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domingo, 19 de octubre de 2008

La mayoría de las personas asumimos la lectura como una acción individual y solitaria. Sucede que hemos sido educados para leer en silencio y soledad. Pero la lectura silenciosa es un invento que puede incluso ser fechado, pues al parecer siendo San Agustín obispo de Hipona, allá por el siglo V, descubrió las bondades del silencio en la lectura.

           
                       (San Agustín, 354-430)

Cuando llegaba la noche en el monasterio de Hipona, en el norte de África, San Agustín andaba muy preocupado ya que sus lecturas en voz alta, como era costumbre en la época, molestaban a la mayoría de los monjes que a ciertas horas únicamente buscaban el descanso en el sueño profundo. En consecuencia, para poder continuar con sus estudios y con el trabajo de los textos que tenía entre manos, San Agustín decidió iniciarse en el arte de la lectura en silencio.

De hecho, el propio Santo ya había observado esta novedosa práctica de la lectura en quien fuera su maestro; Ambrosio de Milán. Aunque la razón que llevó a Ambrosio a esta decisión fue algo diferente: no soportaba que la gente se arremolinara en torno a él y lo interrumpieran con preguntas sobre el texto que estaba leyendo.

Así, con la práctica de la lectura en silencio, se conseguía no sólo no molestar a los demás, como era el propósito de San Agustín, sino también no ser molestado por los otros, lo que le debía suceder con frecuencia a Ambrosio de Milán. Con el tiempo la lectura en silencio se impuso y encontró en la educación sistemática de las escuelas y en las imprentas buenos medios para su difusión. Si bien, con el silencio se perdieron algunas de las ventajas que ofrecía la lectura en voz alta.

Para empezar habría que señalar que la lectura en voz alta era un vínculo primitivo entre los estudios clásicos y la cultura popular. Resultaba, además, un medio pedagógico extraordinario para la enseñanza de la lectura a quienes observaban por encima del hombro al lector.

En lo personal, recuerdo haber aprendido a leer con un método que bien se pudiera asemejar al modo en que se organizaban aquellas lecturas anteriores al siglo V. Mi maestra de preescolar se sentaba a leer en alto, al tiempo que de tres en tres nos situábamos a su lado y de frente al texto. Ella leía con detenimiento y nos iba marcando con un lápiz cada sílaba. Si mi memoria no me falla casi todos los que estudiamos en Iparragirre Eskolaurre, en Bilbao, al cumplir los cinco años ya sabíamos leer. Eso sí: en voz alta. Ya en la primaria, secundaria,... vendría las tediosas horas de lectura en silecio.

 

Además con la práctica de la lectura en voz alta, el lector, en lugar de centrarse únicamente en la satisfacción personal que puede conllevar un determinado libro, abre la posibilidad del trabajo comunitario y del comentario de los pasajes leídos con los otros.

Ivan Illich en un de sus trabajos menos conocidos titulado El trabajo fantasma (recientemente reeditado por el Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 80, México.) cuenta que:

En la mayoría de las lenguas de la India, el verbo que se traduce por “leer” tiene un sentido cercano al de “resonar”. El mismo verbo hace resonar el libro. Leer y tocar un instrumento musical se perciben como actividades paralelas. La definición corriente, univoca, de saber leer, que se acepta internacionalmente, relega a la sombra otra aproximación del libro, de la imprenta y de la lectura. Si la lectura era principalmente concebida como una actividad social, a la manera, por ejemplo, del arte de tocar la guitarra, un número más reducido de lectores significaría un acceso muchos más considerable a los libros y a la literatura.

 

23:40 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (3)