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jueves, 21 de abril de 2005

Cataluña aspira a liderar el biocorredor europeo

 

EL CONCEPTO DE BIORREGIÓN AVANZA CON MÚLTIPLES INCERTIDUMBRES

BARCELONA.- Por el momento es sólo un sueño, pero algo se está tejiendo en los despachos de Presidencia de la Generalitat catalana. Hace tan sólo unos días, el suplemento dominical de El País daba cuenta de lo que es un secreto a voces desde casi un año atrás cuando alguien, de nombre todavía anónimo, soltaba la idea de que Barcelona podría encabezar un corredor científico que llevara directamente a Heidelberg, en Alemania. A eso, aunque no estaba prevista ni mucho menos semejante longitud, se le llamó biorregión.

El concepto retoma una vieja aspiración en la Ciudad Condal: aglutinar de alguna forma el entramado de centros que tradicionalmente han destacado en el ámbito clínico. Además de hospitales que durante años han sido referencia en España, bien por su calidad quirúrgica, bien por su calidad asistencial, últimamente se ha sumado un cierto componente en la esfera investigadora. A decir verdad, no obstante, los hospitales catalanes han adolecido, como la mayor parte de los españoles, de grupos de investigación con solera internacional. Salvo excepciones, no ha habido, y está por ver si habrá, investigación traslacional. El componente biomédico, si ha surgido, ha procedido de otros ámbitos, en especial, universidades y centros del CSIC.

Una excepción pudo haber emergido con la contratación de investigadores a través del FIS (Fondo de Investigaciones Sanitarias), un programa iniciado seis años atrás y para el que todavía se espera una solución definitiva. A lo largo de este tiempo se ha contratado algo más de 200 científicos de distintas ramas que se han incorporado a laboratorios básicos adscritos a hospitales en toda España. Los laboratorios, ocasionalmente por intereses internos, otras veces por desidia y otras por uso de mano de obra barata, apenas han podido progresar. Nadie se ha ocupado de darles la carta de naturaleza que se merecían, asi como tampoco de promocionar adecuadamente resultados e investigadores. Hoy todavía no saben, la mayoría, que va a ser de ellos en el futuro.

Alianzas biomédicas

Más allá de estas oportunidades, en 2001 empezó a circular con fuerza en Barcelona la posibilidad de promocionar una alianza estratégica entre los principales centros que podían aportar materia gris al conocimiento biomédico. Se trataba de reunir en una misma estela al Hospital Clínico de Barcelona (uno de los más prolijos en productividad científica aunque con pocos trabajos de alcance verdaderamente internacional), IDIBAPS (una institución comodín de la que apenas se conocen logros), el emergente Centro de Regulación Genómica, cada vez más aposentado gracias a la dirección de Miguel Beato, y el entramado del Parque Científico de Barcelona, sujeto demasiado tiempo a indefinición legal por lo que refiere a su centro estrella, el Institut de Recerca Biomédica, y contínuamente pendiente de de incertidumbre económica.

Pese a la fragilidad de alguno de sus componentes, la idea tenía sentido: por primera vez se hablaba de reunir en un entorno positivo centros hospitalarios y de investigación básica con independencia, a priori, de su origen. La Alianza Biomédica de Barcelona (así se llamó el invento) avanzó con demasiados titubeos y con escaso apoyo político si se exceptúa el papel que jugó Andreu Mas Colell, responsable entonces de la ciencia catalana. Demasiado poco para lo mucho que se buscaba.

La realidad acabó imponiéndose. De la Alianza apenas se habló más, aunque formalmente quedó constituida, y lo que surgió fue una amalgama de investigadores y proyectos que, sin estrategia previa, han acabado configurando un potencial de interés. El Hospital Valle de Hebrón en oncología clínica y una rama cada vez más protagonista en codesarrollo de nuevos fármacos; el Centro de Regulación Genómica, con programas ya de tinte internacional; el Institut de Recerca Biomèdica, con un nuevo impulso gracias a la progresiva superación de dificultades y a su cada vez mayor proyección internacional; el fichaje de Manuel Perucho; y la consolidación de un anunciado proyecto en células madre del que debería ocuparse Juan Carlos Izpisúa Belmonte (todavía hay dudas sobre su incorporación real entre la comunidad cientifica catalana), dibujan el nuevo escenario.

