El éxodo de cerebros europeos a Estados Unidos continúa manteniéndose pese al anuncio constante de medidas que frenen su progreso. Unas mejores condiciones salariales y profesionales parecen estar en la raíz, pero no son las únicas causas. La merma de las condiciones para el retorno también influye.
En declaraciones recientes al diario económico Cinco Días, Octavi Quintana, director de investigación en Salud de la Dirección General de Investigación de la Comisión Europea, admitía que el número de científicos que actualmente ejerce en Estados Unidos es de 78.000, una cifra probablemente excesiva dada la demanda de calidad investigadora que se plantea en Europa de un tiempo para esta parte. Pero eso, con toda seguridad, no es lo peor: el problema continúa siendo la inexistencia de mecanismos que favorezcan unos niveles de competitividad equivalentes. Es decir, no hay frenos adecuados para el éxodo y, por lo que parece, tampoco hay capacidad de reacción suficiente para instalarlos en el vehículo científico europeo.
El británico Timothy Hunt, premio Nóbel de Medicina en 2001 e integrante del equipo que inspiró la creación del Consejo Europeo de Investigación, advertía en una charla informal el pasado año de la necesidad de recuperar lo que el denominaba «la ilusión perdida». La charla tuvo lugar a mediados de septiembre en un lugar poco habitual, la Seu Vella de Lleida.
Algo más que ciclos
Sentados en la penumbra de la vieja catedral leridana, Hunt recordaba como en sus tiempos de joven investigador, en la década de los sesenta, París y Londres, entre otras ciudades, actuaban como potentes focos de atracción científicos. «Todo el mundo de todos los lugares del mundo querían venirse para Europa a investigar», decía entonces, para añadir en forma de lamento: «¿Qué nos queda ahora de todo eso?».
«En lugar de focos de atracción», relataba con sarcasmo el investigador británico, «ahora tenemos montañas de papeles, barreras de burocracia». Además, agregaba, una investigación probablemente orientada en exceso y con un acento demasiado evidente en la aplicación. «Hemos desatendido la investigación básica, y sin ella no hay ni ideas ni retos».
El discurso de Hunt, más que catastrofista o pesimista en exceso, pretendía situar con precisión el centro del debate. No en vano, al menos en su opinión, el verdadero problema no eran -ni lo son ahora- las acciones puntuales sino las estrategias a largo plazo, aquellas que definen el futuro en tiempos cercanos a los de una generación entera.
Visto así, ¿cuál sería el problema real en lo que refiere a la fuga de cerebros? La respuesta obvia sería que las estructuras científicas europeas han perdido peso, y por tanto capacidad de atracción, frente a Estados Unidos, en mejor disposición para ofrecer salarios atractivos y equipamientos de calidad. Se reduciría, por tanto, a una cuestión de mercado, legible perfectamente en términos de oferta y de demanda.
Pero si el mercado fuera el único indicador, bastaría con invertir los términos. Si se necesitan 700.000 investigadores para que en 2010 la Europa de los 25 se mantenga como una economía competitiva, se les contrata y en paz. A los investigadores se les ofrecen mejores condiciones económicas y se les dota de todo cuanto precisen. De este modo el péndulo oscila en dirección a Europa. Bien es sabido, no obstante, que no basta con eso, que no se trata sólo de una cuestión cíclica o pendular. Si no, que alguien pregunte a la economía japonesa.
Atrapados en el discurso
La cuestión que se esconde detrás de las cifras presentadas por Octavi Quintana no se arregla, pues, sólo con dinero. Tampoco se arregla con Programas Marco que, aunque relativamente bien dotados en lo económico, pecan de dirigismo. Ni tampoco, seguramente, con promesas y Agendas como la de Lisboa que nadie está dispuesto a cumplir.
Como ocurre con el sistema científico y tecnológico español -tal vez esta sea la parte más europea de nuestra comunidad científica y de sus gestores- continúa faltando visión estratégica, claridad de ideas y, ante todo, compromiso y valentía política. Dicho de otro modo: libertad, creatividad, voluntad y visión. Nada de eso abunda en la clase política europea. En eso España se parece mucho Europa.
La reflexión conduce, en este punto, a una pregunta que no admite matices: si se necesitan investigadores, estructuras y dinero para no perder competitividad, y ese es el camino que se quiere seguir, ¿por qué no se actúa? ¿Por qué, además de discursos y declaraciones de intenciones, no se avanza efectivamente? ¿Por qué nadie se atreve de una a vez a tomar la sartén por el mango?
Alguien debería acordarse de que, como ocurre en España, la gran mayoría de los que se van lo hacen para no volver. Y que si alguien quiere que dejen de irse, a no ser que sea por voluntad propia, deben disponerse las medidas para que eso ocurra. Mientras no se tomen, lo que se haga es pura tontería.