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jueves, 08 de mayo de 2008

Parece ser que la extinción de multitud de especies animales es un hecho que a estas alturas es difícil de evitar. Ni la "generosidad" de la que alardea la raza humana ha conseguido reducir los números que corroboran este hecho. En septiembre de 2007, La Unión Mundial para la Conservación (UICN) elaboró por primera vez una "Lista Roja" de animales en peligro de extinción: nada más y nada menos que 41.415 especies amenazadas, 16.306 de la cuales en vías de extinción. Además, y según la UICN, el ritmo de pérdida de la biodiversidad está aumentando a pasos agigantados. En resumen, una de cada tres especies corre el peligro de desaparecer.


Núria Llavina Rubio


Pero al mismo paso firme que van desapareciendo especies aparece una nueva conciencia humana que, por fin, parece tener en cuenta la preservación de las mismas. El punto débil de esta nueva conciencia, sin embargo, es que nace del fruto del propio egoísmo humano, del anhelo de salvaguardar la salud y el bienestar de las personas. Ni la belleza de los animales ni su propio derecho a la existencia por el hecho de existir nos ha hecho pensar en ellos hasta que no le hemos visto una utilidad clara a su conservación: los fármacos naturales para vivir mejor nosotros mismos.

Sustancias analgésicas, antibióticas o antifúngicas son extraídas de animales y plantas que en estos momentos se encuentran en peligro de extinción y que provienen principalmente de zonas exóticas. La extinción de gran parte de la biodiversidad lleva consigo, por tanto, la extinción de posibilidades farmacológicas con procesos de producción más baratos y un menor impacto medioambiental (se pueden sustituir los procesos de síntesis química, altamente contaminantes).

Imperio humano

El ser humano siempre se ha medio considerado medio fuera del mundo natural en el que vive. Quizás por este motivo no nos damos cuenta de las cosas hasta que no podemos remediar el fracaso. Y andamos ciegos no sólo ante los cambios, sino ante un posible fin del cual estamos convencidos nunca llegará nuestro turno. Y no sólo hemos vivido fuera de esta parte natural que en el fondo somos nosotros mismos, sino que hemos sido capaces de modificar sus características físicas, químicas, biológicas. Ahora, en nuestra propia incesante búsqueda de bienestar, es cuando vemos que nuestra salud depende de la salud y el buen funcionamiento del ambiente natural.

Es una excusa perfecta para preservar la biodiversidad. Una lástima, pero es un recurso ideal para futuros reclamos solidarios: "salva a los animales, salva a tu salud". Se me ocurre otra: "extinción de los animales, extinción de los fármacos". Se trata de justificar la buena salud de los animales en peligro de extinción con soluciones a corto plazo: los animales serán una gran ayuda para el cáncer, para enfermedades degenerativas hasta ahora incurables y hasta para el SIDA.

Beneficios para todos

Un buen ejemplo de este reclamo para salvaguardar la biodiversidad que nos rodea es el libro "Sustaining Life: How Human Health Depends on Biodiversity", realizado en abril de 2008 por un centenar de expertos en el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas. En dicha publicación no tratan de plasmar las consecuencias económicas, sociales y éticas de la continua pérdida de seres vivos, sino que se centra en plasmar las potencialidades de la biodiversidad y de todo lo que los seres humanos perderíamos si se dilapidara parte de la misma. En resumen, muestra cómo las medicinas humanas, la investigación biomédica, los remedios para las enfermedades infecciosas o la producción alimentaria dependen de la riqueza de vida animal y vegetal tanto marina como terrestre.

La extinción total en 1981 de la rana acuática australiana "Rheobatrachus" es un ejemplo a escala pequeña de lo que podría ocurrir si se mantiene la destructora actitud humana. Con esta especie de rana se estaba estudiando la posibilidad de descubrir nuevos tratamientos para la úlcera gastroduodenal. Pero se extinguió la rana y con ella cualquier posibilidad de estudio, de ensayos clínicos, de industrias farmacéuticas interesadas, de patentes y, finalmente, de un nuevo medicamento a disposición de los clientes. El resultado final es mucho dinero en juego perdido y mucho bienestar humano desperdiciado. Esto sí que no conviene.