La estrategia, como ocurre a menudo en política científica en este país, está viniendo detrás. Aunque todavía hay indefiniciones: mientras desde la Administración catalana se habla de una región científica circunscrita a su ámbito de actuación, desde otros frentes (entre ellos el que configura el a veces imprevisible Pasqual Maragall), el eje se mueve hasta alcanzar Zaragoza y Tolouse. Ultimamente, Federico Mayor Zaragoza ha insinuado la posibilidad de extender la conexión hasta Heidelberg, sede del European Molecular Biology Laboratory (EMBL), pasando por Madrid, donde el Centro Nacional de Biotecnología y el Centro de Biología Molecular, entre otros, podrían contribuir a elevar el listón. La verdad, en cualquier caso, es que nada hay seguro. La indefinición, por el momento, se mantiene.

¿Tiene sentido?

Entre pasillos se entiende que la configuración de regiones temáticas podría contribuir a que grupos de investigación españoles establecieran o incluso lideraran grandes proyectos científicos, un aspecto hasta ahora poco probable por la endémica falta de medios e infraestructura técnico-científica. Asimismo, podría facilitar la conexion con grupos sólidos que participan de proyectos llamados a ser portada en las grandes revistas científicas.

Detrás de este razonamiento se esconde el genuino interés de beneficiarse de los futuros fondos europeos, en especial, de los procedentes del European Research Council y de la probable redefinición de los Programas Marco. Existe el temor que los grupos españoles, por dimensión y por medios, se queden al margen.

Para que ello sea posible, sn embargo, la región cientifica debe ser real. Y sólo lo será si, además de la iniciativa de los científicos, que es la que ha llevado a Cataluña a presentarse como aspirante a esta figura, cuenta con el apoyo decidido de la Administración.

Los últimos comentarios al respecto tienen dos caras. La más pública señala que todo va a ser factible. La más escondida se muestra escéptica. Para empezar, y pese a que se ha anunciado un aluvión en forma de recursos económicos, nadie sabe con certeza de donde va a salir el dinero. Algunos, con ironía, asegura que «del lóbulo izquierdo» del actual Ministerio de Educación y Ciencia. Así se denomina al ejercicio intelectual al que se ve obligado Salvador Barberá, Secretario General de Política Científica, para dar salida a los más de 700 millones de euros que tiene a su disposición en forma de créditos.

La estrategia es simple: poner a disposición de las comunidades autónomas esta respetable cantidad de dinero siempre que se ajuste a desarrollo científico y tecnológico. Los créditos los devolverán las propias comunidades que emplearán el dinero según más les convenga. En Cataluña se habla de alrededor de 120 millones de euros para este concepto en dos ejercicios. Con ellos habilitaría la biorregión.

Los más críticos entienden que, de nuevo, se trata de un parche en el modelo de financiación de la ciencia. No obstante, admiten, los parches han sido los que hasta ahora les han permitido aguantar y solucionar muchos de sus problemas. El famoso parquetazo no fue sino un parche que salvó in extremis más de un proyecto y más de un centro. Madrid y Barcelona pueden atestiguarlo.

La pregunta, en todo caso, es si un  modelo a base de parches tiene sentido. Tal vez habría que coger el toro por los cuernos y atreverse de una vez a sentar una organización independiente, sujeta a todos los controles del mundo, pero de carácter permanente. El gobierno, esperemos que con el apoyo de la comunidad científica y de los agentes sociales y económicos, tiene la palabra.


12:24 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1)