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domingo, 07 de diciembre de 2008

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a la clausura del taller que el profesor Jorge Manzano ha estado impartiendo en Guadalajara (México) en relación al pensamiento del filósofo existencialista danés por excelencia: Søren Kierkegaard. Jorge Manzano es jesuita mexicano, doctor en filosofía, ingeniero químico por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y director de la revista Xipe-Topec. En los años setenta realizó un estudio en profundidad de la obra de Kierkegaard y se adentró en el aprendizaje de la lengua danesa, habiendo realizado desde entonces algunas traducciones al castellano. Resultó, en definitiva, una buena experiencia poder adentrarse en el pensamiento existencialista bajo la batuta de Jorge Manzano.


Kierkegaard, si bien nació en Jutlandia en 1813, desde niño vivió en Copenhague. Muy pronto desarrolló un vivo sentimiento religioso, mismo sentimiento que al parecer sufrió un quebranto profundo siendo universitario en la capital danesa. Con veinte años se enamoró de Regina, de la cual se separaría de forma melancólica para poder dedicarse por completo a una vida contemplativa y a la vez activa. Hasta su muerte en 1855 completó una amplia obra intelectual.

Una de las anécdotas más recordadas la biografía de Kierkegaard es la curiosa estrategia personal que inventó para conservar su independencia de espíritu y de movimiento en Copenhague. Buscaba exhibirse, todos los días y a horas fijas, en las calles, en los cafés, en los intermedios del teatro, para convencer a sus conciudadanos que era todo un vago consumado. Pensaba Kierkegaard que si diera la imagen de ser un intelectual encerrado horas y horas en un cuarto con miles de libros (que era  realmente lo que hacía) hubiese desatado las envidias, el desagrado y el odio de sus contemporáneos.


            
             (Søren Kierkegaard, 1813-1855)

Quizá el punto de partida del pensamiento de Kierkegaard esté en una aproximación intensa a la vida interior del individuo. En un siglo, el XIX, en el que los acontecimientos sociales se multiplicaban, y la política y las ideas eran motivos más que suficientes para sacrificar toda una la vida, este autor lo que propone es una revolución de orden personal, subjetiva y espiritual.

No obstante, respecto al pensamiento de este filósofo cabe mencionar que en buena medida se lanzó al estudio del carácter contradictorio de la existencia. Llegando a la conclusión de que si la vida es una lucha de contradicciones, la tarea del ser humano consiste en buscar un cierto sentido a esa lucha y esa contradicción. Y para tal fin es necesario vivir la contradicción misma, pero no como algo externo, sino como parte de la vida que vivimos.

Entonces para Kierkegaard lo que cuenta de veras es el sujeto que habiéndose entendido a sí mismo se preocupa en entender a los demás. Esto lo lleva a interesantes reflexiones en el campo de la estética, ya que para este autor el ser humano estético es el que vive sus sensaciones sin querer ir más allá de ellas. Así, una existencia estética renuncia a cualquier orientación vital y vive de un momento a otro en busca de placeres fugaces, lo que conlleva una desesperación continua, pero una desesperación que es, a su vez, una forma de liberación.

Como ocurre con buena parte de los filósofos que escribieron en el siglo XIX, Marx, Nietzsche, por ejemplo, su pensamiento se convierte, en cierta forma, en una respuesta a Hegel. Desde su perspectiva, la filosofía de Hegel resultaba alejada de la vida, pues consideraba que el filósofo alemán construía su pensamiento desde cierta distancia en relación a la vivencia. Hegel quería explicar la vida, pero no vivirla. En un texto humorístico Kierkegaard (en Ramón Xirau, 1998,  pp. 376-377 Introducción a la Historia de la Filosofía) inventa una conversación imposible donde plasma su crítica a Hegel:

Sócrates está sentado a la vera de una corriente de leves ondas y escucha el murmullo del agua. Hegel está sentado en una mesa y lee las Investigaciones lógicas, parte II, p. 197 de Trendelemburg. Se dirige a Sócrates en tono quejumbroso:
SÓCRATES: ¿Empezaremos por estar en completo desacuerdo o de acuerdo sobre algún punto que llamaremos una hipótesis?
HEGEL: …
SÓCRATES: ¿Con qué hipótesis empiezas?
HEGEL: Absolutamente con ninguna.
SÓCRATES: Es muy posible; tal vez es que no empiezas en absoluto.
HEGEL: ¿No empezar yo? ¿Yo que he escrito veintiún volúmenes?
SÓCRATES: ¡Ay, dioses! ¡Qué hecatombe has sacrificado!
HEGEL: Pero empiezo por nada.
SÓCRATES: ¿No querrás decir que empiezas por cualquier cosa?
HEGEL: No justo al revés. Sólo se entiende al final de toda la obra, en la cual me he ocupado de todas las ciencias, de toda la historia universal, etcétera.
SÓCRATES: ¿Cómo allanaré esta dificultad? Muchas cosas curiosas han de haber sucedido que me llenaría de alegría. Pero, como tú sabes, ni a Polos le dejé hablar más de cinco minutos y tú quieres hablar veintiún volúmenes.

 

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