Uno de los autores del libro, el miembro de la UICN Jeffrey McNeely, afirma a propósito del libro: «si hacían falta más justificaciones para conservar las especies, aquí hay docenas de ejemplos dramáticos». No podría estar más de acuerdo con él.

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jueves, 17 de abril de 2008





En una excursión onírica al Parnaso, Calderón conoció al mismísimo Salvador Dalí, prendado por la finura del bozo que franqueaba su comisura labial. Los ojos, no obstante, le asustaron. Temió hallarse ante un inquisidor enmascarado de la contrarreforma escolástica y fingió ser un poeta druso: Noredlac Ordep.





JORDI MONTANER




En aquel sueño, Dalí explicó a Calderón que conocía precisamente a un neurólogo druso, Duerf Dnumgis, quien le contó en cierta ocasión que los elefantes duermen erguidos; “pero sólo sueñan cuando se tumban, bajo el efecto implacable de la fase REM y a riesgo de perder la vida en semejante desafío; aplastando su pesada cavidad torácica contra el suelo”.
Sabía Calderón que soñar es exponerse mucho, pero ignoraba que los animales pudieran soñar y dedujo que los sueños deben mayor rédito a la biología que a la mística o la brujería. Dedujo asimismo que la misteriosa presencia de un neurólogo druso en el Parnaso obedecía a proezas más altas que la medicina.

En su sueño, Calderón no cejó hasta dar con el mismísimo Duerf Dnumgis y descubrir que, en realidad, también se hizo pasar por druso por temor a que Dalí fuera un agente encubierto del Reichstadt nazi.

“Soñar, aun así, me sigue pareciendo un acto mágico”, le dijo. El neurólogo, bohemio de nacimiento y vienés de adopción, le explicó que era justamente lo contrario: “La magia está en los sueños, y éstos, en el cerebro”. Lo que percibimos, añadió, impacta en nosotros en un código subconsciente que pasa desapercibido al pensamiento y que, sin embargo, queda almacenado en la memoria del cerebro.
“¿Quiénes somos? Lo sabemos, pero somos incapaces de explicarlo conscientemente… Los sueños, con el asombro que nos produce, vislumbran zonas de nosotros mismos que ignoramos y a las que, sin embargo, nos debemos.”

Alabó Calderón el carácter chistoso de aquel barbudo galeno que, con cejo fruncido y un puro habano en la mano, escudriñaba las interioridades de lo existencial, armado con el frío escalpelo de una brillante retórica. Lo vital, repetía, tiene por caligrafía a los sueños, que a su vez determinan la personalidad del individuo. Duerf Dnumgis, por ejemplo, mantenía una obsesión concreta por la sexualidad, que concentraba en algo que denominaba “el complejo de castración”. Confesó a Calderón que dicha obsesión nació de su primera indagación como científico, queriendo desentrañar el misterio de la reproducción sexual en las anguilas e intentando vanamente demostrar la presencia de testículos en estos serpentinos peces.

En la segunda mitad del siglo XX, el neurólogo estadounidense Calvin S. Hall pasó 40 años de su vida coleccionando relatos de sueños de todo el mundo para descifrar la relación que guardan con la personalidad. Llegó a atesorar 50.000 sueños distintos y de inmediato identificó rasgos culturales muy concretos: la mitad de los norteamericanos, por ejemplo, experimenta pesadillas violentas con asiduidad, por sólo una tercera parte de los europeos.

Las ciencias de los sueños avanzan que es una barbaridad, y su estudio depara no pocas sorpresas y misterios. Para muestra, un botón: se sabe ya que todos los pájaros y mamíferos experimentan sueños durante la fase REM; todos a excepción del equidna, un marsupial australiano. La razón es que los lóbulos frontales de su cerebro ocupan demasiado espacio para permitir los sueños. Los neurólogos determinan que los sueños guardan una relación estrecha con la actividad del sistema límbico del hipocampo, que en el caso del equidna australiano se halla reducido hasta la mínima expresión.

