Enviado el martes, 07 de abril de 2009 8:51
Seguro que muchos de los que se
acerquen a este post han podido escuchar alguna vez ese discurso tan
progresista que nos dice eso de que para salir del círculo de la pobreza la
clave es fomentar la escolarización. Hacer que los niños pobres asistan
puntualmente a sus clases de matemáticas, lengua, ciencias naturales, gimnasia
y demás historias, según esta teoría, es el paso necesario para alcanzar el
conocimiento necesario que lleva al desarrollo y la felicidad consecuente. De
hecho, negar hoy que la escuela es el camino para salir de la pobreza y la
infelicidad es poco menos que ir contra de la ley de la gravedad. (Sirva esta nueva entrada para dar continuidad al debate abierto hace unos días en el Blog...)
Lo curioso del caso es que si preguntáramos a la gente que vive en los países “desarrollados y escolarizados” sería sencillo ver el modo en que, por lo general, la escolarización obligatoria poco tiene que ver con el conocimiento y el desarrollo con la felicidad. No hay que estar muy puestos en el tema para constatar que el conocimiento, o incluso la sabiduría, apenas tiene cabida en los recintos escolares donde se fomenta la ignorancia y que el hecho de vivir en una sociedad "desarrollada" no nos quita de tener que trabajar como esclavos para conseguir un sueldo precario que apenas nos llegue para pagar hipotecas y deudas.
Ahora bien: ¿Por qué entonces se muestra como evidente esta relación entre escuela y desarrollo cuando en realidad hay pocas pruebas que lo demuestren?
Posiblemente para responder a esta pregunta es preciso apuntar a una fecha concreta: el 20 de enero de 1949. Día en el que el presidente Truman volvía a tomar posesión del cargo de presidente de EEUU tras su reelección. En su discurso el presidente hizo un balance exitoso del impacto económico, político, social y cultural que el Plan Marshall estaba teniendo en la Europa devastada. En este análisis los países que ya estaban implementando ecuaciones industriales occidentales para salir de la destrucción y del retraso eran considerados como países desarrollados. Quienes aún lo estaban intentando quedaban clasificados como “en vías de desarrollo” y aquellos que estaban lejos de alcanzar este objetivo, para Truman, eran países “subdesarrollados”. Quedaban definidos, en consecuencia, un primer, un segundo, y un tercer mundo, y el Presidente de la nación más “desarrollada” del planeta se comprometía a ayudar a esto últimos para salir del subdesarrollo.
En consecuencia, el camino hacia el desarrollo quedó vinculado no sólo con un modelo económico a seguir, el capitalista, sino también con un conglomerado de instituciones encargadas de canalizar el conjunto de servicios demandados por la población. Cada institución respondía a una necesidad, y la igualdad de oportunidades, tan propia del sueño americano, encontraba en la escuela la institución translucida donde volcar los más altos deseos e ideales -Hoy es la UNESCO la que reafirma esta labor, ver Informe Delors de 1996: La educación encierra un tesoro-. Según esta teoría, aún imperante, cualquiera puede llegar a cualquier lugar del espectro social si se esfuerza en el cole, mientras que en la práctica todo el mundo sabe que lo que cuenta es tener una buena familia que te financie los estudios (¿Plan Bolonia?) o un buen contacto que te consiga un trabajo digno.

Ivan Illich en los años sesenta, en uno de sus panfletos titulado La alianza para el progreso de la pobreza (En Ivan Illich Obras Reunidas Vol. I, Fondo de Cultura Económica, p. 61 y 62), que en su día fue escrito para responder al plan desarrollista La Alianza para el Progreso lanzado por Kennedy en 1960 para América Latina, ponía un ejemplo que hoy puede ser igualmente útil para responder a quienes nos intentan seguir convenciendo de que el camino del desarrollo pasa por la escuela (especialmente ONGs, Fundaciones internacionales, y organismos internacionales como la UNESCO ):
El hombre que siente indignación al ver una planta de Coca Cola en una favela, un ranchito o una callampa, es a menudo el mismo que se siente orgulloso al ver una escuela que crece en el mismo lugar. Resiente la evidencia de que hay una patente extranjera vinculada con el refresco; le gustaría ver algo como Coca-Mex o Coca-Perú. Y a la vez ese es el mismo hombre que trata de imponer a toda costa la escolarización de sus compatriotas, sin darse cuenta de la patente invisible que ata profundamente esta otra institución al mercado mundial. (…)
El fraude perpetrado por los vendedores de escuelas es mucho menos obvio, pero mucho más fundamental que el arte del satisfecho representante de la Ford o de la Coca-Cola, puesto que el partidario de la escuela consigue hacer morder a la gente el anzuelo de una droga mucho más eficaz.