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lunes, 19 de enero de 2009

En 1539, como se ha comentado en el capítulo anterior, Andrés de Olmos publicó el primero de sus trabajos que recogía la cultura de aquellos pueblos indígenas de México con los que tuvo contacto desde su llegada al nuevo continente en 1528. Para entonces este franciscano nacido en la villa burgalesa de Oña, según Jerónimo de Mendieta, era ya considerado “la mejor lengua mexicana que entonces había en esta tierra” (Sacado del Estudio Introductorio de Ascensión Hernández de León-Portilla y Miguel León-Portilla al Arte de la Lengua Mexicana de Andrés de Olmos, UNAM, 2002)

                                  
                       (Fray Andrés de Olmos 1485-1571)

Durante el tiempo que Olmos trabajó en el centro de estudios indígenas del Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en la Ciudad de México, dio por concluido otro trabajo de gran importancia. Se trataba de un estudio que recogía el fruto de sus investigaciones en torno a los testimonios de la antigua palabra indígena, también conocidos como huehuehtlahtolli. Los textos quedaron expresados en el “lenguaje noble” o tecpillahtolli; siendo esta la expresión del lenguaje náhuatl más rica en formas reverenciales y portador de la sabiduría moral de la cultura de los pueblos nahuas.

Una vez finalizó sus dos primeros trabajos en relación a la cultura de los pueblos indígenas nahuas, Olmos se dirigió a la región totonaca y se estableció en el pueblo de Hueytlalpan (actual estado de Puebla). En esas tierras continuó con su labor misionera y contribuyó a la construcción del convento de San Andrés, en honor de su santo patrono. Al tiempo, sus trabajos de investigación continuaron y el resultado de esta labor fue la conclusión en 1547 del libro titulado Arte de la lengua mexicana.

La importancia que este trabajo tiene en la historia de la gramatología moderna  debe ser tenida en cuenta. Baste mencionar que cuando Olmos concluye esta obra aún lenguas como el francés no poseían una gramática, o que en todo el territorio conquistado en Améria nadie había emprendido un estudio de estas características de una lengua indígena. Correspondió al náhuatl, de tal forma, ser el primer idioma hablado del Nuevo Mundo en tener un arte o gramática.

Luego Andrés de Olmos continuaría desarrollando nuevos trabajos, tal es el caso de un vocabulario del náhuatl y del Arte de la lengua totonaca, además de otro léxico de esta última (estos trabajos se perdieron). Junto con estos estudios el trabajo de Olmos en el monasterio de Hueytlalpan se completó con una obra titulada Siete sermones principales sobre los siete pecados mortales y Tratado de hechicerías y sortilegios, ambos escritos en náhuatl y conservados íntegros hasta nuestros días.

Su estancia en Hueytalpan duró quince años, ya que en 1554 Olmos cambió su residencia y se dirigió al la región huaxteca (actuales estados de Veracruz, Puebla, Hidalgo, Queretaro, San Luis Potosí y Tamaulipas). Estableció su residencia en Panuco y Tampico. Fue entonces cuando fray Bartolomé de Las Casas, al tanto de la nueva residencia de Olmos, intercedió ante el Consejo de Indias para que recibiera apoyo en la ampliación y consolidación de nuevos establecimientos misionales en la región. La intención era hacer contacto con otros grupos de misioneros que estaban instalados en la Florida, lo que ensancharía significativamente los límites de la Nueva España.


     
                             (Catedral de Tampico)

Pero el plan fracaso en parte. Olmos no contó con el apoyo necesario por parte de Carlos V, al tiempo que pueblos indígenas como los Chichimecas, que poblaban dicho territorio, resistieron con fuerza los nuevos planes de expansión. Si bien, durante este tiempo de negociaciones Olmos fundó en 1560, con autorización del Virrey Luis de Velazco, la villa de San Luis de Tampico (una de las principales ciudades del estado de Tamaulipas). Y también dio continuidad a sus trabajos de investigación y concluyó un Arte y un Vocabulario de la lengua huaxteca.

Ya el 8 de octubre de 1571, a la edad de 86 años, falleció Andrés de Olmos en su convento de Tampico. Su legado como gramatólogo es inmenso, y sus iniciativas para afrontar la aventura sin dilación todo un ejemplo para quienes se acercan al estudio de la biografía de este singular intelectual. Lo más triste quizá tenga que ver con el escaso reconocimiento de un personaje cuya biografía es un puente entre dos civilizaciones.

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