El desarrollo de la personalidad en los niños, por otra parte, tiene un punto de inflexión a los tres años de vida, que algunos califican como un “segundo nacimiento”… A esa edad, los niños empiezan a cobrar conciencia de sí mismos en los sueños que sueñan.
En la antigua China predominaba la creencia de que los sueños le abandonaban a uno mientras duerme para regresar plácidamente al fin de la dormición. Pero si ésta se ve inoportunamente interrumpida (como ocurre en tantos dormitorios equipados con despertador), el sueño se pierde para siempre, sin conciencia de haber soñado.

Todavía en el Parnaso, Calderón aprendió que no pocas páginas célebres de la literatura universal partieron en realidad de un sueño o pesadilla: Frankenstein, de Mary Shelley, o Dr. Jekyll And Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Pero el caso más asombroso es el de Xanadu, del poeta Samuel Taylor Coleridge, quien admitió que se trata de un poema incompleto porque una llamada a la puerta de su casa interrumpió el sueño que le poseía mientras dormía con la cabeza abrazada sobre la mesa en su escritorio.

Cansado de tanta onírica deambulación, Calderón se disponía a abandonar el Parnaso de regreso a su Salamanca cuando volvió a toparse con Salvador Dalí, sacando punta a sus bigotes mientras concentraba toda su atención en una colección de extraños dibujos, encargo de Alfred Hitchcock para la película Spellbound. “Los sueños son poderosos”, sentenció el magnífico pintor. Con un disimulado bostezo, Calderón prometió a Dalí reflexionar sobre la naturaleza de los sueños “y, quien sabe, tal vez idear un auto”… No se refería a un coche, sino a una obra de teatro, por más que el diseño de algunos automóviles parezca más cerca de los sueños que muchos guiones teatrales.   

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jueves, 10 de abril de 2008

Es obvio que hombres y mujeres son diferentes. Diferencias genéticas, fisiológicas, neurológicas, de comportamiento, sensoriales… y ahora también de gustos alimentarios. Ellos prefieren comer carne, y ellas, frutas y verduras. La alimentación se convierte en una nueva cuestión de sexos.



Marta Chavarrías




Lo dice una encuesta de la red estadounidense de vigilancia de enfermedades relacionadas con los alimentos (FoodNet). Un total de 14.000 adultos han participado, desde mayo de 2006 a abril de 2007, a un extenso examen sobre sus hábitos alimentarios. De acuerdo con los resultados, si los hombres tuvieran que hacer la compra, las despensas estarían llenas de pizzas y carne, especialmente ternera y jamón. Si la hicieran las mujeres, la nevera rebosaría de yogures, frutas y vegetales, sobre todo zanahorias, tomates, fresas, manzanas y también frutos secos como almendras y nueces. Aunque ellos también guardan un pequeño espacio para lo verde (espárragos y coles de Bruselas), y ellas para la carne, aunque sólo sean hamburguesas.

Cultura gastronómica

La diferencia también es patente ante la elección de seis alimentos con riesgo de producir alguna infección. Si los hombres tuvieran que elegir entre consumir hamburguesa poco cocida, huevos crudos, ostras crudas, leche sin pasteurizar, queso procedente también de leche sin pasteurizar y alfalfa, preferirían las hamburguesas y los huevos. Ellas, en cambio, se arriesgarían con los brotes de alfalfa. ¿Qué explica, científicamente, estas diferencias? Los responsables no atinan en ninguna, aún.

Sí confían en que “el mayor estudio realizado sobre las diferencias de hábitos alimentarios entre hombres y mujeres” ayude a entender mejor las diferencias de género en cuanto a hábitos alimentarios y, en consecuencia, puedan crearse estrategias de prevención en salud pública. Una de las primeras claves de estas diferencias podría estar, según los expertos, en la biología, aunque ello no excluye que puedan jugar un papel importante las influencias culturales.
La idea que se desprende de estudios como el que han presentado los expertos estadounidenses es que, a pesar de que las personas podemos comer de todo, no lo hacemos. Elegimos lo que comemos, y lo hacemos en función de criterios que pueden ir ligados a valores simbólicos de los mismos alimentos. Uno de ellos bien podría ser la cultura, y la manera cómo influye en la organización de los gustos y los rechazos culinarios.

