Por
fin llegó septiembre y por fin llegué a México. Después de varios meses de
papeles, de presentar informes, de conseguir firmas de autorización, de mandar
e-mails y de sufrir la doble pesadilla de la burocracia española y mexicana, ya
puedo decir que estoy sin mayor novedad en la Ciudad de México. Y estaré prácticamente hasta
febrero de 2009. Tiempo suficiente, espero, no sólo para avanzar con mi tesis
doctoral, sino también para continuar dando forma a este blog.

(Vista de la Ciudad de México)
Volver a México para mi tiene un significado especial. En primer lugar
porque de mis dos estancias anteriores, una en la Universidad
Iberoamericana y la otra trabajando con proyectos educativos
en Chiapas, guardo muy buenos recuerdos. Y en segundo porque aterrizar de nuevo
en México supone una nueva oportunidad de seguir conociendo un sin fin de experiencias pedagógicas
realmente innovadoras. Además, algo que me motiva es, sin dudad, el hecho de
contar para los próximos meses con el apoyo de una institución académica como
el Colegio de México.

(el Colegio de México)
Pero
este viaje al otro lado del charco también conlleva reencontrarme con una
realidad que desde Madrid aparentaban quedar muy lejos. De hecho, vivir en la Ciudad de México supone no
sólo una superación diaria, sino también un tiempo para acostumbrar la mirara a
todo, esto es, a lo más despampanante y a lo más destartalado, a la abundancia
y la miseria, a lo moderno y lo antiguo, al futuro y al pasado,…
Si
bien, ayer mientras paseaba por el centro del DF ya tuve mi primera toma de
contacto con el ambiente que hoy se respira en México. Mientras degustaba en el
café La Blanca
un plato de chilaquiles con pollo y un café excelente, abrí el periódico La Jornada y leyendo la sección
El Astillero de Julio Hernández López encontré lo siguiente en relación a la manifestaión que el domingo se celebró en la capital mexicana bajo el eslogan de: "marcha contra la inseguridad":
¿Qué
fue primero, el huevo (la corrupción, la desigualdad, la injusticia) o la
gallina (la inseguridad, el narcotráfico, los secuestros)? Para que el
respetable público no se quiebre la cabeza, la siempre supletoria televisión ha
dado la respuesta: lo primero fue la gallina, pero no toda ella sino una de sus
partes, la inseguridad, sobre todo en una de sus expresiones más brutales, el
secuestro. Concéntrense, pues, las fuerzas sociales en los esfuerzos
despolitizados, descafeinados, embargables por los verdaderos inversionistas y
ganadores, de buscar resolución (parcial, selecta, cupular: aparente) del
problema gallináceo y no de sus orígenes y causas. No importa el saqueo del
país ni quienes lo han hecho, no importa el fraude electoral ni sus
consecuencias sangrientas, no importa cómo se ha llevado la desigualdad social
y económica a niveles que propician la criminalidad y el horror cotidiano, no
importa que unos cuantos se quieran quedar con el petróleo nacional y con ello
generen más injusticia, desigualdad y criminalidad sin cuello blanco: lo que
importa hoy es que todo mundo esté atento al conejo blanco (la gallina) de la
lucha contra la inseguridad, sin asomarse a la negra chistera y sus trucos
ovales de virtual expropiación en favor de particulares. Que no haya apátridas
que se fijen hoy en el huevo, sino en la gallina. Mexicanos al grito de la tv,
el silencio aprestad y el marchar.
El
ambiente en México está caldeado. Desde que llegué vamos a manifestación por día
y tengo la sensación que desde mi última estancia en México, allá por el verano
de 2006, son muy pocas las cosas que han cambiado en los político y lo social. Tiempo
tendré de observar si esta primera impresión es acertada y tiempo tendré también
para contarlo en el blog.