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jueves, 04 de septiembre de 2008

Un controvertido estudio enciende de nuevo la alarma sobre los orígenes de la homosexualidad. ¿El homosexual nace? ¿se hace? El estudio, sueco, afirma que el cerebro de los homosexuales se parece al del sexo opuesto. O sea, que las mujeres lesbianas son medio hombres heterosexuales y que los hombres homosexuales son medio mujeres heterosexuales. Qué lío. Prefiero dar rienda suelta al deseo y que cada uno, con las puertas del armario cerradas (o abiertas), disfrute el momento y con quien quiera entre sábanas. ¿Es realmente importante conocer el origen de la homosexualidad?

Núria Llavina Rubio


Depende. Depende de las interpretaciones que se hagan de los estudios. Por ejemplo, este estudio sueco, llevado a cabo en el Stockholm Brain Institute, puede tener varias lecturas. Vamos por partes y demos primero la lectura más “objetiva”. Los investigadores han llegado a la conclusión que el hemisferio derecho del cerebro es más grande en los hombres heterosexuales y mujeres homosexuales, mientras que los hemisferios cerebrales de los hombres homosexuales y mujeres heterosexuales parecen ser simétricos. Asimismo, los hombres homosexuales muestran otra similaridad cerebral con las mujeres heterosexuales en sus conexiones en la amígdala cerebral, que tiene un papel clave en las reacciones emocionales a los estímulos externos (incluido el estrés), al igual que las mujeres homosexuales y los hombres heterosexuales. Respiro y cojo aire.

Todo depende de quien lo lee


Parece claro que este estudio remarca el carácter supuestamente innato de la homosexualidad (aunque no se refiere en ningún momento a la interacción social del cerebro con la sociedad). Los psicoanalistas más froidianos no estarán de acuerdo y apelarán de nuevo al complejo de Edipo mal llevado. Los más fieles, por supuesto, demostrarán que siempre habían tenido razón y mostrarán su compasión ante la incurable pero tratable homosexualidad, recurriendo al párrafo 2357 del Catecismo: «Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta». Siempre y cuando vivan en castidad, claro…

La ciencia recurrirá a estudios pasados para corroborar el carácter innato de esta condición sexual. Ya se habló en investigaciones pasadas, por ejemplo, de que los hombres homosexuales y las mujeres heterosexuales tenían mejores habilidades lingüísticas que los hombres heterosexuales y las lesbianas, lo que también sugería una diferencia estructural en el cerebro. Asimismo, un famoso estudio de los años 90, llevado a cabo por el genetista Dean Hamer, hablaba de que la homosexualidad se transmite por el cromosoma X, o sea, a través de las mujeres. E aquí el nacimiento de nuevas interpretaciones. Este gen femenino… es defectuoso o comparable al de tener ojos azules o marrones? Muchos más estudios hay, pero ninguno con datos concluyentes. Vamos, que la homosexualidad se ha movido siempre en el terreno de la especulación.

Un lío padre


A veces me da la sensación que la reivindicación de los derechos para los homosexuales es como la celebración del día de la mujer trabajadora. No habrá una completa normalización hasta el día que no exista dicha jornada festiva. La comunidad gay de argentina ha declarado tras este estudio que este tipo de investigaciones recuerda a la época de los nazis, en la que los médicos redactaban manuales explicando las diferencias entre los judíos y los arios dejando claro, claro está, que la supremacía era de los arios. Dejando exageraciones aparte, lo cierto es que la búsqueda incesante del origen de la homosexualidad ahonda en las diferencias entre las dos condiciones sexuales. Soy mujer, soy lesbiana, tengo demasiadas celebraciones y reivindicaciones al año y lo único que me gustaría es que no existieran.

Qué embrollo la homosexualidad. La culpa la tiene mi madre; la responsabilidad la tiene la relación con mi padre; la culpa la tiene mi cerebro; la responsabilidad la tiene un gen que otros no tienen. ¿Culpas o responsabilidades? Lo que sé es que esta noche me voy a una «partygay». Las diferencias ahí se viven de forma natural (y pido disculpas por el atrevimiento de usar con tanta frescura la palabra “natural”). Ni la ciencia, ni la religión ni los traumas tienen cabida.