En consonancia con los resultados obtenidos de la encuesta estadounidense, un informe presentado en 2006 por el Gabinete de Prospecciones Sociológicas de Presidencia del Gobierno Vasco demostraba que la preocupación por una alimentación sana y equilibrada era más bien una cuestión femenina (el 36% de las mujeres aseguraron comer más verduras y hortalizas que los hombres, con un 24%), mientras que ellos aseguraron ser más carnívoros.
Otra encuesta, realizada por el Wagner College de Staten Island, en Nueva York, con estudiantes universitarios, es el reflejo también de que hombres y mujeres "pretenden comer alimentos distintos". De nuevo los resultados les atribuyen a ellas una tendencia hacia una comida equilibrada, mientras que ellos dependen más de la carne, y menos de la verdura.

El gusto también influye

Las preferencias por unos alimentos u otros, además del factor biológico, pueden variar en función del gusto. No comeremos un alimento que no nos gusta. Considerado uno de los sentidos más personales, cuando hablamos de gusto hacemos referencia, sobre todo, al sabor, una interacción entre gusto y olfato. Y es que el olor está fuertemente implicado en la manera cómo percibimos las características de un alimento. Según las investigaciones realizadas hasta el momento, la lengua del ser humano está formada por 10.000 papilas gustativas, y cada una de ellas consta de un centenar de células capaces de identificar cualquier sabor (dulce, ácido, salado, amargo y umami).
¿Puede educarse, el gusto? Según una investigación realizada por expertos de la University of Walles, las preferencias hacia un alimento u otro depende de la experiencia vivida durante los primeros años de vida, concretamente de los 18 a los 24 meses de vida, según el estudio, publicado en el International Journal of Obesity. La educación nutricional constituye aquí un factor fundamental para establecer hábitos alimentarios correctos, especialmente a la hora de introducir alimentos nuevos. Y quién sabe si esta preparación por "lo bueno" se refleja en un futuro, y en qué medida puede ser también la responsable de las diferencias entre hombres y mujeres.

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viernes, 04 de abril de 2008

Uno de los puntos más fuertes del máster de periodismo científico que estoy cursando en la Universidad de California, Santa Cruz, son los invitados que mis profesores traen de vez en cuando a clase para que nos expliquen sus batallitas periodísticas. El más reciente de estos visitantes fue Ken Weiss, periodista medioambiental de Los Angeles Times, que en 2007 recibió, conjuntamente con sus colegas, la reportera Usha Lee McFarling y el fotógrafo Rick Loomis, un premio Pulitzer por su magnífica obra Altered Oceans (Océanos alterados).

María José Viñas

Altered Oceans es una serie de cinco reportajes sobre el deprimente estado actual de océanos y mares en todo el mundo, que fueron publicados entre el 30 de julio y el 3 de agosto de 2006. Los artículos acapararon cinco portadas consecutivas del Los Angeles Times, el quinto diario más vendido en Estados Unidos. Esto constituyó un raro privilegio para una serie de historias medioambientales que no iban estrictamente ligadas a noticias de rabiosa actualidad, sino que se dedicaban a hacer un repaso exhaustivo del impacto que hemos tenido los seres humanos en el océano y sus habitantes. Pero el emplazamiento de las cinco historias en portada tuvo poco que ver con la simple buena suerte. “Me pasé mucho tiempo diseñado estrategias para captar la atención de los editores de portada,” nos explicó Weiss. “No fue fácil: no contaba ni con huracanes, ni con masacres…”

Efectivamente, la historia que Weiss quería explicar no disponía de dramas de los de “sangre y vísceras”, ni había ningún famosillo implicado. Así que cualquiera que conozca un poco cómo funciona el mundo del periodismo podrá imaginarse cuál fue la primera reacción de los editores de Weiss cuando éste les propuso dedicarse varios meses a investigar cómo las floraciones descontroladas de algas tóxicas están masacrando las poblaciones de mamíferos marinos y provocando graves problemas de salud entre pescadores y habitantes de áreas costeras.  “«Ken quiere escribir sobre algas», decían mis editores, alucinados”, recuerda el flamante ganador del Pulitzer.

