La mayoría de las personas asumimos
la lectura como una acción individual y solitaria. Sucede que hemos sido
educados para leer en silencio y soledad. Pero la lectura silenciosa es un
invento que puede incluso ser fechado, pues al parecer siendo San Agustín obispo
de Hipona, allá por el siglo V, descubrió las bondades del silencio en la
lectura.

(
San Agustín, 354-430)
Cuando llegaba la noche en el
monasterio de Hipona, en el norte de África, San Agustín andaba muy preocupado
ya que sus lecturas en voz alta, como era costumbre en la época, molestaban a
la mayoría de los monjes que a ciertas horas únicamente buscaban el descanso en
el sueño profundo. En consecuencia, para poder continuar con sus estudios y con
el trabajo de los textos que tenía entre manos, San Agustín decidió iniciarse
en el arte de la lectura en silencio.
De hecho, el propio Santo ya había
observado esta novedosa práctica de la lectura en quien fuera su maestro;
Ambrosio de Milán. Aunque la razón que llevó a Ambrosio a esta decisión
fue algo diferente: no soportaba que la gente se arremolinara en torno a él y
lo interrumpieran con preguntas sobre el texto que estaba leyendo.
Así, con la práctica de la lectura en silencio,
se conseguía no sólo no molestar a los demás, como era el propósito de San
Agustín, sino también no ser molestado por los otros, lo que le debía suceder
con frecuencia a Ambrosio de Milán. Con el tiempo la lectura en silencio se
impuso y encontró en la educación sistemática de las escuelas y en las
imprentas buenos medios para su difusión. Si bien, con el silencio se perdieron
algunas de las ventajas que ofrecía la lectura en voz alta.
Para empezar habría que señalar
que la lectura en voz alta era un vínculo primitivo entre los estudios clásicos
y la cultura popular. Resultaba, además, un medio pedagógico extraordinario
para la enseñanza de la lectura a quienes observaban por encima del hombro al
lector.
En lo personal, recuerdo haber
aprendido a leer con un método que bien se pudiera asemejar al modo en que se
organizaban aquellas lecturas anteriores al siglo V. Mi maestra de preescolar
se sentaba a leer en alto, al tiempo que de tres en tres nos situábamos a su
lado y de frente al texto. Ella leía con detenimiento y nos iba marcando con un
lápiz cada sílaba. Si mi memoria no me falla casi todos los que estudiamos en
Iparragirre Eskolaurre, en Bilbao, al cumplir los cinco años ya sabíamos leer. Eso
sí: en voz alta. Ya en la primaria, secundaria,... vendría las tediosas horas de lectura en silecio.

Además con la práctica de la
lectura en voz alta, el lector, en lugar de centrarse únicamente en la
satisfacción personal que puede conllevar un determinado libro, abre la
posibilidad del trabajo comunitario y del comentario de los pasajes leídos con
los otros.
Ivan Illich en un de sus trabajos
menos conocidos titulado El trabajo
fantasma (recientemente reeditado por el Fondo de Cultura Económica, 2008,
p. 80, México.) cuenta que:
En la mayoría de las lenguas de la India, el verbo que se traduce por “leer”
tiene un sentido cercano al de “resonar”. El mismo verbo hace resonar el libro.
Leer y tocar un instrumento musical se perciben como actividades paralelas. La
definición corriente, univoca, de saber leer, que se acepta internacionalmente,
relega a la sombra otra aproximación del libro, de la imprenta y de la lectura.
Si la lectura era principalmente concebida como una actividad social, a la
manera, por ejemplo, del arte de tocar la guitarra, un número más reducido de
lectores significaría un acceso muchos más considerable a los libros y a la
literatura.