Hace ya unos meses que este Blog
echó a rodar y aún no he dedicado ni una línea a explicar el título que da
nombre a esta bitácora. Es más, en alguno de los primeros comentarios que recibí,
alguien me criticaba por adoptar una postura radical en un campo tan humanista
como la pedagogía. Por el tono del mismo, casi parecía que ser radical era poco
menos que ser un terrorista del pensamiento. Y creo que eso no es así; ni mucho
menos. Intentaré explicarme.
Para tal fin voy a exponer un
fragmento de un texto que Erich Fromm escribiera para la introducción del libro
Alternativas de Ivan Illich. En este
texto, Fromm señalaba que si bien eran muchos los puntos en los que no
terminaba de congeniar con Illich, sí existía, al menos, una actitud que le
hacia sentirse fuertemente vinculado con su colega. Esta actitud la denominó: “radicalismo
humanista”. (Ivan Illich, 1977, Alternativas,
pp. 7-8-9 Cuadernos de Joaquín Mortiz):
¿Qué se quiere decir con radicalismo? ¿Qué es lo que implica
radicalismo humanista?
Por el radicalismo no me refiero principalmente a un cierto conjunto de ideas
sino más bien a una actitud, a una “manera de ver”, por así decir. Para
comenzar, esta manera de ver puede ser caracterizada por el lema: de omnibus
dubitandum; todo debe ser objeto de duda, particularmente compartidos por todos
y que como consecuencia han asumido el papel de axiomas indudables del sentido común.
En este sentido, “dudar” no implica un estado psicológico de
incapacidad para llegar a decisiones o convicciones, como es el caso de la duda
obsesiva, sino la disposición y capacidad para cuestionar críticamente todas
las asunciones e instituciones que se han convertido en ídolos, en nombre del
sentido común, la lógica y lo que se supone que es “natural”. Ese
cuestionamiento radical sólo es posible si uno no da por sentados los conceptos
de su propia sociedad o de todo un período histórico –como la cultura occidental
desde el Renacimiento- y, más aún, su uno aumenta el alcance de su percepción y
se interna en los aspectos de su pensar. Dudar radicalmente es un acto de
investigación y descubrimiento; es comenzar a darnos cuenta de que el Emperador
está desnudo y su espléndido atuendo no es más que el producto de nuestra
fantasía.

(Erich Fromm, 1900-1980)
Dudar radicalmente quiere decir cuestionar; no quiere necesariamente decir
negar. Es fácil negar simplemente al aseverar lo opuesto de lo que existe; la
duda radical es dialéctica en cuanto abarca el proceso del desenvolvimiento de
los opuestos y se dirige hacia una nueva síntesis que niega y afirma.
La duda radical es un proceso; un proceso que nos libera del pensamiento
idolatrante; un ensanchamiento de la percepción, de la visión creativa e
imaginativa de nuestras posibilidades y opciones. La actitud radical no existe
en el vacío. No empieza de la nada, sino que comienza en las raíces, y la raíz,
como dijo una vez Marx, es el hombre. Pero decir “la raíz es el hombre” no
quiere significar un sentido positivista, descriptivo. Cuando hablamos del
hombre no hablamos de él como una cosa sino como un proceso; hablamos de su
potencial para desarrollar sus poderes; los poderes de dar mayor intensidad a
su ser, mayor armonía, mayor amor, mayor percepción. También hablamos del
hombre como un potencial de ser corrupto, de su poder de acción que se
transforma en la pasión de poder sobre los demás, de su amor por la vida que
degenera en pasión destructora de la vida.
El radicalismo humanista es un cuestionamiento radical guiado por el
entendimiento de la dinámica de la naturaleza del hombre; y por una
preocupación por el crecimiento y pleno desarrollo del hombre. En contraste con
el positivismo contemporáneo, el radicalismo humanista no es “objetivo”, si por
“objetividad” se entiende teorizar sin una meta manifiesta con pasión y que
impulse y nutra al proceso del pensamiento. Pero al radicalismo humanista es
extremadamente objetivo si por ello se entiende que cada paso en el proceso del
pensamiento está basado en evidencia críticamente analizada, y si además adopta
una actitud crítica frente a premisas del sentido común. Todo esto significa
que el radicalismo humanista cuestiona toda idea y toda institución desde el punto
de vista de que ayuden y obstaculicen la capacidad del hombre para aumentar su
vitalidad y alegría.