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sábado, 23 de abril de 2005

Este fin de semana ha fallecido un buen amigo. Su nombre y sus circunstancias son anónimos, pero no los hechos: padecía cáncer de pulmón. Desde el diagnóstico lo que le restaba de vida se ha ceñido a las estadísticas y a los protocolos. Al final, ha muerto sedado, en compañía de los suyos y con médicos y enfermeras a su lado.

Si escribo esto es por respeto y como homenaje. En primer lugar, a todos los que, como mi amigo anónimo, deciden hacer confianza a la sanidad pública española cuando reciben un diagnóstico tan poco alentador. También al equipo médico y asistencial. Y, por fin, a la familia.

Según las estadísticas, uno de cada tres españoles acabará padeciendo alguna forma de cáncer a lo largo de su vida. Para la mitad de ellos el diagnóstico les alcanzará con tiempo suficiente para que la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia convencionales transformen la ansiedad en curación. Para la otra mitad, aunque a menudo sucede lo inevitable, no todo está perdido. Para una proporción nada despreciable el uso combinado de fármacos logra engañar a las estadísticas: se trata de ganar tiempo al tiempo. Y cuando ya nada queda por hacer, las soluciones paliativas y de confort han conseguido maquillar las antaño terribles y angustiosas últimas horas.

Un fin falsamente anunciado

Para mi amigo anónimo el fin empezó anteayer. Aunque las estadísticas dirán que fue un caso más de un fumador al que una mutación provocó el crecimiento de un tumor en uno de sus pulmones, mi amigo y sus familiares, en especial su esposa, se aferraron con fuerza a la ilusión de seguir viviendo. El diagnóstico fatal les sobrevino en noviembre pasado, después que una revisión médica identificara la causa de un dolor que no remitía localizado en su hombro izquierdo.

La revisión puso al descubierto un tumor de tamaño suficiente como para impedir una intervención quirúrgica. La única solución era abordar el mal con radioterapia con el fin de reducirlo y hacerlo «operable». En paralelo, había que empezar de inmediato un tratamiento con quimioterapia. Antes de todo eso había que solucionar un pequeño engorro que causaba desazón y duda en la familia. Como ocurre a menudo en Cataluña, mis amigos destinaban una parte modesta y asequible de su dinero a pagar una mutua asistencial. Ésta les ofrecía tratamiento médico, asistencia y el servicio hotelero de una clínica privada.

Pese a ello, desde la comodidad de la sanidad privada no se les podía ofrecer el acceso a aproximaciones terapéuticas que hoy día ofrecen los saturados hospitales de referencia del sector público. No en España. Se les pasó por la cabeza largarse a Estados Unidos para intentar un tratamiento que les diera algo de esperanza. La duda aguantó unos pocos días: alguien les dijo, acertadamente, que la distancia que separa lo mejor de lo mejor de Estados Unidos con lo mejor de lo mejor en España era una nimiedad. El servicio de oncología clínica del Hospital General del Valle de Hebrón en Barcelona los acogió con toda la crudeza de su caso y con todo el cariño y toda la verdad que requerían.

El diagnóstico fue rápido y el inicio del tratamiento no se demoró más allá de lo estrictamente necesario. En las primeras semanas se mitigó el dolor físico y, por un tiempo breve, mi amigo y su mujer disfrutaron de un segundo noviazgo. Aunque sabedores de la gravedad del cáncer de pulmón, la ausencia de dolor les permitió albergar un tanto de esperanza y otro tanto de compañía mútua.

Todas la fases

Las cosas no tardaron en torcerse. La primera línea de citostáticos con la que se atacó el cáncer de mi amigo fracasó. También la segunda línea. Finalmente, la tercera tampoco dio resultado. Esta última se inició un mes antes de su muerte. Por casualidad, conversé con él el mismo día en que la doctora que comandaba el equipo médico que seguía su caso le propuso iniciar un tratamiento con Tarceva, un fármaco de nuevo cuño basado en una aproximación bioquímica para el que se han observado respuestas positivas en estos dos últimos años.

Tarceva se administra en España en unos pocos centros en forma de ensayo clínico. Acaba de salir de los laboratorios pre-clínicos y su eficacia se sitúa entre el 10% y el 20% de los casos. El motivo de su éxito, como ocurre con Iressa, otra de las drogas de nueva generación, parece ligado a la existencia de una mutación específica. La Food and Drug Administration (FDA) dudó en su día concederle la autorización ante la pobreza evidente de resultados. Pero, he ahí la paradoja, el éxito podía llevar a la curación. O al menos a la ausencia evidente de enfermedad por un tiempo. La presión ejercida por asociaciones de enfermos acabó logrando la aprobación.

Mi amigo se agarró a lo quje ya era un clavo ardiente sin renunciar a nada. Pero era ya demasiado tarde. «La situación es grave y breve», comentó la doctora a la esposa del amigo. No se equivocó.

Tres semanas después de iniciado el tratamiento un fallo multiorgánico aparecido como consecuencia de las múltiples y veloces metástasis le llevaron a urgencias. Fue un trámite desagradable. Nadie en este país, sea el gobierno del color que sea, ha encontrado una solución efectiva para el colapso permanente en el que viven los grandes hospitales.

De ahí pasó planta a los tres días. Los médicos habían conseguido remontarle pese a su deteriorado estado. El lunes de esta misma semana su estado era mucho mejor, aunque no su aspecto. Permanecía en cama y el oxígeno y las fuerzas para capturarlo empezaban a escasear. Tuvo aún tres días buenos, en los que consiguió levantarse, hablar con los suyos y ver el mar a lo lejos.

Una nueva crisis le sumió en un sueño profundo alimentado por sedantes. La familia había ya expresado su deseo de no prolongar su agonía y de evitar a toda costa un sufrimiento que entendían inútil. Aunque eso forzara la velocidad del desenlace. El cuerpo médico atendió la petición. Una docena de horas bastaron para llegar al final.

No quiero ni pensar que habría ocurrido si este episodio se hubiera dado en Leganés. Y que, además, no hubiera existido la posibilidad de subir a mi amigo a la planta de hospitalización. La sedación paliativa que se le suministró, aunque claramente avanzó su muerte, le quitó la pesada carga de un sufrimiento inútil. Me han descrito su muerte como «dulce y tranquila». Ignoro si consta en ningún papel. En estos momentos no me parece ni esencial ni importante.


19:39 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1363)