8:31 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (0)

viernes, 20 de junio de 2008

Primero llueve y luego deja de llover. Siempre ha sido así, pero nunca como ahora. Datos científicos avalan que el clima global se está viendo alterado por un aumento significativo de las concentraciones atmosféricas de gases como el dióxido de carbono, metano, óxidos nitrosos y clorofluorocarbonos. No está claro aún el grado de responsabilidad de semejante contaminación sobre el clima, pero haríamos el primo ignorando que los vilipendiados gases están atrapando una porción creciente de radiación infrarroja terrestre y pueden acabar elevando la temperatura planetaria entre 1,5 y 4,5 °C (un fenómeno popularmente conocido como “efecto invernadero”).


JORDI MONTANER


Ocurre en la Tierra –y es algo que conocían ya las tribus más prehistóricas– que todo anda conectado. Basta un cambio diminuto en la temperatura de la atmósfera terrestre para que los patrones de precipitación global y las corrientes marinas se vean alteradas. Se intuye que una alteración así introduciría importantes variaciones en los ecosistemas globales, pero es difícil calcular con exactitud qué es lo que acabaría variando a escala regional y en qué magnitud.   

Trabajos científicos sugieren, sin embargo, que determinadas especies vegetales no sobrevivirían a tan minúsculo aumento de las temperaturas. Biólogos canadienses proyectan pérdidas de aproximadamente 170 millones de hectáreas de bosques en el sur de aquel país, mientras que otros 70 millones de hectáreas empezarían a crecer en zonas remotas donde hasta hoy imperaba la tundra ártica; en cualquier caso, el balance final sería de 100 millones de hectáreas perdidas. No cabe duda de que tan irreparable pérdida iría acompañada de la de múltiples especies vegetales y animales; aunque los seres humanos quedaríamos a salvo, ¿o no?

Expuestos

Los epidemiólogos fruncen el ceño cuando constatan cambios sustanciales en lo que concierne al clima. Alegan que la expansión del área de enfermedades infecciosas tropicales, más inundaciones que de costumbre en terrenos costeros y ciudades, tormentas más intensas o aumento de sequías tienen un influjo determinante sobre la salud humana.

Los más relajados aclaran que la previsión de cambios en los próximos 100-150 años se basan solamente en modelos de simulación y que la contaminación humana no es la única culpable de que la Tierra se entibie.
Aun así, reconocen que la reducción de la capa de ozono se relaciona íntimamente con un aumento del número de casos de cáncer de piel. Un calentamiento global promedio de entre 1,5 y 4,5 °C llevaría también, como consecuencia, un aumento de horas de sol al día y un enfriamiento progresivo de la estratosfera. El ozono estratosférico filtrará menos radiación ultravioleta dañina. Dicho ozono, se forma a través de reacciones fotoquímicas que involucran la radiación solar, una molécula de O2 y un átomo solitario de O-; también puede ser generado por complejas reacciones fotoquímicas asociadas a emisiones industriales y constituir un potente contaminante atmosférico en la troposfera superficial; su destrucción viene mediada por radicales hidroxilo, NO y cloro.

Los dermatólogos advierten ya en sus congresos que si el calentamiento del planeta  aumenta y crecen las olas de calor, también lo hará el número de casos de cáncer de piel y de otras enfermedades graves, que incidirán especialmente en los grupos de personas mayores. Junto a las alteraciones dermatológicas, ocurriría que la calidad del aire empeoraría y favorecería la aparición de alergias, lesiones en los ojos y disfunciones respiratorias. Devastadoras enfermedades infecciosas que hoy quedan relegadas a las regiones tropicales se desplazarían a asentamientos inauditos y pasarían a provocar epidemias, transmitidas por  mosquitos y garrapatas a través de la sangre. Paludismo, dengue, encefalitis o enfermedad de Lyme camparían a sus anchas por pagos bien cercanos al nuestro.

