviar. Esta última, sin duda, ha actuado de detonante y catalizador pero, salvo excepciones concretas, no explica las grandes inversiones previstas.

 

La otra cara de la moneda

Aunque los números son lo que son, la media inversora de las grandes compañías en el desarrollo de nuevas vacunas se sitúa alrededor del 8% de su capital. El interés por aumentar esta cifra radica, según los expertos, en una combinación de factores entre los que no faltan razones de mercado.

 

Los analistas destacan, por ejemplo, la ausencia de «genéricos» en el mundo de las vacunas, cosa que sí ocurre con otros muchos fármacos que han dado alas a nuevas compañías farmacéuticas. Por otro lado, el coste de desarrollo de nuevos productos es hoy por hoy demasiado elevado para que empresas de tamaño pequeño o medio se atrevan a aventurarse con ellos. En definitiva, salvo las grandes compañías, aseguran los expertos, nadie puede acometer con éxito el desarrollo de un nuevo producto. Por tanto, no existe competencia, según las mismas fuentes.

 

La aseveración puede ser cierta para las fases de desarrollo de la vacuna, pero no necesariamente en el ámbito preclínico. El problema, tal vez, es que hasta hace bien poco ninguna compañía tenía interés en adquirir nuevas formulaciones a no ser que fuera para bloquear el mercado.

 

A esta limitación para las pequeñas, que supone un beneficio para las grandes, debe sumarse el inusitado interés de los gobiernos de países occidentales por almacenar cantidades ingentes de producto en previsión de lo que pueda ocurrir. En especial, por la gripe. Ciertamente, sólo las empresas farmacéuticas con plantas de producción en funcionamiento pueden acometer las demandas gubernamentales. Son estas mismas compañías las que han prometido instalar «rápidamente» plantas de producción en algún país (España es uno de ellos). La promesa va a tardar al menos dos años en cumplirse. Otra razón para bloquear un mercado ya de por sí cautivo.

 

La entrada de la biotecnología, con nuevas técnicas de biología molecular, por otra parte, se está incorporando también en aquellas empresas con mayor capacidad inversora. De nuevo, es la «big pharma» la que se beneficia de la eventualidad.

 

Una última razón que explicaría porqué las grandes compañías han renovado su interés por las vacunas la constituye el éxito parcial de productos terapéuticos. Las vacunas contra el cáncer, destinadas a fortalecer el sistema inmunitario y a provocar que éste actúe destruyendo o inactivando de algún modo células cancerosas o mestatásicas, están empezando a dar frutos. La más consolidada es la vacuna para el papilomavirus humano. Desde la investigación básica y la preclínica este ejemplo se está tomando en consideración. Y las grandes compañías, como siempre, están ojo avizor para cualquiera de estos desarrollos. Al fin y al cabo se trata de incrementar el 8% de un negocio ya fijo.

 

21:25 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (6)