Después de disfrutar de dos
libros excepcionales, Zapata y la
Revolución Mexicana de John Womack (1969, Siglo XXI) y La Revolución interrumpida de Adolfo Gilly (1971, Ediciones “El
Caballito”), me lancé a visitar alguno de los lugares legendarios del estado de
Morelos que marcaron la vida de Emiliano Zapata y que fueron determinantes, a
su vez, para el movimiento campesino que lideró desde septiembre de 1909 hasta
su muerte en 1919. Cuatro localidades eran de mi interés: Cuautla, Anenecuilco, Chinameca y Tlaltizapán.

(Emiliano Zapata, 1879-1919)
Cuautla.
En poco más de una hora y media en
autobús se llega de México DF (Estación de Tasqueña) a Cuautla. Allí está
enterrado Emiliano Zapata. Su tumba, frente a una pequeña iglesia cerca del
parque central de la ciudad, queda a los pies de una enorme estatua que
representa la figura de este icono de la Revolución campesina. También en
Cuautla se puede visitar la estación de ferrocarril donde Zapata recibió a
Madero en 1911. Aunque quizá lo más interesante que ofrece esta ciudad sea la oportunidad
de imaginar los numerosos combates que se libraron en esta localidad entre
1910 y 1920. Los zapatistas, luego los federales al mando de Juvencio Robles y
más tarde los carrancistas, arrasaron con la ciudad que al final de la Revolución quedó casi irreconocible como consecuencia de la destrucción sufrida.
Anenecuilco.
En apenas diez minutos desde
Cuautla se llega en trasporte público al pueblo donde nació Zapata en 1879. También
allí una estatua donada a Anenecuilco por Carlos Salinas de Gortari (todo un símbolo
del macabro concepto neoliberal del zapatismo que este Presidente de México, 1988-1994,
quiso elaborar con ningún éxito) preside un pequeño parque a la entrada de la localidad.
Cruzando el río y subiendo en dirección al cementerio se encuentra un
interesante museo; justo en el lugar donde está la que fuera casa de Zapata. La
visita merece la pena: allí se pueden ver fotos inéditas de Zapata con algunos
de sus más importantes colaboradores y amigos. También hay una buena muestra de
artilugios de la época, entre ellos numerosas armas que fueron utilizadas por
las fuerzas zapatistas en su lucha. Frente a los restos de la que fuera casa de
Zapata un enorme mural representa alguno de los pasajes más destacados de la
Revolución en Morelos: la elección de Zapata como presidente de la Junta de
defensa de las tierras de Anenecuilco, la firma del Plan de Ayala, el inicio de
la Revolución en Morelos en apoyo a Francisco I. Madero, la marcha hacia la
ciudad de México y la traición y muerte de Zapata en Chinameca.

(Fragmento del mural de Anenecuilco)
Chinameca.
De Anenecuilco a Chinameca se
llega en 30 minutos por carretera. En este lugar estuvo la antigua hacienda donde fue
asesinado Zapata en manos de Andrés Guajardo. La traición fue orquestada por
Pablo González y en última instancia también por el presidente Venustiano Carranza.
Guajardo, que era un destacado coronel de las fuerzas carrancistas, hizo creer
a Zapata que estaba interesado en pasarse al bando revolucionario. Zapata cayó
en la trampa y cuando creía que iba a dar todo un golpe para la continuidad de
la revolución en Morelos con la defección de un significativo sector del ejército
carrancistas, resultó abatido en la puerta de la hacienda de Chianameca. Hoy lo
que apenas es posible ver en el lugar donde Zapata fue asesinado, es la puerta
de la antigua hacienda donde está plantada una estatua de Zapata (esta vez
donada por otro inefable presidente de México, 1964- 1970, Gustavo Díaz Ordaz,).
En uno del los muros quedan muestras de lo que algún día debió ser un gran
mural en homenaje a Zapata, pero que ha quedado totalmente destruido con el
paso del tiempo.
Tlaltizapán.
Otra media hora de viaje en combi desde Chinameca hasta Tlaltizapán.
Aquí Emiliano Zapata instaló el Cuartel General desde donde se organizó, entre
1914 y 1915, lo que Adolfo Gilly (1971 p. 1971) ha venido a llamar la “comuna
de Morelos". En el edificio hay un pequeño museo con algunas curiosidades: unos
pantalones de Zapata, alguna que otra foto curiosa y algunos documentos
mecanografiados desde el Cuartel General. Una interesante descripción de la
vida en esta pequeña localidad del centro de Morelos durante la Revolución
zapatista la ofrece John Womack (1969, p. 238) en su libro:
Zapata pasaba los días en sus oficinas de un antiguo molino
de arroz en los suburbios del norte de la población, oyendo peticiones, enviándoselas
a Palafox (colaborador en materia agraria de Zapata) a la Ciudad de México, o tomando por sí mismo decisiones al respecto,
estableciendo la estrategia y la política, despachando órdenes. En horas
avanzadas de la tarde, él y sus ayudantes descansaban en la plaza bebiendo,
discutiendo de gallos valientes y de caballos veloces y retozones, comentando
las lluvias y los precios con los campesinos que se juntaban con ellos para
tomar una cerveza, mientras Zapata fumaba un buen puro. (…) En este abrigo,
Zapata vivió los sueños de gloria que había concebido. Junto a la iglesia de un
cerro situado al sur de la población quería que se construyese un mausoleo, que
sería la tumba colectiva de él y sus jefes más íntimos. En Tlatizapán había
encontrado la capital moral de su revolución.
Y allí, frente a una pequeña
iglesia está el mausoleo (de más que dudoso gusto) donde están enterrados buena
parte de los más cercanos colaboradores de Zapata. Al tiempo que, sin que se
sepa muy bien la razón, los restos del propio Zapata siguen en Cuautla.