Se cumplen 40 años del movimiento
estudiantil mexicano. Pues sucede que también en México 1968 se revela como un punto de
inflexión en la Historia de la segunda mitad del siglo XX. Para la ocasión,
distintas instituciones del Distrito Federal han organizado un programa de
actividades con el objetivo de “rendir un verdadero homenaje al espíritu
libertario que definió un gran movilización que propicio diversos cambios en el
conocimiento que la sociedad tenía de sí misma.” (sacado del programa general
de actividades). Y este viernes fue el turno de para el carismático escritor
mexicano Carlos Monsiváis.

(Carlos Monsiváis 1938)
La conferencia, impartida por quien puede
ser considerado el más destacado cronista del México moderno, se centró en
rastrear el modo en que aquel espíritu contestatario que impregnó la vida
social, político y cultural de México en 1968, fue retomada y sirvió como
inspiración para quienes protagonizaron otros momentos claves de la más
reciente historia mexicana. En este sentido Monsiváis presentó el movimiento
social del 68 como un intento pionero de las clases populares por abrir un
diálogo de tú a tú con las autoridades gubernamentales. La erosión acumulada
por el régimen del PRI a finales de los años sesenta, hizo posible la
articulación de distintas luchas en un mismo frente que terminó por alcanzar
una sólida organización en las principales casas de estudio de la Ciudad de
México.
Las protestas entonces se
centraron en dos aspectos: la reivindicación del respecto a los Derechos
Humanos y la apertura de un régimen político que hasta el momento se había
mostrado incapaz de dar una respuesta a los graves problemas del país. Si bien,
este movimiento lejos de abrir el tan necesario diálogo entre las autoridades
gubernamentales y las clases populares fue frenado en seco por una clase política
que apostó por la represión y la sangre
como vía única para la resolución del conflicto. La matanza del 2 de octubre en
la plaza de Tlatelolco se convierte desde entonces en un estigma para
posteriores movimientos políticos, sociales y culturales que continuarían en su
empeño por transformar la realidad de México.

No es de extrañar, en palabras de
Carlos Monsiváis, que después de 1968 un sector importante de los movimientos
sociales optara por la vía violenta como única fórmula capaz de enfrentar el
sistema represivo construido desde gobernación. La mayoría de quienes
integraron estos grupos de resistencia armada fueron precisamente estudiantes
de la UNAM y otras grandes universidades capitalinas que ubicaron su lucha en
distintas provincias del país.
No será, en suma, hasta 1985
cuando de nuevo la Ciudad de México vea resurgir parte del espíritu del 68 como
consecuencia del terremoto que sufrió la metrópoli en ese mismo año. La
sociedad civil mexicana aparecerá en este fecha como la única fuerza capaz de organizar
las labores de rescate y atención de heridos y afectados por la catástrofe.
Ante la parálisis gubernamental y la incapacidad de las autoridades para dar
una respuesta rápida y eficaz, fue la sociedad civil organizada la que en
última instancia atendió con prontitud y
destreza a los más necesitados y consiguió suplir la patética respuesta del
Gobierno. En pocas semanas llegó a participar casi un millón de personas en las
redes sociales. A todos ellos les animaba el hecho de sentirse parte de esa sociedad
civil. La gran notoriedad de este movimiento en comparación con el
protagonizado por los estudiantes en
1968 es que ya no se trató tanto de buscar un diálogo con el gobierno para dar
salida a un problema, sino que se apostó por romper con el monólogo del poder
establecido.
Otro momento del que participaron
con fuerza muchos de quienes estuvieron en las movilizaciones del 68 fue la
campaña para la presidencia del país liberada por Cuauthemoc Cárdenas. 1988
supuso la participación de cientos de miles de personas con el objetivo
compartido de sacar al PRI del poder. El posterior fraude electoral, con caída
del sistema incluido, supuso un nuevo golpe para muchos de los movimientos
sociales que vieron como el nuevo PRI con Carlos Salinas de Gortari a la cabeza,
ponía en funcionamiento toda la maquinaria del partido con la única intención
de dar continuidad al aparato político, económico y social que permanecía en el
poder desde décadas atrás. No obstante, como se ha preocupado en señalar
Monsiváis, resultó que ciertos sectores que participaron activamente del 68
mexicano vieron en Salinas de Gortari la oportunidad de un cambio desde
dentro, lo que les llevó a participar de algunos de los más sonados programas
políticos gubernamentales de los años noventa, tal fue el caso del PRONASOL.
Si bien, ya en la década de los
noventa, el llamada espíritu del 68, encuentra su reflejo en el nuevo frente
abierto para la lucha social por las ONG´s, las cuales, por lo menos en sus
inicios, supusieron un espacio donde volcar muchas de las frustraciones
acumuladas por activistas y trabajadores sociales.
En definitiva, esta conferencia
impartida en el Centro Cultural Universitario de Tlatelolco, desvela un rastreo
inteligente por el reguero de lucha que con el paso de las décadas ha dejado el
pionero movimiento social encabezado por los estudiantes de la Ciudad de
Méxicio en 1968. Aunque, bien es cierto, que en este repaso presentado por
Carlos Monsiváis se echó de menos la mención de esas otras luchas que desde
entonces han conseguido también rememorar el espíritu de las movilizaciones de
finales de los sesenta; me refiero especialmente al caso de los neo-zapatistas
de Chiapas. Y tengo la sensación de que el olvido de Monsiváis tiene algo de
intencionado, ya que tras las primeras simpatías que le causara la propuesta
del EZLN pareciera hoy algo irritado por el hecho de que los zapatistas se
enfrentaran a la candidatura de López Obrador para la presidencia en 2006. De
hecho, en algún momento de la conferencia el propio escritor mexicano ha
insinuado que también en la resistencia pacífica de quienes siguen apoyando a
López Obrador en su proyecto político hay mucho de eses espíritu estudiantil
del 68, y ahí creo que es donde Monsiváis se equivoca.