Pero Weiss no se dio por vencido. Al fin y al cabo, se había pasado casi un año planeando el tipo de historia que quería contar. Así que dedicó un par de semanas más a escribir un memorándum sobre su propuesta, documento que circuló entre los diversos editores de Los Angeles Times durante dos meses, hasta que uno de ellos decidió arriesgarse y apostar por el proyecto. Una vez tuvo el visto bueno de los editores, Weiss trabajó durante un año en su serie, al mismo tiempo que seguía dedicándose a cubrir diariamente la actualidad medioambiental.

Weiss y su fotógrafo viajaron a una zona de Australia donde un brote de algas tóxicas estaba provocando úlceras dolorosísimas entre los pescadores locales. El equipo de Los Angeles Times visitó una remota isla en medio del Océano Pacífico donde las corrientes marítimas depositan a diario toneladas de plástico, basura que los albatros recogen para alimentar a sus polluelos, que acaban muriendo cuando el plástico colapsa su aparato digestivo. Weiss escribió sobre centros de recuperación de mamíferos marinos en California, que acogen a centenares de focas y leones marinos con enfermedades nerviosas provocadas por brotes de algas tóxicas que contaminan los moluscos y peces de los que los mamíferos se alimentan. En la serie, Weiss conecta todas estas historias aisladas hasta bosquejar una imagen global de los océanos desoladora.

El impacto de Altered Oceans fue inmediato, y empezó con una riada de comentarios y cartas de lectores conmovidos. “He conocido al enemigo y reconozco su cara. (…) Soy yo, mi familia, mis amigos y todos aquellos a los que conozco,” escribía un lector en la web de Los Angeles Times. Poco después, un grupo medioambiental se comprometió a hacer llegar una copia de los reportajes a todos y cada uno de los miembros del congreso de Estados Unidos.

La primera parte de Altered Oceans menciona una cita del poeta Lord Byron: “El hombre arruina la tierra, pero su poder se acaba en la orilla del océano”. Un periodista cabezota logró hace dos años que muchísima gente en Estados Unidos se diera cuenta de que Byron era un optimista; el poder destructor de los humanos está también causando estragos en los mares.

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jueves, 27 de marzo de 2008

Lectura en diagonal de una información. Titular: «las vacas contaminan más que los coches». El título de uno de los destacados: «flatulencias contaminantes». A leer. En resumen, leo que cada día somos más ricos y que, por tanto, comemos cada vez más carne, lo que supone más recursos para mantener a los animales, lo que supone un mayor impacto ambiental.



Núria Llavina Rubio




Bueno, por lo visto no se puede dejar nada de lado ni uno se puede dormir en los laureles. Los países que han firmado el protocolo de Kyoto se han centrado demasiado en el sector energético y se han olvidado del resto. Sí, se han olvidado de las ventosidades vacunas. El caso es que, al menos en España, la emisión de gases del efecto invernadero por el sector de la agricultura y la ganadería asciende ya al 11%. Quien iba a decir que la naturaleza podría resultar dañina a sí misma. Será que ahora la culpa la tienen las vacas.

Osvaldo Sala, biólogo asesor de ecología de las Naciones Unidas, presentó recientemente en Madrid un estudio sobre la pérdida de biodiversidad que sufrirá la Tierra durante el siglo XXI. En el informe destacó que el cambio en el uso del suelo es la amenaza más grave para la biodiversidad en la Tierra, lo que puede llegar a causar extinciones masivas de fauna y flora en los próximos cien años. Sala afirma, de hecho, que «un 25% de las especies de plantas del Mediterráneo se extinguirán en el año 2050». Y uno de los principales motivos de esta pérdida es la actividad ganadera.

