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sábado, 08 de octubre de 2005

Cerca del 80% de las cosas que nos cuentan a los periodistas (incluyo aquí las que se ven y no se explican) se esconden sistemáticamente en un cajón. Con el tiempo, el cajón se convierte en el baúl de los recuerdos. Pregunto yo: ¿por qué no contarlo todo? Al fin y al cabo forman parte también de las informaciones que elaboramos.

Después de pensarlo mucho (unos 23 segundos mientras adoptaba la posición de 'El pensador' en el baño) he decidido empezar a contar mis intimidades. Por razones de pudor (y también de seguridad, para qué nos vamos a engañar) no lo contaré 'absolutamente todo', pero sí lo esencial. No es que me ocurran muchas cosas, pero sí las suficientes como para que se vea que los personajes que nos rodean (y que a menudo sólo vemos por televisión o escuchamos por la radio, cuando no retratados en los medios) son de carne y hueso. Por tanto, tan inteligentes o tan torpes como nosotros mismos. Es decir, con las mismas miserias, vanidades, alegrías y tonterías que tenemos todos-todas.

Por ser el primer día no voy a meterme con nadie ni a contar nada espectacular o que pueda sorprender a nadie. Me limitaré, por ahora, a relatar la agenda que me ha llevado esta semana estatutaria a Madrid (aclaro: vivo en el Montseny, a unos 60 kilómetros de Barcelona y teletrabajo en pijama).

Tras un jueves desastroso y cargado de escenas de 'marujas almodovarianas' en lo personal (otro día lo cuento), pillo el puente aéreo de las 20.15 en Barcelona. No entiendo bien lo que hice, pero el caso es que logré colarme a unos 200 que hacían cola en facturación. Probé eso de las máquinas de 'auto-check-in' y funcionó: a las 21.34 estaba ya en los baños de Barajas sacándome de los dedos los restos de tinta que dejan los periódicos que se reparten en los aeropuertos. Al poco rato, cena hogareña con unos amigos.

Como ambos son profesores universitarios, y ambos están concienciados de las dificultades de investigar, divulgar y extender la normalidad de las ciencias entre los miembros de una sociedad descreída y poco ilustrada en estos menesteres, damos vueltas a actividades -y a actitudes- que tienen que ver con una mejor formación científica. Es curioso: nos ponemos de acuerdo en seguida, con lo que la discusión termina con el consabido 'la vida es así'. Por no haber, no ha habido apenas debate. Es lo que ocurre cuando todo el mundo está de acuerdo. La pregunta es: si todo el mundo está de acuerdo, ¿por qué no se hace, por qué no se le pone remedio?

El resto de la conversación se reparte entre comentarios acerca de la singularidad de ciertos apellidos, la singularidad de ciertos equipamientos científicos singularmente en el olvido, la singularidad de la educación de los niños adolescentes y, por supuesto, la singularidad de la semana del estatuto. Como que se nos caen los párpados a todos, en ese punto acordamos dejarlo para otro día.

Viernes

El viernes amanezco en un hotelillo de tres estrellas. Descubro con estupor que en el precio pactado no está incluido el desayuno. Me siento atracado...

Pillo un taxi y me voy para el Instituto de Salud Carlos III. Ahí tengo entrevista con Francisco -Paco, para los amigos- Gracia. Ejerce de director general. Va sin corbata y acepta encantado la sesión de fotos (a veces, hay que reconocerlo, una verdadera tortura). Nos ponemos a charlar sobre los planes de una institución que nadie sabe con precisión qué es y para qué sirve. Me cuenta que tienen presupuestos y planes, y me asegura que ha hecho apuestas personales de gran nivel. Como que mi tarea no es creérmelo sino contarlo, pongo cara de póquer ante sus explicaciones (que reproduciré otro día adecuadamente). Le pregunto por fin cómo pretende potenciar públicamente la institución. Y me dice, sin rubor, que potenciando mensajes a través de los medios.

