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martes, 02 de septiembre de 2008

Por fin llegó septiembre y por fin llegué a México. Después de varios meses de papeles, de presentar informes, de conseguir firmas de autorización, de mandar e-mails y de sufrir la doble pesadilla de la burocracia española y mexicana, ya puedo decir que estoy sin mayor novedad en la Ciudad de México. Y estaré prácticamente hasta febrero de 2009. Tiempo suficiente, espero, no sólo para avanzar con mi tesis doctoral, sino también para continuar dando forma a este blog.

    
                    (Vista de la Ciudad de México)


Volver a México para mi tiene un significado especial. En primer lugar porque de mis dos estancias anteriores, una en la Universidad Iberoamericana y la otra trabajando con proyectos educativos en Chiapas, guardo muy buenos recuerdos. Y en segundo porque aterrizar de nuevo en México supone una nueva oportunidad de seguir conociendo un sin fin de experiencias pedagógicas realmente innovadoras. Además, algo que me motiva es, sin dudad, el hecho de contar para los próximos meses con el apoyo de una institución académica como el Colegio de México.




              (el Colegio de México)

Pero este viaje al otro lado del charco también conlleva reencontrarme con una realidad que desde Madrid aparentaban quedar muy lejos. De hecho, vivir en la Ciudad de México supone no sólo una superación diaria, sino también un tiempo para acostumbrar la mirara a todo, esto es, a lo más despampanante y a lo más destartalado, a la abundancia y la miseria, a lo moderno y lo antiguo, al futuro y al pasado,…

Si bien, ayer mientras paseaba por el centro del DF ya tuve mi primera toma de contacto con el ambiente que hoy se respira en México. Mientras degustaba en el café La Blanca un plato de chilaquiles con pollo y un café excelente, abrí el periódico La Jornada y leyendo la sección El Astillero de Julio Hernández López encontré lo siguiente en relación a la manifestaión que el domingo se celebró en la capital mexicana bajo el eslogan de: "marcha contra la inseguridad":

¿Qué fue primero, el huevo (la corrupción, la desigualdad, la injusticia) o la gallina (la inseguridad, el narcotráfico, los secuestros)? Para que el respetable público no se quiebre la cabeza, la siempre supletoria televisión ha dado la respuesta: lo primero fue la gallina, pero no toda ella sino una de sus partes, la inseguridad, sobre todo en una de sus expresiones más brutales, el secuestro. Concéntrense, pues, las fuerzas sociales en los esfuerzos despolitizados, descafeinados, embargables por los verdaderos inversionistas y ganadores, de buscar resolución (parcial, selecta, cupular: aparente) del problema gallináceo y no de sus orígenes y causas. No importa el saqueo del país ni quienes lo han hecho, no importa el fraude electoral ni sus consecuencias sangrientas, no importa cómo se ha llevado la desigualdad social y económica a niveles que propician la criminalidad y el horror cotidiano, no importa que unos cuantos se quieran quedar con el petróleo nacional y con ello generen más injusticia, desigualdad y criminalidad sin cuello blanco: lo que importa hoy es que todo mundo esté atento al conejo blanco (la gallina) de la lucha contra la inseguridad, sin asomarse a la negra chistera y sus trucos ovales de virtual expropiación en favor de particulares. Que no haya apátridas que se fijen hoy en el huevo, sino en la gallina. Mexicanos al grito de la tv, el silencio aprestad y el marchar.

El ambiente en México está caldeado. Desde que llegué vamos a manifestación por día y tengo la sensación que desde mi última estancia en México, allá por el verano de 2006, son muy pocas las cosas que han cambiado en los político y lo social. Tiempo tendré de observar si esta primera impresión es acertada y tiempo tendré también para contarlo en el blog.

15:22 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (2)