Joan Massagué, considerado uno de los científicos españoles más brillantes de los últimos tiempos, aceptó el pasado viernes integrarse como director adjunto del remozado Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IRB). Su respuesta al tópico «¿está usted satisfecho?» es una mezcla de deseo, cansancio y casi necesidad: «Ya es hora de ponerse a trabajar».
«¿Cuándo te vuelves a España? Otros lo han hecho ya, nos iría muy bien que tú fueras el siguiente». Durante el último año y medio Joan Massagué ha escuchado la pregunta-respuesta que reproduzco más veces de las probablemente necesarias. «Nos vendría bien a la comunidad científica y a la propia sociedad española», se le ha dicho hasta la saciedad. Y Massagué, de actitud pública más bien pulcra y serena en las formas, acababa irremediablemente mordiéndose los labios ante una situación que no alcanzaba a entender. «Fíjate en otros», le espetaban incluso durante el pasado verano. «Anuncian públicamente que se vienen y, lo hagan o no, ahí tienen su dinero y su edificio».
El pasado mes de agosto coincidí con Massagué en el Observatorio Fabra de Barcelona. Fue en una de las «Cenas con las estrellas» que se organizan en ese enclave singular de la Ciudad Condal durante el verano y que tanto se prestan a las charlas sosegadas y a desprenderse por un momento del bullicio diario.
Tal vez fuera por el ambiente relajado o por el hecho de estar en periodo vacacional, o por ambas cosas a la vez, que la conversación que mantuvimos tendió más al comentario general de la ciencia en España que a sus proyectos particulares. Durante la cena Massagué me recordó también que iban a cumplirse cinco años de su presencia regular y continuada en España como asesor del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IRB), dirigido por Joan Guinovart; y que además participaba de forma intensa como asesor, entre otros, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), dirigido por Mariano Barbacid.
Aunque su implicación había sido siempre mucho mayor en la primera institución, en la que ostentaba el cargo de presidente del comité científico asesor externo, la suma de ambas representaban para Massagué algo muy parecido a una presencia activa en el sistema científico español. Sin embargo, se preguntaba en voz alta, «¿por qué nadie lo sabe?» Y a ello añadía: ¿por qué mientras yo ya estoy aquí nuestro proyecto [en referencia a la situación jurídica y financiera del IRB] permanece estancado y otros arrancan ya con el simple anuncio del fichaje de figuras con empaque mediático?».
De nuevo, la comunicación
La reflexión en voz alta de Massagué no era en absoluto quejosa con respecto al éxito de otras instituciones, sino con el trato recibido por el proyecto en el que llevaba años involucrado. Un tiempo en el que la precaria financiación y la indefinición jurídica, además de lastrar la velocidad de crucero, a punto estuvieron de frustrar el proyecto mismo. Permítanme recordar sucintamente lo ocurrido.
El proyecto de IRB empezó a gestarse hace poco más de cinco años. Por aquel entonces se inscribía en el Parque Científico de Barcelona con un activo de investigadores potenciales vinculados a la Universidad de Barcelona y al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Massagué rechazó de plano la dirección, aunque aceptó presidir el comité asesor. Desde este puesto trazó unas líneas de organización de la ciencia y de necesidades financieras que, pese al apoyo explícito de Andreu Mas Colell, consejero de Universidades e Investigación en el gobierno catalán, toparon pronto con la realidad. De hecho, con la realidad de la ciencia española: escasa en recursos, organizada funcionarialmente, temerosa del riesgo y abandonada en lo político.
Las buenas palabras de Anna Birulés, titular del breve Ministerio de Ciencia y Tecnología, y de su sustituto posterior, Josep Piqué, jamás dejaron de ser simples promesas. El «lo vamos a hacer» y el «habrá dinero» con el que ambos ministros regaban sus oídos jamás se cumplieron. Sólo faltó que el que debía ser el fichaje estrella para arrancar el centro, Juan Carlos Izpisúa Belmonte, quedara frustrado.