La respuesta es una vieja conocida entre los que nos dedicamos a esto de la comunicación. Y es que todos los responsables políticos, en cuanto ejercen una parcela de poder, quieren ganarse a los medios. La solución suele venir de la mano de una agencia de comunicación, que les cobra un pastón por campañas de escaso valor, y por un menosprecio insultante a las capacidades de los servicios de prensa y comunicación internos. A ellos, ni agua. Sólo sirven para vomitar notas de prensa que los periodistas arrojamos sistemáticamente a la basura y para remitir aclaraciones cuya función es apagar incendios. Bonita forma de gastar dinero público. Quede claro que el problema no es de Francisco -Paco- Gracia, sino de la ignorancia en tareas de comunicación que atenaza a los cargos políticos. Estaría bien que todos se dieran un cursillo de formación para aprender que no sólo hay que hacer las cosas, también hay que contarlas y, además, contarlas bien. Nos ahorraríamos dinero y disgustos (aunque igual el periodista se quedaría sin noticias...).

Sigue la mañana. Me reúno para comer con un periodista avezado que trabaja para una fundación privada. Hablamos, como no, del Estatuto. También de como organizar actividades de divulgación con un marcado valor estratégico. Se trata de evidenciar la presencia de la institución que representa con fórmulas diferenciales que apoyen la idea de que andan interesados en fomenar la investigación. Se descartan congresos, seminarios, investigadores propios, campañas en prensa, anuncios, becas y similares. Surge la idea de 'inventar producto'. Por ejemplo: cofinanciar líneas de investigación específicas. Quedamos en darle vueltas a la idea. Nos despedimos con saludo estatutario.

Frío y calor

Voy raudo para Radio Punto. Entro en directo en el programa de Concha García Campoy (los viernes dedica una hora de radio a una entretenida tertulia científica). La cita es a las 15.55. Llego a las 16.12. Ya han soltado el informativo y Concha está en el aire ganando tiempo mientras no llega el contertulio (o sea: yo). Me saluda-abronca con cariño. "¡Glups: la puntualidad (o su ausencia) debe ser un factor genético!", me digo. Al otro lado de las ondas, desde Barcelona, está Jorge Wagensberg, el gran hacedor de CosmoCaixa. Qué lujo. En la tertulia se habla de todo lo destacado con impacto social ocurrido en la semana: alimentos funcionales, el despertar de un coma tras dos años, el meteorólogo Sam metido en una cajita electrónica, los premios Nóbel de Física, Química y Medicina (nos saltamos el de la Paz), la incertidumbre científica, la acrilamida en los alimentos y, como no, el Estatuto. Empiezo, por fin, a mosquearme. En el estudio el regulador de la temperatura del acondicionador anda loco, pasamos del frío al calor y a la inversa en cuestión de segundos.

Me voy para El País. A saludar y a comentar temas de actualidad (ahora mismo ando perezoso para escribir sobre determinados temas). Salen algunos temas curiosos que me retrotraen a épocas pasadas: se habla de que hay retrasos en el pago de proyectos de investigación; que los presupuestos destinados a ciencia y tecnología son escasos y sin el prometido aumento; que hay más palabras que hechos en el desarollo del sistema; que la reducción de las listas de espera hospitalarias (al menos en Madrid) no alcanza ni la categoría de lo anecdótico; que la vacuna del papilomavirus merece un buen tratamiento; que la gripe aviar ha puesto en alerta a todos (¿pasará algo realmente grave?)... Curioso: en la sección donde estoy (Sociedad) nadie habla del Estatuto.

Me despido. Por fin vuelvo a Barajas para regresar a mi posición de combate, la de free-lancer de monte. En el taxi me doy cuenta de todo: estos días en Madrid se da una temperatura inusualmente alta, mientras que en Cataluña ya está justificado poner en marcha la calefacción. El taxista, que sabe un montón, me lo aclara: es el Estatuto. La patata caliente, la temperatura, está ahora en Madrid. "¿A que hacía más calor la semana pasada en Barcelona?", dice. "Efectivamente", le contesto. "¿Lo ve? Eso es la ciencia", concluye.


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