La semana pasada tuve la
oportunidad de asistir a la clausura del taller que el profesor Jorge Manzano
ha estado impartiendo en Guadalajara (México) en relación al pensamiento del
filósofo existencialista danés por excelencia: Søren Kierkegaard. Jorge Manzano
es jesuita mexicano, doctor en filosofía, ingeniero químico por la UNAM (Universidad
Nacional Autónoma de México) y director de la revista Xipe-Topec. En los años
setenta realizó un estudio en profundidad de la obra de Kierkegaard y se adentró
en el aprendizaje de la lengua danesa, habiendo realizado desde entonces algunas
traducciones al castellano. Resultó, en definitiva, una buena experiencia poder
adentrarse en el pensamiento existencialista bajo la batuta de Jorge Manzano.
Kierkegaard, si bien nació en Jutlandia
en 1813, desde niño vivió en Copenhague. Muy pronto desarrolló un vivo
sentimiento religioso, mismo sentimiento que al parecer sufrió un quebranto
profundo siendo universitario en la capital danesa. Con veinte años se enamoró
de Regina, de la cual se separaría de forma melancólica para poder dedicarse por
completo a una vida contemplativa y a la vez activa. Hasta su muerte en 1855
completó una amplia obra intelectual.
Una de las anécdotas más
recordadas la biografía de Kierkegaard es la curiosa estrategia personal que
inventó para conservar su independencia de espíritu y de movimiento en
Copenhague. Buscaba exhibirse, todos los días y a horas fijas, en las calles, en
los cafés, en los intermedios del teatro, para convencer a sus conciudadanos que
era todo un vago consumado. Pensaba Kierkegaard que si diera la imagen de ser
un intelectual encerrado horas y horas en un cuarto con miles de libros (que
era realmente lo que hacía) hubiese
desatado las envidias, el desagrado y el odio de sus contemporáneos.

(Søren Kierkegaard, 1813-1855)
Quizá el punto de partida del
pensamiento de Kierkegaard esté en una aproximación intensa a la vida interior
del individuo. En un siglo, el XIX, en el que los acontecimientos sociales se
multiplicaban, y la política y las ideas eran motivos más que suficientes para
sacrificar toda una la vida, este autor lo que propone es una revolución de
orden personal, subjetiva y espiritual.
No obstante, respecto al
pensamiento de este filósofo cabe mencionar que en buena medida se lanzó al
estudio del carácter contradictorio de la existencia. Llegando a la conclusión
de que si la vida es una lucha de contradicciones, la tarea del ser humano
consiste en buscar un cierto sentido a esa lucha y esa contradicción. Y para
tal fin es necesario vivir la contradicción misma, pero no como algo externo,
sino como parte de la vida que vivimos.
Entonces para Kierkegaard lo que
cuenta de veras es el sujeto que habiéndose entendido a sí mismo se preocupa en
entender a los demás. Esto lo lleva a interesantes reflexiones en el campo de
la estética, ya que para este autor el ser humano estético es el que vive sus
sensaciones sin querer ir más allá de ellas. Así, una existencia estética renuncia
a cualquier orientación vital y vive de un momento a otro en busca de placeres
fugaces, lo que conlleva una desesperación continua, pero una desesperación que
es, a su vez, una forma de liberación.
Como ocurre con buena parte de
los filósofos que escribieron en el siglo XIX, Marx, Nietzsche, por ejemplo, su
pensamiento se convierte, en cierta forma, en una respuesta a Hegel. Desde su
perspectiva, la filosofía de Hegel resultaba alejada de la vida, pues
consideraba que el filósofo alemán construía su pensamiento desde cierta
distancia en relación a la vivencia. Hegel quería explicar la vida, pero no
vivirla. En un texto humorístico Kierkegaard (en Ramón Xirau, 1998, pp. 376-377 Introducción a la Historia de la Filosofía) inventa una conversación
imposible donde plasma su crítica a Hegel:
Sócrates está sentado a la vera de una corriente de leves ondas y
escucha el murmullo del agua. Hegel está sentado en una mesa y lee las Investigaciones
lógicas, parte II, p. 197 de
Trendelemburg. Se dirige a Sócrates en tono quejumbroso:
SÓCRATES: ¿Empezaremos por estar en completo desacuerdo o de acuerdo
sobre algún punto que llamaremos una hipótesis?
HEGEL: …
SÓCRATES: ¿Con qué hipótesis empiezas?
HEGEL: Absolutamente con ninguna.
SÓCRATES: Es muy posible; tal vez es que no empiezas en absoluto.
HEGEL: ¿No empezar yo? ¿Yo que he escrito veintiún volúmenes?
SÓCRATES: ¡Ay, dioses! ¡Qué hecatombe has sacrificado!
HEGEL: Pero empiezo por nada.
SÓCRATES: ¿No querrás decir que empiezas por cualquier cosa?
HEGEL: No justo al revés. Sólo se entiende al final de toda la obra, en
la cual me he ocupado de todas las ciencias, de toda la historia universal, etcétera.
SÓCRATES: ¿Cómo allanaré esta dificultad? Muchas cosas curiosas han de
haber sucedido que me llenaría de alegría. Pero, como tú sabes, ni a Polos le
dejé hablar más de cinco minutos y tú quieres hablar veintiún volúmenes.