A las instituciones además de
corresponderles la tarea de objetivar la realidad, también les atañe la
capacidad de sedimentar intersubjetivamente los sistemas de signos como
consecuencia de la reiteración de su función social. Es la sedimentación, por
tanto, la facultad que permite a las instituciones superar las barreras espacio
temporales y que las experiencias transmiten de una generación a otra. Aunque,
también, como puntualizan Berger y Luckmann en La construcción social de la realidad (1966): “toda transmisión de significados
institucionales entraña, evidentemente, procedimientos de control y
legitimación, anexos a las instituciones mismas y administrados por el personal
transmisor” (p. 93, Ediciones Amorrortu).
De tal forma, cualquier
acercamiento a los orígenes de los sistemas de conocimiento,
no debe pasar por alto que para el correcto funcionamiento de una institución
resulta básica la existencia de un conjunto de “roles” que desempeñen
reiteradamente una labor prescrita o planeada. Y tal es la importancia de estos
“roles” que incluso algunos, en su rutina, llegan a ser capaces de representar
simbólicamente y en su totalidad el orden institucional.
Situación que lleva a detener la
mirada en la capacidad de reificación del mundo institucional, –entendida esta
como la capacidad que tiene el ser humano para olvidar que él mismo ha creado
un mundo social y que sus resultados son fruto de la dialéctica entre el
productor y sus productos–. Llegados a este punto ambos autores, en su trabajo sitúan
en la reificación una de las tesis fundamentales de su estudio de la
construcción institucionalizada del conocimiento (Ibíd. p. 116):
De nuestro anterior análisis de la
objetivación surge claramente que el momento mismo en que se establece un mundo
social objetivo, no está lejos la posibilidad de la reificación. La objetividad
del mundo social significa que enfrenta al hombre como algo exterior a él
mismo. La cuestión decisiva es saber si el hombre conserva conciencia de que le
mundo social, aún objetivado, fue hecho por los hombres, y de que éstos, por consiguiente,
pueden rehacerlo. En otras palabras, la reificación puede describirse como un
paso extremo en el proceso de objetivación, por el que el mundo objetivado
pierde su comprehensibilidad como empresa humana y queda fijado como facticidad
inerte, no humana y no humanizable. En particular, la relación real entre le
hombre y su mundo se invierte en la conciencia. El hombre, productor de un
mundo, se aprehende como su producto y la actividad humana como epifenómeno de
procesos no humanos. Los significados humanos no se entienden como
productores de un mundo, sino, a su vez,
como producidos por la «naturaleza de las cosas». Debe destacarse que la
reificación es una modalidad de la conciencia, más exactamente una modalidad de
la objetivación del mundo exactamente una modalidad de la objetivación del
mundo humano que realiza el hombre. Aunque aprehenda el mundo en términos
deificados, el hombre sigue produciendo, o sea que paradójicamente, es capaz de
producir una realidad que lo niega.
Entonces, resulta que esa misma
realidad que se presentaba al comienzo como una interpretación humana, ahora
forma parte de una reificación donde la realidad es consecuencia de los ritmos,
espacios y roles que determina el conocimiento institucional. Misma realidad
institucional que se sirve del lenguaje, entendida como tipificación por
antonomasia de nuestra civilización, y de la plasticidad, como característica
esencial de la naturaleza humana, para la sedimentación intersubjetiva del
conocimiento. Todo lo cual conlleva, asimismo, la aparición de unos roles
sociales que aseguran la legitimación de dicho conocimiento objetivado, así
como su propia legitimación.

(Peter Berger 1929)
Sin embargo, lo interesante del
trabajo de Berger y Luckmann es que una vez expuesta la genealogía de los
procesos de institucionalización objetiva del conocimiento, va más allá y
desarrolla un conjunto de niveles a partir de los cuales las propias
instituciones legitimizan sus papel social. Pues sucede que precisamente el
problema de la legitimización surge cuando las instituciones afrontan la tarea
de transmitir las objetivizaciones a una nueva generación.
Llegados a este punto, estos
autores ubican cuatro niveles de legitimización (Ibíd. p. 120-121). El primero
es la legitimización incipiente, donde se sitúan las afirmaciones tradicionales
sencillas pre-teóricas, las cuales, a pesar de su carácter autoevidente – su
respuesta al “por qué” con el “así se hacen las cosas”-, se incorporan
rápidamente a la tradición y sustentan las teoría subsiguientes. Por su parte
el segundo nivel de legitimización ya contiene proposiciones teóricas en forma
rudimentarias. Es el nivel de los proverbios, las máximas morales, las
sentencias, los cuentos y las leyendas populares.
Ya en el tercer nivel de legitiamción
se sitúan “las teorías explícitas por las que un sector institucional se
legitima en términos de un cuerpo de conocimiento diferenciado” (Ibíd. p. 121).
Cuando se alcanza este grado de legitimización, se desarrollan teorías especializadas
y la administración de las mismas queda a cargo de legitimadores con dedicación
exclusiva. La legitimación comienza a trascender la aplicación pragmática y a
convertirse en teoría pura.
Por su parte el cuarto nivel se
alcanza al constituirse “cuerpos de tradición teórica, que integran zonas de
significado diferentes y abarcan el orden institucional en una totalidad simbólica” (Ibíd, p. 122).
La legitimación pasa a producirse por medio de totalidades simbólicas que no
pueden experimentarse en la vida cotidiana, es lo que Berger denomina como
universo simbólico. En este nivel la biografía de un individuo se observa como
hechos que ocurren dentro de ese universo, incluso aquellos hechos marginales
de la vida son separados de la realidad y se integran dentro de una totalidad
significativa que los explica y justifica. Al llegar a este nivel de
legitimación la integración de los procesos institucionales alcanza su grado
máximo de realización. Se ha creado todo un mundo:
El universo simbólico también ordena la
historia y ubica todos los acontecimientos colectivos dentro de una unidad
coherente que incluye el pasado, el presente y el futuro (…) Todos los miembros
de una sociedad pueden ahora concebirse ellos mismos como pertenecientes a un
universo significativo, que ya existía antes de que ellos nacieran y seguirá
existiendo después de su muerte. La comunidad empírica es traspuesta a un plano
cósmico y se la vuelve majestuosamente independiente de las vicisitudes de la
existencia individual. (La construcción social de la realidad, p. 131)
Para ampliar información:
“La construcción social de la realidad” de Peter Berger y Thomas Luckhmann. Un trabajo clave para el estudio de las instituciones modernas. (Primera parte)