De Kyoto a China, pasando por España

En Kyoto (Japón), 164 países de todo el mundo firmaron un protocolo de actuación gubernamental frente al cambio climático. España se comprometió a limitar a un 15% el aumento de sus emisiones gaseosas de efecto invernadero con respecto a los valores de 1990; no obstante, los inventarios que periódicamente realiza la Unión Europeo sobre el comportamiento de sus estados miembros en materia de contaminación, prevén que España será en el 2010 el segundo país más contaminador de Europa, con unas emisiones que sobrepasan en un 42% las de 1990. Por delante tendrá a Portugal, con un 44% más de emisiones.

Los científicos aseguran que el cambio climático forma parte de la evolución del planeta y se reivindica aproximadamente cada cien mil años. Sin embargo, no niegan que la actividad humana a lo largo de los dos últimos siglos ha modificado drásticamente el estado del planeta y si en buena parte de los países de Europa va a mejor, no puede decirse lo mismo de países con economías emergentes y una población cercana a los mil millones de habitantes, como China.

La dependencia mundial de los combustibles fósiles está siendo escrupulosamente calculada por parte de los gobiernos; pero en China no tienen prisa, el 30% de sus recursos energéticos proviene del carbón, hiriendo a la atmósfera donde más le duele. Hay quien alerta ya de un agotamiento no lejano (menos de 40 años) de las reservas de petróleo, algo más lejano para el gas natural (65 años) y muy lejano aún para el carbón (230 años). “Quien lía último leilá mejol”, dicen los chinos, pero antes habrán tintado de oscuro el cielo azul de todo el mundo… Ahorrar energía y limitar al máximo la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera no son ya una moda al uso ni una forma de conseguir ventajas fiscales, sino un requisito de supervivencia.

5:20 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1)

jueves, 05 de junio de 2008

Las enfermedades infecciosas emergentes tienen en la actualidad una sigla adjudicada: EIE. Señal de que se están convirtiendo en un problema real y preocupante. Si hace unos años parecía que la medicina estaba ganando la batalla a este tipo de enfermedades, ahora resurgen nuevos adversarios que suponen graves amenazas para la población y cada vez mayor gasto para la sanidad pública. Por eso los países desarrollados están ahora muy centrados en esforzarse por la causa. ¿Pero se dirigen bien estos esfuerzos?


Núria Llavina Rubio


La revista Nature acaba de publicar el primer mapa mundial de las nuevas enfermedades infecciosas. Lo ha elaborado Peter Daszak, director ejecutivo del Consortium for Conservation Medicine de la organización Wildlife Trust, junto con un equipo procedente de cuatro instituciones estadounidenses y británicas. Una de las conclusiones que se extraen de este estudio gráfico deja en evidencia los esfuerzos que se están haciendo en pro de salvaguardar la humanidad de las futuras enfermedades emergentes. Se está apuntando mal, y la vigilancia se concreta en zonas en las cuales el riesgo de enfermedades infecciosas es relativamente normal o, en el peor de los casos, tirando a inexistente. Sin acabar de leer el informe, pondría la mano en el fuego (sin quemarme) afirmando que las principales víctimas potenciales y, por tanto, que reciben una mayor vigilancia, son los países más ricos.

Un mapa previsor

Este estudio con mapa intenta descifrar cuándo, cómo y dónde surgirá la próxima amenaza en el ámbito de las nuevas infecciones. Se trata de encontrar el próximo SIDA o la próxima SARS, principales exponentes de lo que hoy en día aún son las principales causas de muerte en el planeta. Como ya viene siendo habitual en las últimas epidemias, se cree que la próxima será de nuevo una zoonosis, es decir, enfermedades que saltan de los animales a los humanos. Al estilo de la SARS o la Gripe Aviar, el origen de las cuales se localiza en Hong Kong, el estudio confirma que la nueva epidemia probablemente surja en los trópicos, zonas con una alta densidad de población y una elevada diversidad de vida salvaje.

Un análisis con modelos matemáticos sobre las pandemias entre 1940 y 2004 ha permitido llegar a estas conclusiones. Y a otras, como por ejemplo que la aparición de las mismas se relaciona directamente con la acción del hombre (producción intensiva, entre otros ejemplos), algo que ya se suponía pero que confirma definitivamente el estudio y que justifica de nuevo los esfuerzos por promover la prevención medioambiental. Asimismo, el estudio también confirma que los virus no son tan problemáticos como las bacterias, que en realidad son más resistentes a los fármacos. Y como los países desarrollados han vivido la aparición de los llamados “superpatógenos” en los últimos años, el dinero se está destinando principalmente a salvaguardar el interior de estos países. Quizás la enfermedad puede ser un coste, caro, del desarrollo. O al menos eso se cree. Y no digo que en cierta manera no sea cierto.