El cambio de gobierno, tanto en Madrid como en Barcelona, no llevó aparejados cambios sustanciales de entrada. Pero sí la impresión de que se le podía dar la vuelta a la situación. La existencia real de oportunidades científicas de colaboración entre el programa que Massagué dirige en el Instituto Sloan-Kettering (adscrito al Memorial Sloan-Kettering Cancer de Nueva York) y los distintos programas que iban desarrollándose en el IRB, llevaron a Joan Guinovart a plantear una todavía difusa refundación del Centro. Eso fue hace poco más de un año. La idea debía venir acompañada de varios cambios. Uno de ellos, decidir qué comunicar, a quien y cómo. No en vano tanto Massagué como Guinovart habían decidido no hacer ruido, trabajar tan discretamente como fuera posible y actuar no subterráneamene, pero sí desde la sombra.
Refundar sobre la ciencia
Pese a la precariedad con que avanzaba el proyecto, el IRB iba sumando proyectos de investigación, incorporaba investigadores consolidados y con proyección internacional e incrementaba, ni que fuera a cuentagotas, sus presupuestos. Las dudas del momento, que la hubo y de gran calado, empezaron a despejarse gracias a algo tan lógico como poco esperado: la ciencia.
Guinovart y Massagué, según me confesaría este último durante la cena veraniega, dejaron volar la imaginación de acuerdo con las oportunidades científicas del momento. Massagué acababa de publicar en Nature un trabajo de altísimo impacto científico y clínico en el que se demostraba la existencia de paquetes de genes específicos que median la aparición de metástasis de pulmón en cáncer de mama. Un año antes había hecho lo mismo en metástasis de hueso. Y el trabajo no podía darse por finalizado de ningún modo: había que buscar colaboradores internacionales de calidad para proseguir la investigación con otros tumores primarios y otras metástasis.
La pregunta que surgió de inmediato fue: «¿Podríamos hacerlo en Barcelona?». La respuesta tampoco tardó mucho: «Si se consiguiera el equipamiento, el dinero y el personal necesarios sería perfectamente factible». Por otra parte, el 'viejo' IRB ya había empezado a madurar: más de 200 investigadores en servicio, cuatro programas de investigación más otro que se añadiría pronto y tres artículos 'colocados' en Nature en los últimos meses como parte más visible de la maduración.
Así fue como Guinovart encargó a Massagué la redacción de un informe en que se detallaran las necesidades del centro para acometer una investigación de este tipo. La conclusión fue que, efectivamente, había que invertir, pero no para fundar de nuevo el centro sino para reforzar las líneas existentes y crear las específicas. El informe se presentó al gobierno catalán y, en Navidades del pasado año, las consejerías de Salud, Universidades e Investigación, además de la de Economía y Finanzas, dieron su visto bueno. Pasqual Maragall, presidente de la Generalitat, aportó también su apoyo.
Guinovart, durante este periodo, fue más lejos. Le propuso a Massagué que asumiera nuevas funciones y que éstas tomasen cuerpo en forma de cargo ejecutivo. Un cargo que, por otro lado, le permitiera no sólo compatibilizar la vida de Nueva York con la de Barcelona, sino además compartir recursos, experiencia y modelo organizativo. A eso le llamaron dirección adjunta.
En opinión de Guinovart, la fórmula escogida resulta «la más eficaz» para recuperar plenamente un cerebro sin tener que despojarlo de los enlaces que proporciona la base de operaciones de Nueva York. Dicho de forma llana: estamos hablando de una oferta de pluriempleo. ¿Cuánto tiempo va a dedicar a uno y a otro lado del Atlántico? «Las necesidades científicas, de gestión o de representatividad dictarán los tiempos», asume Guinovart. Sea el que fuere: ¿Quién se negaría a tener entre sus miembros a un personaje de talla científica mundial contribuyendo a levantar un nuevo proyecto? Sabiendo de quien se está hablando y de lo que puede aportar, determinadas preguntas pueden resultar ociosas.