Era el acto cumbre en la cadena
de homenajes que vienen festejando el 80 aniversario de Carlos Fuentes. Este
pasado domingo el auditorio Juan Rulfo de la Feria del Libro de Guadalajara
estaba a rebosar -conseguir un asiento en el recinto suponía haber llegado casi
con dos horas de antelación-. Con
puntualidad aparecieron Carlos Fuentes y algunos de sus amigos más cercanos del
mundo de la literatura: Steven Boldy, Sergio Ramírez, Carlos Monsiváis y
Gabriel García Márquez. Y como viene sucediendo desde hace un tiempo todos
tomaron la palabra con la excepción de García Márquez, quien una vez más guardó
silencio basado en un argumento que lleva años manteniendo: escribo para no tener
que hablar.

(García Márquez y Fuentes en el acto celebrado en Guadalajara el pasado Domingo)
Durante el acto los amigos de
Fuentes expusieron algunas de las anécdotas biográficas que compartieron con el
homenajeado. Tanto Mosiváis, con ese estilo de humor fino e irónico que
caracteriza sus apariciones en público, como Sergio Ramírez narraron vivencias
junto a su colega. Los años de charlas y encuentros sobre temas literarios y
juegos de citas hasta ver amanecer conectaron con el público (en la mayoría jóvenes)
congregado.
Si bien, cuando los aplausos y
los vítores anunciaban la intervención de García Márquez, el moderador del
evento excusó al escritor colombiano recordando a los presentes la frase que
con demasiada frecuencia resulta ser el principio y el fin de sus apariciones públicas:
Gabo escribe para no tener que
hablar.
Entonces: ¿cómo interpretar la
actitud de García Márquez? Resulta que aparece el último en la mesa de ponentes,
que se lleva una ovación del público incluso mayor que el propio Carlos Fuentes
–aún cuando este juega en casa-, que los jóvenes lo aclaman, que él despliega
sus brazos en un gesto de agradecimiento sentido, que levanta la mano de
Fuentes, que saluda al homenajeado con un abrazo entrañable, que no para de
gesticular y de reír y de acariciar su poblado bigote, para al final, cuando
llega su turno, no ser capaz de regalar al público ni una sola palabra
Esta actitud del premio novel
colombiano, sin duda, puede ser interpretada de muchas formas. Bien pudiera
considerarse que este afán por aparecer, gesticular, aplaudir y reír, quizá
signifique una pose ante los medios de comunicación que luego analizan cada
palabra de quien hoy es posiblemente el icono cultural más importante de América
Latina. Su silencio, entonces, bien puede ser analizado como una respuesta a
todos aquellos que quieren ver detrás de sus palabras complejos acertijos, mensajes
en clave para líderes políticos o profecías para el futuro del mundo.
De la mismas forma, es posible
que con esta actitud que viene exhibiendo García Márquez en la mayoría de actos
públicos en los que participa, simplemente esté contribuyendo a la mitificación
de su ya de por sí mitificada figura. El silencio, entonces, podría ser una
forma de actuar que con el tiempo ayudará a engordar su propio mito, de tal
forma que muchos algún día podrán decir eso de: “yo escuche a García Márquez”,
como quien dice yo vi torear a Manolete o presencie el gol de Zarra contra
Inglaterra.
Si bien, la actitud de García Márquez,
al menos en el caso del acto celebrado en Guadalajara, no ensombreció el homenaje a Carlos Fuentes. Tanto Monsiváis, como Ramírez y Boldy estuvieron acertados al leer
textos que dejaron a los miles de asistentes más
que satisfechos. En la réplica Fuentes también dejó alguna anécdota que rescato
a continuación para que el lector juzgue:
Carlos (Mosiváis) ha recordado muchas escenas de nuestra amistad, pero le
faltó una que yo voy a recordar aquí. Era el año 70 ó 71, los dos estábamos en
París y nos dio cita Pablo Neruda. Estaba Neruda en un hotel y nos recibió en
cama. Estaba en pijama, parecía una gran ballena anclada en su cama. Y nos dijo:
perdonen, estoy muy fatigado, vengo del entierro de Elsa Triolet, la mujer de
Aragon, de manera que mejor vamos a conversar. Y le dice Neruda con esa voz que
tenía así (Fuentes imita la voz de Neruda): ¿Cómo le va Monsiváis? ¿Qué me
cuenta? Y Carlos le dijo: pues sucede que me canso de ser hombre. ¿Por qué? Le
dice Neruda. Dice Monsiváis: porque el olor de las peluquerías me hace llorar a
gritos. Y le dice Neruda: ¿dónde? Dice Monsiváis: el agua anda descalza por las
calles mojadas. ¿Qué me cuenta? Le dice Neruda. Y Monsiváis contesta: tengo
historias que contar a la horilla del crepúsculo. Ya en el colmo del asombro le
dice Neruda: pues entonces escriba sus memorias Monsiváis. Y él contesta: sí, puedo
escribir los versos más tristes esta noche.
Pero donde dejó Monsiváis realmente aturdido a Neruda fue con su frase
de despedida, al salir por la puerta. Se voltea Monsiváis y le dice a Neruda:
daré muerte a una monja con un golpe de oreja, ¡adiós!