«La producción intensiva de carne contamina aguas, genera residuos químicos, gases peligrosos procedentes del estiércol (óxido nitroso) y del sistema digestivo (metano), además de amoniaco que contribuye a la lluvia ácida», enumeró Sala, que aprovechó para exigir a los países industrializados formas de producción más sostenibles. Además, según la FAO, producir un kilo fresco de ternera no sólo requiere un consumo de agua quince veces superior al de los vegetales, sino que además contamina 12 kilos de dióxido de carbono, cifra equivalente a viajar en un coche durante 200 kilómetros. A todo esto cabe sumar otros impactos de la explotación ganadera: excrementos líquidos y sólidos, transporte para trasladar los animales o la acumulación de pesticidas y fertilizantes.

Flatulencias contaminantes

La propia naturaleza es emisora de metano. Las vacas lo producen cuando digieren sus alimentos, ya que no poseen oxígeno en sus estómagos a diferencia del ser humano. El gran problema llega con las bacterias, que transforman químicamente la materia (al igual que con el ser humano), pero produciendo metano. Y ojo, que no sólo son las vacas las principales emisoras de este gas; lo mismo les ocurre a las ovejas y a las termitas. Estas últimas liberan el gas cuando digieren la madera que comen. Y es a través de los excrementos, las ventosidades y los eructos que estos animales liberan el gas.

El caso es que se habla de gas metano (23 veces más peligroso que el CO2) como gas contaminante. Y lo curioso es que no es un compuesto malo en sí mismo, pero el hombre lo ha producido en tanta cantidad que empieza a serlo de verdad, al igual que pasa con el dióxido de carbono. O sea, que lo natural y lo que echaban las vacas al aire era lo adecuado, pero ahora parece que la emisión "artificial" de metano queda en un segundo plano (arrozales, vertederos de residuos, filtraciones de oleoductos de gas natural, pérdidas tanto en la producción como en el transporte de gas natural, prácticas que involucran la quema de biomasa, humedales o minas de carbón). No olvidemos, asimismo, que es el propio ser humano quien favorece las explotaciones intensivas de ganado y, por tanto, una mayor emisión de gas metano por parte del mismo. ¿O será que son las vacas quienes piden ser más comidas que antes?

Sociedad del bienestar

Fueron los neozelandeses quienes, por primera vez, encendieron las alarmas sobre el impacto ambiental que genera la ganadería. Las más de 50 millones de reses que habitan en el país generan el 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero, cifra que no les permite cumplir los objetivos establecidos en Kyoto. En Nueva Zelanda (país con conciencia ecológica declarado libre de centrales nucleares y que prohíbe mover las conchas de sus playas), con 4 millones de personas, cada vaca emite 90 kilos de metano al año, lo que supone la misma polución que se genera al quemar 120 litros de gasolina.

El año 2003 el país neozelandés se puso las pilas y creó la denominada 'Flatulence Tax' para compensar las emisiones de metano. Ya es algo, aunque no entiendo cómo se puede crear un impuesto sin ofrecer alternativas y soluciones que puedan aplicar los ganaderos. Me da la sensación que se trata de no recortar los placeres que otorga un trozo de carne en esta sociedad del bienestar recortando el placer natural de una flatulencia vacuna. En fin, que se trata de potenciar aún más la emisión de metano artificial por encima de la natural. Además, ¿cómo concienciar a las vacas que la alimentación que llevan "no es la adecuada"? Y es que la paradoja del caso neozelandés es que la contaminación asociada al metano se ha relacionado con la alimentación más sana y tradicional que llevan a cabo las reses del país en comparación con el resto de Europa, donde predomina el pienso compuesto.

En medio del debate sobre la naturaleza dañina a sí misma, otros países siguen insistiendo en asegurar las reservas de combustible que quedan en la Tierra para asegurarse el poder energético tan anhelado en el futuro. Los rusos ya lo están haciendo, enclavando su bandera en el fondo del Ártico para adjudicarse la zona y explotarla cuando se necesiten encontrar nuevas reservas energéticas (allá se encuentran el 25% de las reservas que quedan por descubrir). Unos luchan por el poder de la energía cuando ésta se acabe. Por lo visto, las vacas tendrán que luchar para poder hacer la digestión como Dios manda.

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