Como corriente de pensamiento el
situacionismo se ubica en la segunda mitad del siglo XX. Su planteamiento
central parte de la creación de situaciones, o lo que es lo mismo, la creación
de momentos colectivos que se escapan de la realidad construida por los poderes
fácticos y legitimada por los medios de comunicación. Como organización, La Internacional Situacionista se constituyó
en 28 de julio de 1957, y contaba con la participación de un grupo de jóvenes
intelectuales y artistas: Guy Debord, Asger Jorn, Constant Anton Nieuwenhuys, Raoul Vaneigem…
El situacionismo como corriente
filosófica está relacionada con la teoría sociológica del marxismo, aunque
tiene importantes deudas también con al anarquismo y los planteamiento políticos
libertarios. Rechaza, en consecuencia, la actitud pasiva e inconformista de la
realidad. El ser humano, como sujeto activo, es el encargado en última
instancia de construir situaciones que contribuyan al devenir de su existencia.
De cuantos han participado del
situacionismo, posiblemente Guy Debord sea el autor más conocido. Su libro La sociedad
del espectáculo (1967) planteaba sin miramientos el modo en que las relaciones
mercantiles sustituyen a las relaciones entre las personas en las
sociedades capitalistas de occidente, hasta el mundo de haber conseguido
invertir la sociedad al transformarla en un espectáculo.
La otra figura a destacar junto
con Debord quizá deba ser la de Raoul Vaneigem. Con un estilo más poético y
espiritual, se dice que muchas de las pintadas que aparecieron en las calles de
Paris en mayo del 68 son fruto de su inspiración. Lo interesante en el caso de
Vaniegem es que en 1995 escribió un curioso libro que bien puede considerare
el puente más sólido que une el situacionismo con el campo de la pedagogía. El título
de este trabajo ya es cuanto menos interesante: Aviso a escolares y estudiantes (2001, Editorial Debate)

(Raoul Vaneigem, 1934)
Selecciono a continuación algunas
citas que pueden ayudar a vislumbrar los planteamientos pedagógicos que se
encuentran en el trabajo de Vaneigem:
“Ningún niño traspasa el umbral
de una escuela sin exponerse al riesgo de perderse; quiero decir, de perder esa
vida exuberante, ávida de conocimiento y maravillas, que sería tan gozoso
potenciar en lugar de esterilizarla y desesperarla bajo el aburrido trabajo del
saber abstracto.” (p. 4)
“Verdaderamente, hay que cultivar
la estupidez con verborrea ministerial para no echar por tierra una enseñanza
que el pasado amasa aún con las innobles levaduras del despotismo, del trabajo
forzado, de la disciplina militar y de esa abstracción cuya etimología –abstraere, sacar fuera- manifiesta
suficientemente el exilio de sí, la separación de la vida.” (p. 6)
“No queremos una escuela en la
que se aprende a sobrevivir desaprendiendo a vivir.” (p. 11)
“No concibo otros proyecto
educativo que el de crearse en el amor y el conocimiento de lo vivo” (p. 14)
“¿Es seguro que la escuela, con
la cobardía del asentimiento general, no sigue siendo un lugar de
adiestramiento y de condicionamiento en el que la cultura es el pretexto y la
economía la realidad?” (p. 18)
“Lo que está en juego es una
reestructuración radical de la sociedad y de una enseñanza que aún no ha
descubierto que cada niño, que cada adolescente, posee en estado bruto la única
riqueza del hombre, su creatividad.” (p. 21)
“Si la enseñanza es recibida con
reticencias, o con repugnancia, es que el saber filtrado por los programas
escolares lleva la marca de una antigua herida: ha sido castrado de su
sensualidad original.
El conocimiento del mundo sin la
consciencia de los deseos de la vida es un conocimiento muerto. No tiene más
uso que al servicio de los mecanismos que transforman la sociedad según las
necesidades de la economía. Los alivios que procura al destino de los hombres,
sólo los entrega a regañadientes y con amenaza de rigor próximo que borrará sus
efectos.
Después de haber arrancado al
escolar de sus pulsiones de vida, el sistema educativo intenta cebarlo
artificialmente para llevarlo al mercado de trabajo, donde seguirá balbuceando
hasta la repugnancia del leitmotiv de su juventud: ¡Que gane el mejor!
¿Qué gane qué? ¿Más inteligencia
sensible, más afecto, más serenidad, más lucidez sobre sí y sobre las
circunstancias, más medios para actuar sobre su propia existencia, más
creatividad? No, más dinero y más poder, en un universo que ha consumido el
dinero y el poder de tanto ser consumido por ellos.” (p. 23)
“Las religiones necesitan la
miseria para perpetuarse, la mantienen para dar más brillo a sus actos de
caridad. ¿Actúa de otro modo el sistema educativo cuando dar por supuesta en el
alumno una debilidad constructiva, siempre expuesta al pecado de pereza y de
ignorancia, de la que sólo puede absolverlo la, por así decir, misión sagrada
del profesor? ¡Ya es tiempo de acabar con esas pamplinas del pasado!” (p. 26)
“Sujetar una mariposa con
alfileres no es la mejor forma de tener conocimiento con ella. Quienes
transforman lo vivo en cosa muerta, con el pretexto de que sea, demuestra sólo
que su saber no le ha servido siquiera para hacerse humano” (p. 27)
“No hay niños estúpidos; sólo hay
educadores imbéciles.” (p. 50)
“Eso de lo que os vais a apoderar
no será verdaderamente vuestro más que si lo mejoráis; en el sentido en que
vivir significa vivir mejor. Ocupad entonces los establecimientos escolares en
lugar de dejarlos apropiar por su ruina programada. Embellecedlos a vuestro
modo, porque la belleza incita a la creación y el amor, en lugar de que la
fealdad atraiga el odio y la aniquilación.” (p. 59)