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miércoles, 25 de marzo de 2009

Ayer a la noche, en el segundo canal de la televisión pública, se emitió el documental dirigido por Manuel Campo Vidal titulado: “Salvados por la escuela”. En este trabajo se hacía un repaso de las supuestas bondades que para los niños trabajadores de tres países de América Latina: Guatemala, Ecuador y Argentina, tenía la asistencia a la escuela. Al telespectador, durante casi una hora, se le insistía hasta la saciedad sobre el estúpido vínculo entre la escuela obligatoria, el desarrollo social y el progreso de los países empobrecidos.


No entiendo por qué nos siguen intentando convencer con ese absurdo argumento de que los pobres son pobres porque son tontos y los ricos son ricos y desarrollados porque son listos. No entiendo por qué la escuela debe ser el lugar donde hay que volcar nuestras esperanzas, o lo que es peor, las esperanzas de los demás; cuando la realidad demuestra que nunca en el mundo hubo más alumnos obligados a asistir a las escuelas y nunca hubo tantas desigualdades, muerte, destrucción, hambre e ignorancia.

Pero conviene conocer algunos datos más sobre el mentado documental, pues resulta que más que un documental era un espacio de publicidad gratuito ofrecido a Telefónica por una cadena pública. Supongo que muchos de los que vieron por televisión las imágenes pudieron ver que en las aulas aparecían carteles de la Fundación Telefónica o que incluso algunos niños (de forma poco espontánea, por cierto) alzaban carteles dando las gracias a la compañía de teléfonos.

Desde hace unos cuantos años Telefónica se ha dedicado a comprar las compañías de teléfonos de la práctica totalidad de los países de América Latina. Especialmente en países como los protagonistas del documental: Argentina, Guatemala o Ecuador. Y el monopolio que ha alcanzado la compañía de teléfonos española es bastante evidente; cualquier que viaje por esta región lo puede corroborar sin problema. Ahora, como toda multinacional que se precie, la compañía pretende limpiar su imagen a base campañas de fomento de la escolarización y para tal fin resulta que cuenta con la ayuda de la televisión pública española, circunstancia que es cuanto menos preocupante. Parece ser que ya no sólo pagamos los desmanes de los señores del capital inyectando liquidez en sus arcas con dinero público, sino que también les tenemos que ofrecer espacios públicos y gratuitos para que expongan una publicidad cínica y engañosa.

  

Pero quizá lo más llamativo del caso esté más en el hecho de que apenas nos alarmamos ante documentos de este tipo que con tanta frecuencia exhiben los medios de comunicación. Nos cansamos de escuchar a ONGs, Fundaciones y organismos internacionales (la UNESCO sobre todo) hablar sobre la necesidad de crear más y más escuelas para que los pobres-tontos sean ricos-listos. No existe una mínima autocrítica en relación a la destrucción cultural que históricamente ha correspondido a las instituciones educativas en regiones como América Latina y eso es, sin duda, sólo una muestra más de la propia ignorancia desarrollada.

Hace unos meses escuche en el Festival de la Digna Rabia celebrado en México, un relato del Subcomandante Marcos que ilustra muy bien esta cuestión. Reproduzco un fragmento a continuación:

 Al encontrarse el mundo ladino o mestizo con el indígena dentro del territorio de este último, aparece en el primero lo que los zapatistas llamamos “el síndrome del evangelizador”. No sé si es herencia de los primeros conquistadores y misioneros españoles pero, espontáneamente, el mestizo o ladino tiende a tomar la posición del que enseña y ayuda. Por alguna extraña lógica que no entendemos, se asume como evidente que la cultura ladina o mestiza es superior, en extensión y profundidad de saberes y conocimientos, a la indígena. Si, en cambio, este contacto entre culturas se da en territorio urbano, el ladino o mestizo asume una posición o defensiva y desconfiada, o de desprecio y asco frente al indígena. Lo indígena es lo retrasado o lo curiosito.

Por el contrario, cuando el indígena topa o se encuentra con una cultura diferente fuera de su territorio, tiende espontáneamente a tratar de entenderla y no pretende establecer una relación de dominante/dominado. Y cuando es dentro de su territorio el indígena asume una posición de curiosa desconfianza y una celosa defensa de su independencia.

“Vengo a ver en qué puedo ayudar”, suele decir el mestizo al llegar a una comunidad indígena. Y puede ser una sorpresa para él que, en lugar de ponerlo a enseñar o a dirigir o a mandar, lo pongan a ir por la leña, o a cargar agua o a limpiar potrero. O no será muy raro que le respondan “¿Y quién te dijo que necesitamos que nos ayudes?”

 Puede ser que haya casos, pero hasta ahora no sabemos si alguien ha ido a una comunidad indígena y ha dicho “vengo a que me ayuden”. (…)

Hay una anécdota que me contaron los compañeros comandantes de la zona tojolabal, o zona “selva fronteriza”:

Resulta que, entre todas las personas que de buena voluntad llegan a las comunidades zapatistas a ayudar, llegó una vez un ingeniero agrónomo a dar curso para mejorar las plantaciones de café. Después de su plática, el ingeniero se trasladó junto con los compas a un cafetal para demostrarles cómo debía hacer un corte en la mata. El ingeniero pidió que le dieran espacio, ahora sí que “atrás de la raya que voy a trabajar”, sacó todo su equipo científico y empezó a sacar medidas para determinar el ángulo exacto de corte de la rama. Después de muchos y complicados cálculos, determinado el ángulo de corte, el ingeniero sacó una sierrita bien bonitilla y empezó a aserrar con mucho cuidado. Tardó, me cuentan, y, contradiciendo la supuestamente ancestral paciencia indígena, los compas lo hicieron a un lado y le preguntaron: “A ver, ¿ónde mero quiere el corte usté?”. “Ahí”, respondió el flamante ingeniero agrónomo, y señaló con su dedo el lugar. El compa desenvainó su machete Acapulco Collins de doble hoja y ¡zas!, le hizo un corte impecable a la rama. “A ver, ahora mídale usté”, pidió casi ordenó el compa. El ingeniero agrónomo, con una especialidad en la universidad, sacó su aparato para medir ángulos. Midió una y otra vez, y en cada vuelta nomás se rascaba la cabeza. “¿Qué pues?”, le preguntaron. “Pues sí”, respondió apenado: “es exactamente el corte que se necesitaba, en el lugar que se necesitaba y en el ángulo que se necesitaba” “Y anda vete, sup, ahí nomás el ingeniero empezó a preguntarnos más y más cosas y nomás apuntaba y apuntaba y llenó no sé cuántas hojas de un su cuaderno que traía”.

 

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