Ayer a la noche, en el segundo
canal de la televisión pública, se emitió el documental dirigido por Manuel
Campo Vidal titulado: “Salvados por la escuela”. En este trabajo se hacía un
repaso de las supuestas bondades que para los niños trabajadores de tres países
de América Latina: Guatemala, Ecuador y Argentina, tenía la asistencia a la
escuela. Al telespectador, durante casi una hora, se le insistía hasta la
saciedad sobre el estúpido vínculo entre la escuela obligatoria, el desarrollo
social y el progreso de los países empobrecidos.
No entiendo por qué nos siguen
intentando convencer con ese absurdo argumento de que los pobres son pobres
porque son tontos y los ricos son ricos y desarrollados porque son listos. No
entiendo por qué la escuela debe ser el lugar donde hay que volcar nuestras
esperanzas, o lo que es peor, las esperanzas de los demás; cuando la realidad
demuestra que nunca en el mundo hubo más alumnos obligados a asistir a las escuelas
y nunca hubo tantas desigualdades, muerte, destrucción, hambre e ignorancia.
Pero conviene conocer algunos
datos más sobre el mentado documental, pues resulta que más que un documental
era un espacio de publicidad gratuito ofrecido a Telefónica por una cadena
pública. Supongo que muchos de los que vieron por televisión las imágenes
pudieron ver que en las aulas aparecían carteles de la Fundación Telefónica o
que incluso algunos niños (de forma poco espontánea, por cierto) alzaban
carteles dando las gracias a la compañía de teléfonos.
Desde hace unos cuantos años
Telefónica se ha dedicado a comprar las compañías de teléfonos de la práctica
totalidad de los países de América Latina. Especialmente en países como los
protagonistas del documental: Argentina, Guatemala o Ecuador. Y el monopolio
que ha alcanzado la compañía de teléfonos española es bastante evidente;
cualquier que viaje por esta región lo puede corroborar sin problema. Ahora,
como toda multinacional que se precie, la compañía pretende limpiar su imagen a
base campañas de fomento de la escolarización y para tal fin resulta que cuenta
con la ayuda de la televisión pública española, circunstancia que es cuanto
menos preocupante. Parece ser que ya no sólo pagamos los desmanes de los señores
del capital inyectando liquidez en sus arcas con dinero público, sino que
también les tenemos que ofrecer espacios públicos y gratuitos para que expongan
una publicidad cínica y engañosa.

Pero quizá lo más llamativo del
caso esté más en el hecho de que apenas nos alarmamos ante documentos de este
tipo que con tanta frecuencia exhiben los medios de comunicación. Nos cansamos
de escuchar a ONGs, Fundaciones y organismos internacionales (la UNESCO sobre
todo) hablar sobre la necesidad de crear más y más escuelas para que los
pobres-tontos sean ricos-listos. No existe una mínima autocrítica en relación a
la destrucción cultural que históricamente ha correspondido a las instituciones
educativas en regiones como América Latina y eso es, sin duda, sólo una muestra
más de la propia ignorancia desarrollada.
Hace unos meses escuche en el
Festival de la Digna Rabia celebrado en México, un relato del Subcomandante
Marcos que ilustra muy bien esta cuestión. Reproduzco un fragmento a
continuación:
Al encontrarse el mundo ladino o mestizo con
el indígena dentro del territorio de este último, aparece en el primero lo que
los zapatistas llamamos “el síndrome del evangelizador”. No sé si es herencia
de los primeros conquistadores y misioneros españoles pero, espontáneamente, el
mestizo o ladino tiende a tomar la posición del que enseña y ayuda. Por alguna
extraña lógica que no entendemos, se asume como evidente que la cultura ladina
o mestiza es superior, en extensión y profundidad de saberes y conocimientos, a
la indígena. Si, en cambio, este contacto entre culturas se da en territorio
urbano, el ladino o mestizo asume una posición o defensiva y desconfiada, o de
desprecio y asco frente al indígena. Lo indígena es lo retrasado o lo
curiosito.
Por el
contrario, cuando el indígena topa o se encuentra con una cultura diferente
fuera de su territorio, tiende espontáneamente a tratar de entenderla y no
pretende establecer una relación de dominante/dominado. Y cuando es dentro de
su territorio el indígena asume una posición de curiosa desconfianza y una
celosa defensa de su independencia.
“Vengo a
ver en qué puedo ayudar”, suele decir el mestizo al llegar a una comunidad
indígena. Y puede ser una sorpresa para él que, en lugar de ponerlo a enseñar o
a dirigir o a mandar, lo pongan a ir por la leña, o a cargar agua o a limpiar
potrero. O no será muy raro que le respondan “¿Y quién te dijo que necesitamos
que nos ayudes?”
Puede ser que haya casos, pero
hasta ahora no sabemos si alguien ha ido a una comunidad indígena y ha dicho
“vengo a que me ayuden”. (…)
Hay una
anécdota que me contaron los compañeros comandantes de la zona tojolabal, o
zona “selva fronteriza”:
Resulta
que, entre todas las personas que de buena voluntad llegan a las comunidades
zapatistas a ayudar, llegó una vez un ingeniero agrónomo a dar curso para
mejorar las plantaciones de café. Después de su plática, el ingeniero se
trasladó junto con los compas a un cafetal para demostrarles cómo debía hacer
un corte en la mata. El ingeniero pidió que le dieran espacio, ahora sí que
“atrás de la raya que voy a trabajar”, sacó todo su equipo científico y empezó
a sacar medidas para determinar el ángulo exacto de corte de la rama. Después
de muchos y complicados cálculos, determinado el ángulo de corte, el ingeniero
sacó una sierrita bien bonitilla y empezó a aserrar con mucho cuidado. Tardó,
me cuentan, y, contradiciendo la supuestamente ancestral paciencia indígena,
los compas lo hicieron a un lado y le preguntaron: “A ver, ¿ónde mero quiere el
corte usté?”. “Ahí”, respondió el flamante ingeniero agrónomo, y señaló con su
dedo el lugar. El compa desenvainó su machete Acapulco Collins de doble hoja y
¡zas!, le hizo un corte impecable a la rama. “A ver, ahora mídale usté”, pidió
casi ordenó el compa. El ingeniero agrónomo, con una especialidad en la
universidad, sacó su aparato para medir ángulos. Midió una y otra vez, y en
cada vuelta nomás se rascaba la cabeza. “¿Qué pues?”, le preguntaron. “Pues
sí”, respondió apenado: “es exactamente el corte que se necesitaba, en el lugar
que se necesitaba y en el ángulo que se necesitaba” “Y anda vete, sup, ahí
nomás el ingeniero empezó a preguntarnos más y más cosas y nomás apuntaba y
apuntaba y llenó no sé cuántas hojas de un su cuaderno que traía”.