El trópico en peligro

Pero el caso es que se prevé que la próxima pandemia aparezca por causa de un microorganismo que salte del reino animal al hombre, y que esto se produzca en zonas del trópico, es decir, regiones que se encuentran, en su mayoría, en proceso de desarrollo. Paradójicamente, los esfuerzos de cara al control de enfermedades emergentes se están centrando en Europa, EEUU, Australia y ciertas partes de Canadá, mientras que África tropical, Latinoamérica y Asia son los países más susceptibles de sufrir estas nuevas enfermedades.

Los recursos de la salud mundial deberían, por tanto, redirigir los esfuerzos en las regiones en las que surgirá la próxima enfermedad. Y es que estas enfermedades se están convirtiendo en un problema de todo el mundo. ¿O la globalización sólo interesa cuando conlleva beneficio económico?

7:06 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1)

jueves, 29 de mayo de 2008

En las cámaras del corazón, por muchas fibrilaciones que ocurran, no hay cabida para los sentimientos. Los latidos que de su trajín se desprenden hablan, de compartimentos estancos; son el mero eco de una pulsión vacía y vulnerable. Poetas y escritores románticos, autores de canciones íntimas y frívolos periodistas tal vez me odiarán si proclamo a los cuatro vientos que, todo cuanto ocurre,  ocurre sólo en la cabeza de uno; que el desamor no lastima al corazón más que el colesterol o el tabaco, y que sentimientos y sensaciones son sólo ideas primitivas que la mente acuña.


JORDI MONTANER


Pensamientos idealizados de amor, familia, dios o patria gobiernan la conducta de hombres y pueblos desde el alba de los tiempos. Se trata de pensamientos muy primitivos, atávicos, instintivos, que, vestidos de nobles sentimientos, imponen y emocionan aún a multitudes de cualquier época, cultura y geografía. Su principal enemigo es la razón puesto que, a fuerza de disquisiciones, su ímpetu mengua y se desvanece.

Nihil est in intellectum quod non prius fuit in sensu, reza un aforismo clásico, y razón no le falta. El sentido, la sensación o emoción tiene más fuerza que la idea, la noción. El cerebro destina mucha más energía a sentir que a pensar, por lo que la preponderancia de lo primero queda fuera de toda duda. La pasión nos consume como una llama, y sólo de sus brasas toman lumbre las ideas que tratan de explicar todo cuanto ocurre y, las más veces, no hacen sino liarlo a base de bien.

Nuestra conducta está básicamente dirigida por dos pulsiones: la de sobrevivir como individuos y la de perpetuar la especie. Como somos seres genuinamente egoístas, esa segunda pulsión nos hace creer que amamos y somos amados por el simple hecho de aparejarnos y procrear. La sibilina naturaleza nos dotó de un sistema endocrino que encierra toda la sofisticación dramática de las obras completas de Shakespeare.

Los ojos descubren un individuo del sexo opuesto cuyas características de salud e idoneidad reproductiva nos recrean el engañoso estímulo del embelesamiento, la belleza. Nos enamoramos de inmediato. La imagen, la voz, el tacto o el olor del ser amado ejercen sobre nosotros un impulso terrible, capaz de llevarnos del éxtasis a la desesperación, al insomnio o a la anorexia. Esta pulsión está gobernada por el sistema dopaminérgico, responsable de las adicciones. Pensamos que la persona idealizada como amada es capaz de hacernos mucho bien o mucho mal cuando, en realidad, todo es producto exclusivo de la mente. Sin dopamina, sin testosterona, vasopresina, oxitocina…, un arrebato pasional de Marlon Brando o una mirada lasciva de Greta Garbo nos dejarían indiferentes; los discursos enfervorizados de Adolf Hitler suscitarían bostezos, los partidos de fútbol cansarían y en las discotecas sólo se escucharía ruido. Sí, las hormonas nos pueden, e inventamos liturgias para todo con tal de vestir nuestra animal visceralidad.    

