Agonía en directo
LA MUERTE DEL PAPA MUESTRA LAS CONTRADICCIONES DE LA CIENCIA
En una semana cargada de acontecimientos y debates en los que la muerte ha sido principal protagonista, apenas nadie se ha interrogado sobre las limitaciones del avance científico y tecnológico aplicado a la salud.

MONTSENY.-
La muerte del Papa Juan Pablo II, acaecida el pasado sábado a las 21.37 horas, según reza el comunicado oficial de la Santa Sede, ha sido con toda probabilidad la más mediática de cuantas se han sucedido últimamente. Su larga agonía ha sido retransmitida en directo por radio y televisión, y el sufrimiento causado por su enfermedad de Párkinson, objeto de mil y una fotografías para las portadas de medios en cualquier tipo de soporte y en cualquier rincón del mundo.
Los interminables debates acerca de cuan ético resulta mostrar el sufrimiento de una persona a los ojos de la "aldea global", han tenido sin embargo la virtud de poner en primer plano cuestiones tan sensibles como los límites de la ciencia, la medicina y la tecnología aplicados a la salud. La casualidad ha querido que esta muerte "en directo" coincida en el tiempo con el polémico fallecimiento de Terry Schiavo en Estados Unidos y el "cese cautelar" decretado para atajar una supuesta mala praxis en el Hospital Severo Ochoa de Leganés.
El Papa en la ciencia
Las posiciones de Juan Pablo II acerca de los avances científicos que se han producido en el último decenio, en especial los referidos al ámbito de la salud, son harto conocidos. La opinión de la iglesia católica con respecto a la investigación en células madre embrionarias, la posibilidad de emplear embriones sobrantes de procesos de fertilización asistida para investigación o el uso del preservativo como medida preventiva en la transmisión del virus del Sida, han sido motivo de un agrio debate aún no resuelto.
El posicionamiento religioso, que ha menudo se ha confundido con las tendencias de pensamiento más conservadoras, ha tenido su contrapunto en el uso inteligente de las capacidades tecnológicas de los medios de comunicación (desde la televisión a Internet pasando por las videoconferencias) o de los propios avances de la medicina moderna: a nadie debería escapársele que Juan Pablo II ha podido aprovecharse -en el mejor sentido de la palabra- del conocimiento acumulado en el control de la enfermedad de parkinson y, en la semanas previas a su muerte, del instrumental y equipamiento médicos necesarios para mantener a un anciano deteriorado físicamente en las mejores condiciones posibles.
Es aventurado, y totalmente innecesario, asegurar que la vida del Papa se ha alargado artificialmente, como han sostenido algunos. Semejante afirmación carece de sentido: todos cuantos pasamos de la cuarentena le debemos a la ciencia el beneficio de una propina vital.
No resulta fuera de lugar, sin embargo, afirmar que el Papa, o más probablemente su entorno, renunciaron a estos avances médicos para prolongar innecesariamente un desenlace cuya única incógnita era saber cuando se iba a producir.
Contradicciones morales
Ahorrar el sufrimiento de Juan Pablo II en sus últimas horas y procurarle una muerte digna evitando el encarnizamiento médico, es algo absolutamente razonable. Y a la vista de muchos, con independencia de su fe religiosa, incluso plausible. La pregunta es: por qué ahora sí y antes no.
Terry Schiavo se benefició de los avances científico-técnicos durante casi 15 años en los que permaneció artificialmente con vida. Tras un largo y tortuoso proceso judicial, iniciado a instancias de su marido y en contra de la opinión de los padres de la mujer, finalmente se dictaminó que carecía de sentido mantenerla en el estado vegetativo en el que estaba sumida por más tiempo. La desconexión a los equipos de sostén vital condujo a su muerte en apenas dos semanas.
En ese tiempo se habló, erróneamente, de eutanasia. Nada más alejado de la razón: no sólo no se le administró ningún compuesto que acelerase su muerte sino que, durante largo tiempo, se hizo justamente lo contrario, se hizo todo cuanto la técnica ofrece para prolongar su vida. Los defensores de la vida a ultranza se olvidaron, al menos públicamente, de ello.
El caso de Leganés, al menos mientras no se pruebe lo contrario, tiene connotaciones similares. Conviene no confundir eutanasia con sedación, una actuación que tiene mucho que ver con cuidados paliativos y que cuenta con protocolos de administración perfectamente definidos. En esencia, se trata de calmar los dolores causados por una enfermedad terminal e irreversible, aunque ello pueda avanzar en unas horas o en unos días el momento de la muerte.
Juan Pablo II y la iglesia católica en general, se mostraron siempre públicamente contrarios a la eutanasia. Incluso se manifestaron en contra de la desconexión de aparatos de soporte médico, y últimamente, de la sedación paliativa. ¿Les habrá atrapado ahora la realidad?