Hablar del Plan Bolonia como una
posibilidad de futuro ya no tiene mucho sentido, pues ya es una realidad.
Ahora, para quienes están al mando de semejante proyecto, el trabajo se centra
en ajustar un Plan sumamente ambiguo a un contexto universitario cada vez más angustiado
ante lo que en principio se dijo que sería la reforma europea y lo que
finalmente está resultando ser. La propuesta pedagógica que conllevaba la reforma
y que quizá era la parte que más animaba a buena parte de la comunidad
universitaria, ha quedado en un segundo plano en el discurso oficial únicamente
preocupado en cumplir plazos y más plazos (ahora ya se habla de la estrategia
2015). Si bien, no está demás retomar el debate pedagógico para calibrar el
grado en el que todo este proceso está ronzando el fracaso más estrepitoso.
Así, la reforma pedagógica, en
cierta forma, ha sido el ariete utilizado por quienes desde el principio apostaron
por Bolonia para asaltar la fortaleza de la Universidad. Nadie podía refutar, según
éstos, que muchas de las metodologías docentes habían quedado ancladas en un
tiempo pretérito y que un nuevo contexto cultural y tecnológico requería de una
reforma profunda. Muchas de las dinámicas establecidas en las aulas
universitarias carecían ya de significado y marcaban una distanciamiento respecto a las nuevas generaciones de estudiantes. En un segundo plano del Plan
Bolonia estaba la mercantilización, privatización, y estratificación del
proceso formativo. Como todo esto no era políticamente correcto, la pedagogía
sería el concepto adecuado capaz de parapetar el resto de medidas.
Y la estrategia funcionó. Se
hablo de reducir los grupos de alumnos, de realizar trabajos mediante tutorías
coordinadas por los docentes, de abrir plataformas virtuales, de crear
comunidades de aprendizaje universitarias, de iniciar a los alumnos en la
investigación… Entonces, la pregunta que se hacían un número
significativo de alumnos y profesores era obvia: ¿Cómo piensan hacer todo esto?
¿Se incrementará el presupuesto para la educación superior y se dará formación a
los docentes o simplemente se restringirá el acceso a las Universidades? Quienes
tenían los mandos de la reforma parecían decantarse por la segunda opción: en
beneficio de la nueva pedagogía universitaria habían que seleccionar mejor a
los alumnos que entraban a la Universidad, y ya con esa medida los docentes verían
lo sencillo que es trabajar con grupos de alumnos reducidos.
Los estudiantes entonces protestaron
(con razón). Pero también un sector importante de los docentes se mostraron escépticos
(con razón también) ante la “moderna” propuesta pedagógica que venía con el
Plan Bolonia. Daba la sensación que con la reforma se estaba juzgando a toda
una generación de docentes. Es cierto que un porcentaje significativo de los
profesores universitarios anclados en métodos del neolítico lo más que habían
conseguido trasmitir a sus alumnos era cierta apatía y desidia justificada ante
campos del conocimiento que a priori eran de su interés. Aunque también un
número importante de docentes aún mantenía la atención y fomentaba la vocación
de sus jóvenes alumnos mediante una metodología basada en la clásica clase
magistral y en una buena selección de lecturas.
En suma, hoy con la implantación de
una nueva metodología para la docencia muchos profesores se están viendo
abocados a renunciar a una forma de trabajar que hasta el momento les había
dado muy buenos resultados, incluso con distintas generaciones de estudiantes. Otros
simplemente han tenido que cambiar ciertos hábitos para seguir realizando una
labor docente lamentable. De todos modos considero que por muchas metodologías
que se utilicen el que es buen profesor y tiene algo que transmitir y sabe como
hacerlo, lo seguirá haciendo, mientras que el mediocre que ya suficiente tiene
con ir salvando una clase tras otras sin que los alumnos le metan en muchos
problemas, seguirán sin transmitir nada más que desilusión a los estudiantes.
Además, lo curioso del tema es
que al tiempo que muchos docentes han tenido que hacer esfuerzos significativos
para adaptar sus materias a la nueva pedagogía de Bolonia (no tengo claro que
todos hayan realizado este esfuerzo…), todavía no se ha tomado ningún tipo de
medida respecto a la reducción de los grupos de alumnos. De hecho, una medida
de este tipo podría terminar por reorganizar a los estudiantes contrarios al Plan Bolonia y nadie se atreve, por el momento, a enfrentar un
problema semejante. Todo esto, en cierta forma, no sólo impide la aplicación de
una nueva metodología real en la docencia universitaria, sino que incrementa
considerablemente el trabajo del profesor encargado de impartir una asignatura.
La reforma por el momento se ha
hecho sólo a medias. Sólo cabía pensar una situación que podía ser aún más
desastrosa que la aplicación de la nueva metodología pedagógica de Bolonia: su aplicación
a medias. Lo que era una reforma oscura y que planteaban muchos interrogantes,
ha derivado en una chapuza “made in Spain”. Y en eso estamos.