De todos los filósofos, fue Platón el primero en glosar las excelencias y miserias del amor. Baruch de Spinoza filósofo judío de origen holandés, escribió en pleno siglo XVII: Amor est titillatio,
concomitante idea causœ externœ. Paladín de todos los románticos, George Gordon Byron calificó la sosegada amistad como “un amor    sin alas” y, en Alemania, Johann Wolfrang von Goethe escribió: “Cuando el hombre en su dolor se calla, engendra un dios que expresa cuánto sufrimos.”

También en Alemania, un siglo más tarde, Arthur Schopenhauer explicó que “cuando el instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera vaga y genérica, sin determinación precisa, lo que aparece, fuera de todo fenómeno, es la voluntad absoluta, de vivir”. La Naturaleza, suscribe Schopenhauer, “necesita esa estratagema para lograr sus fines”.

Hormonas son amores, y no buenas razones
Que las feromonas afectan al sistema endocrino suena misterioso pero es verdad. Investigadores del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia visitaron en cierta ocasión los salones de strip-tease de la ciudad con un propósito científico: medir el efecto de las feromonas en virtud de la fase ovulatoria de las chicas que actuaban. Un magnetismo imperceptible hizo que las intérpretes que se desnudaban en plena fase ovulatoria cosecharan propinas el doble de cuantiosas que en sesiones alejadas del periodo ovulatorio.  

Hay quien sostiene que el amor romántico es una construcción social reciente, producto de la revolución industrial. Lo cierto es que la sangre humana ha hervido siempre. Los hombres admiran a las mujeres de pechos exuberantes y anchas caderas consintiendo que están más buenas, ignorando que el dictado hormonal de preservación de la especie los llama a seleccionar inconscientemente a las mujeres de cuyas caderas abiertas saldrá una criatura con mayor facilidad para sobrevivir al parto, y de cuyas ubres brotará siempre más leche para alimentar su crecimiento.
Las mujeres sienten fascinación por los hombres seguros, de voz grave y de sobria musculación. Por sus venas fluye más testosterona, mayor ansia reproductiva y mejor garantía de protección durante la precariedad del embarazo.

Curiosamente, la relación de ambos con el amor y a través de la sexualidad transcurre en sentido opuesto: la mujer descubre a su verdadero amante en el esplendor de un beso profundo y un íntimo abrazo, cuando los poros de la piel y las salivas intercambian informaciones que somos incapaces de procesar conscientemente pero que saben mejor que nosotros cuanto toca hacer. Nos dejamos ir, la individualidad muere, desaparece, nos sumimos en una danza estrictamente violenta y animal con la que desde siempre los seres humanos se reivindican como especie. La hembra reconoce instintivamente la idoneidad del macho, la mujer queda prendada sólo entonces de su pasión (y de sus semillas). El macho también reconoce la idoneidad de su consorte, pero el hombre despierta del orgasmo con una sensación radicalmente distinta de la de la mujer, un asombro de repliegue, de fin, que no de comienzo.  

De nuevo Schopenhauer, dejó escrito que “el egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas que los motivos egoístas son los únicos con
que puede contarse de seguro para excitar la actividad de un ser individual”. Añade que la especie tiene sobre el individuo un derecho anterior, más inmediato y más considerable que la individualidad
efímera. “El amor del hombre disminuye de una manera perceptible a partir del instante en que ha obtenido satisfacción; parece que
cualquier otra mujer tiene más atractivo que la que ha poseído; aspira al cambio.” Por el contrario, el de la mujer crece a partir de ese instante. “Esto es una consecuencia del objetivo de la naturaleza, que se encamina al sostén, y por tanto al crecimiento más considerable posible de la especie.”

Laurence Sterne, dramaturgo irlandés, aseguraba que la voluptuosidad persigue motivos nada frívolos. “Representaos la pareja más hermosa, la más encantadora: ambos se atraen y se repelen, se desean y se huyen con gracia singular, en un bello cortejo de amor; llegado, sin embargo, el instante de la voluptuosidad, todo jugueteo, toda alegría graciosa y dulce desaparecen de repente… La
voluptuosidad es bestial, y la bestialidad no se ríe. Las fuerzas de la Naturaleza obran seriamente en todo momento y en todas partes; la voluptuosidad de los sentidos es lo opuesto al entusiasmo que nos abrió en el enamoramiento un mundo ideal.

