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sábado, 20 de diciembre de 2008

Después de disfrutar de dos libros excepcionales, Zapata y la Revolución Mexicana de John Womack (1969, Siglo XXI) y La Revolución interrumpida de Adolfo Gilly (1971, Ediciones “El Caballito”), me lancé a visitar alguno de los lugares legendarios del estado de Morelos que marcaron la vida de Emiliano Zapata y que fueron determinantes, a su vez, para el movimiento campesino que lideró desde septiembre de 1909 hasta su muerte en 1919. Cuatro localidades eran de mi interés: Cuautla, Anenecuilco, Chinameca y Tlaltizapán.

              
                (Emiliano Zapata, 1879-1919)


Cuautla.

En poco más de una hora y media en autobús se llega de México DF (Estación de Tasqueña) a Cuautla. Allí está enterrado Emiliano Zapata. Su tumba, frente a una pequeña iglesia cerca del parque central de la ciudad, queda a los pies de una enorme estatua que representa la figura de este icono de la Revolución campesina. También en Cuautla se puede visitar la estación de ferrocarril donde Zapata recibió a Madero en 1911. Aunque quizá lo más interesante que ofrece esta ciudad sea la oportunidad de imaginar los numerosos combates que se libraron en esta localidad entre 1910 y 1920. Los zapatistas, luego los federales al mando de Juvencio Robles y más tarde los carrancistas, arrasaron con la ciudad que al final de la Revolución quedó casi irreconocible como consecuencia de la destrucción sufrida.

Anenecuilco.

En apenas diez minutos desde Cuautla se llega en trasporte público al pueblo donde nació Zapata en 1879. También allí una estatua donada a Anenecuilco por Carlos Salinas de Gortari (todo un símbolo del macabro concepto neoliberal del zapatismo que este Presidente de México, 1988-1994, quiso elaborar con ningún éxito) preside un pequeño parque a la entrada de la localidad. Cruzando el río y subiendo en dirección al cementerio se encuentra un interesante museo; justo en el lugar donde está la que fuera casa de Zapata. La visita merece la pena: allí se pueden ver fotos inéditas de Zapata con algunos de sus más importantes colaboradores y amigos. También hay una buena muestra de artilugios de la época, entre ellos numerosas armas que fueron utilizadas por las fuerzas zapatistas en su lucha. Frente a los restos de la que fuera casa de Zapata un enorme mural representa alguno de los pasajes más destacados de la Revolución en Morelos: la elección de Zapata como presidente de la Junta de defensa de las tierras de Anenecuilco, la firma del Plan de Ayala, el inicio de la Revolución en Morelos en apoyo a Francisco I. Madero, la marcha hacia la ciudad de México y la traición y muerte de Zapata en Chinameca.

 
                     (Fragmento del mural de Anenecuilco)

Chinameca.

De Anenecuilco a Chinameca se llega en 30 minutos por carretera. En este lugar estuvo la antigua hacienda donde fue asesinado Zapata en manos de Andrés Guajardo. La traición fue orquestada por Pablo González y en última instancia también por el presidente Venustiano Carranza. Guajardo, que era un destacado coronel de las fuerzas carrancistas, hizo creer a Zapata que estaba interesado en pasarse al bando revolucionario. Zapata cayó en la trampa y cuando creía que iba a dar todo un golpe para la continuidad de la revolución en Morelos con la defección de un significativo sector del ejército carrancistas, resultó abatido en la puerta de la hacienda de Chianameca. Hoy lo que apenas es posible ver en el lugar donde Zapata fue asesinado, es la puerta de la antigua hacienda donde está plantada una estatua de Zapata (esta vez donada por otro inefable presidente de México, 1964- 1970, Gustavo Díaz Ordaz,). En uno del los muros quedan muestras de lo que algún día debió ser un gran mural en homenaje a Zapata, pero que ha quedado totalmente destruido con el paso del tiempo.

Tlaltizapán.

Otra media hora de viaje en combi desde Chinameca hasta Tlaltizapán. Aquí Emiliano Zapata instaló el Cuartel General desde donde se organizó, entre 1914 y 1915, lo que Adolfo Gilly (1971 p. 1971) ha venido a llamar la “comuna de Morelos". En el edificio hay un pequeño museo con algunas curiosidades: unos pantalones de Zapata, alguna que otra foto curiosa y algunos documentos mecanografiados desde el Cuartel General. Una interesante descripción de la vida en esta pequeña localidad del centro de Morelos durante la Revolución zapatista la ofrece John Womack (1969, p. 238) en su libro:

Zapata pasaba los días en sus oficinas de un antiguo molino de arroz en los suburbios del norte de la población, oyendo peticiones, enviándoselas a Palafox (colaborador en materia agraria de Zapata) a la Ciudad de México, o tomando por sí mismo decisiones al respecto, estableciendo la estrategia y la política, despachando órdenes. En horas avanzadas de la tarde, él y sus ayudantes descansaban en la plaza bebiendo, discutiendo de gallos valientes y de caballos veloces y retozones, comentando las lluvias y los precios con los campesinos que se juntaban con ellos para tomar una cerveza, mientras Zapata fumaba un buen puro. (…) En este abrigo, Zapata vivió los sueños de gloria que había concebido. Junto a la iglesia de un cerro situado al sur de la población quería que se construyese un mausoleo, que sería la tumba colectiva de él y sus jefes más íntimos. En Tlatizapán había encontrado la capital moral de su revolución.

Y allí, frente a una pequeña iglesia está el mausoleo (de más que dudoso gusto) donde están enterrados buena parte de los más cercanos colaboradores de Zapata. Al tiempo que, sin que se sepa muy bien la razón, los restos del propio Zapata siguen en Cuautla.

19:44 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (4)