El matrimonio, un buen invento
Pese a todo, va a ser que el matrimonio es un buen invento. Vivir “en pecado” es lo más natural, e incluso los animales son proclives a toda suerte de parafilias sexuales. Un díptero, la Musca vomitoria, en lugar de poner sus huevos, conforme a su instinto, en tejidos de carne en descomposición, los deposita en la flor de Arun dracumulus, extraviada por el olor cadavérico que desprende la planta.

El sistema dopaminérgico no sólo gobierna los mecanismos de adicción, sino también los de recompensa. Opioides activados en el cerebro recrean, por verbigracia del amor, la falsa impresión de que alguien nos hace sentir bien cuando se trata sólo de una encerrona propia del nucleus aaccumbens cerebral, gestionado por la acción de dopaminas, serotoninas y oxitocinas.

Semejante filigrana pro reproductiva es capaz de readaptar conductas y emociones en virtud de cada situación. Cuando nos casamos, el cuidado de la prole exige un nivel alto de atención que las pasiones distraerían, y la libido se esfuma o se transforma con facilidad. Por lo general, casados y casadas asumen que son menos felices como pareja, pero las encuestas de salud revelan todo lo contrario. Hay menor tasa de suicidios y menos morbi-mortalidad general.  

Un hospital de Berna (Suiza), descubrió que las mujeres que se disponen a ser operadas padecen mayor estrés que los hombres, de forma que su hipotálamo segrega más cortisol (la hormona del estrés). Asimismo, se sorprendieron al descubrir que las mujeres que estaban casadas disminuían significativamente los niveles de cortisol por el simple hecho de que su marido les cogiera de la mano en los instantes anteriores a la intervención quirúrgica, y los investigadores publicaron un provocador artículo titulado “Mi marido, el mejor analgésico”.

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viernes, 23 de mayo de 2008

Bruce Alberts es desde marzo el flamante nuevo editor jefe de Science, la revista de la American Association for the Advancement of Science y una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo. Alberts llega a Science con credenciales impresionantes: bioquímico doctorado por Harvard, fue presidente de la National Academy of Sciences durante doce años y es consejero de 30 instituciones, además de ser un promotor acérrimo de la educación científica como el método más efectivo de hacer avanzar a la sociedad.


María José Viñas


Bruce Alberts es desde marzo el flamante nuevo editor jefe de Science, la revista de la American Association for the Advancement of Science y una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo. Alberts llega a Science con credenciales impresionantes: bioquímico doctorado por Harvard, fue presidente de la National Academy of Sciences durante doce años y es consejero de 30 instituciones, además de ser un promotor acérrimo de la educación científica como el método más efectivo de hacer avanzar a la sociedad.

Es por ello comprensible que me emocionara cuando el director de mi programa de postgrado en periodismo científico nos comunicó que el 1 de mayo, Alberts se reuniría con nuestra clase en privado antes de dar una conferencia en mi universidad. Mis diez compañeros y yo nos preparamos a fondo: leímos la biografía de Alberts y sus dos primeras editoriales para Science, e ideamos algunas preguntas que hacerle.

El gran día llegó, y Alberts se retrasaba. Pasados diez minutos, entró en la sala una profesora del departamento de biología, que había sido el encargado de invitar a Alberts a dar su conferencia. “Perdonad el retraso, pero el Dr. Alberts tiene la agenda apretadísima. Llegará dentro de 5 minutos, pero de aquí a 45 minutos me lo tendré que volver a llevar a su siguiente cita”.

Pasaron los cinco minutos y se volvió a abrir la puerta. Entró Alberts, un hombre de casi 70 años con pinta de estar completamente agotado con tanto trajín. El director de mi programa se le presentó, y Alberts, de acorde con su interés por la educación, le pidió que le explicara algo sobre el postgrado.

“Todos nuestros estudiantes vienen de carreras de ciencia, algunos tienen incluso doctorados,” explicó mi director, actuando como un padre orgulloso. “De nuestro programa han salido cinco de los periodistas que Science tiene en su sección de noticias, además de un editor”.

Alberts pidió disculpas por no conocer a estos seis reporteros, pero explicó que hacía sólo dos meses que había tomado posesión de su cargo y apenas había empezado a memorizar algunos de los nombres de los 200 empleados de la revista. A continuación, explicó que su principal objetivo como nuevo editor jefe de Science es que su revista sirva de baremo para mantener los estándares científicos bien altos.

“Cometemos algunos errores al rechazar artículos muy buenos, pero es comprensible, porque recibimos unos 12.000 artículos cada año y sólo podemos publicar el 5% de ellos. Decidir qué artículos se publican y cuáles no es muy difícil, no te deja dormir de noche porque sabes que estás jugando con la carrera de alguien”, explicó Alberts. “Pero en donde no podemos cometer ni un error es en publicar artículos que al final resulten ser un fraude, como en el caso de aquel científico coreano [Hwang Woo-Suk]”

El nuevo editor jefe de Science también manifestó que quería internacionalizar más la revista, cambiar el sistema de citaciones al final de los artículos científicos y promover que los científicos puedan colgar en sus webs personales presentaciones sobre sus proyectos a disposición de todo el mundo, sin que esto reduzca sus probabilidades de publicar en Science.

Como fan de la ciencia, los primeros objetivos que mencionó Alberts me parecieron correctos y razonables. Pero como periodista científica, fue su última afirmación la que más me interesó. Science tiene unas normas de embargo que son de las más duras de todas las de las revistas científicas. En ellas, se especifica que aquellos científicos que quieran publicar sus resultados en Science deberán evitar a toda costa comentarlos con periodistas antes de que aparezcan en la revista, bajo pena de que se les retire el artículo. Y por supuesto, a los periodistas, siempre a la búsqueda de exclusivas, estas reglas coercitivas no nos hacen gracia ninguna.

“Perdone, Dr. Alberts, ¿está usted diciendo que quiere suavizar la política de embargo de Science?”, le pregunté.

“No, el embargo seguirá tal cual”, contestó Alberts, confuso.

“Pero si los científicos cuelgan presentaciones sobre sus proyectos online, lo normal será que algún periodista las vea y, si encuentra la información interesante, les llame para entrevistarles, ¿no cree? Y entonces los científicos no sabrán si Science les permite hablar con la prensa o no”, insistió una de mis compañeras de clase.

“Eso no es posible. ¿Cómo podría el periodista saber si los resultados de este científico son buenos o no, sin que hayan pasado la revisión por pares y sido publicados?”, preguntó a su vez un Alberts cada vez más perplejo.

“Bueno, si se trata de un periodista especializado en ese campo científico en concreto, sabrá si se trata de un resultado nuevo o no. Y entonces la técnica habitual es pedirle la opinión a otro investigador que trabaje en el mismo campo, para ver si cree que estos resultados valen la pena o no”, explicó pacientemente mi compañera.

“Ah… interesante, muy interesante. No sabía que existían periodistas tan sofisticados”, dijo Alberts, sin cara de estar demasiado convencido.

Miré al director de mi programa (quien, aunque no se lo hubiera comentado a Alberts en su presentación, también trabaja ocasionalmente de corresponsal para Science) y vi incredulidad y un atisbo de pánico en sus ojos. El nuevo editor jefe de Science es un brillante científico que no tiene ni idea de cómo trabajan los buenos periodistas científicos. Lo cual no importaría tanto si sólo estuviera al cargo de la sección de artículos científicos, pero resulta que también es el jefe del centenar de excelentes periodistas que trabajan en la sección de noticias de la revista.

No dudo que, cuando lleve algunos meses en su cargo, Alberts estará familiarizado con el mundo del periodismo científico. Tal vez incluso nos admire un poco más. Pero aquel día, en aquella habitación de la facultad de biología de mi universidad, me dolió ver que un hombre tan a favor de la educación científica desconozca totalmente como trabajamos los periodistas, que al fin y al cabo también nos encargamos de educar a la sociedad en los avances científicos.

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