Ayer se celebró en el Aula Magna
de la Facultad de Educación de la UCM un encuentro con el rector Carlos Berzosa.
El tema a tratar era realmente polémico: el nuevo postgrado para la formación
de los maestros de secundaria.

En verdad el tema se las traía. Sucedía que tras un convulso claustro celebrado el pasado 26 de mayo, la UCM se convertía en la única Universidad de España que pretendía hacer de este nuevo postgrado un espacio del que participaran por igual las distintas Facultades supuestamente afectadas. Con esta decisión, el claustro de la UCM, según se declaró por parte del Decanato de la Facultad de Educación (documento del 3 de junio), estaba impidiendo el desarrollo de la Orden Ministerial de septiembre de 2007 y, al tiempo, la Facultad de Educación veía como uno de los postgrados más fuertes (y suculentos) del nuevo EEES se alejaba de su control.
En este sentido parece ser que desde las autoridades de la UCM, se ha intentado liderar (desde la soledad) una nueva corriente que apuesta por una configuración interdisciplinar del postgrado en cuestión, sin otorgar a la Facultad de Educación un rol vertebrador del mismo. Como consecuencia, la Facultad de Educación es la única de toda España que todavía en el día de hoy no sabe cuál será su función dentro de la nueva reestructuración de los estudios necesarios para ejercer como profesor de secundaria en el futuro.
Por todas estas razones el debate en el Aula Magna tuvo momentos de cierta tensión. Las críticas lanzadas contra al Rector fueron contundentes, algunas de ellas apelaron incluso al deshonor que desde la rectoría se ha realizado al área científica de la pedagogía y la psicopedagogía. Hubo reproches notables en relación a la escasa consideración que por parte de la rectoría se ha tenido en los últimos años respecto a la labor científica que se viene realizando en la Facultad de Educación. Ahora bien, también la voz de algunos docentes hizo hincapié en que los propios profesores de la Facultad, durante los últimos años, han sido incapaces de anticipar muchos de los problemas que directamente iban a afectar a su centro de estudios con la configuración del EEES (en fin, la vieja costumbre española de no estudiar hasta el día antes del examen…).
No obstante, desde mi perspectiva, el debate tuvo un trasfondo de cierto contenido que merece ser rescatado. En el fondo considero que lo que se discutía era realmente interesante no sólo para la nueva estructura de la Universidad en los próximos cursos, sino también para alguno de los fundamentos propios de la pedagogía. Así, la pregunta que flotaba en el ambiente era: a un profesor de secundaria, para enseñar una materia ¿le vale con tener conocimientos de la materia o además debe saber enseñar esa materia? O como señaló uno de los docentes presentes en el encuentro de ayer: para enseñar a Juan Latín… ¿Hay que saber laltín o hay que conocer a Juan?

A nadie se le escapa que optar de forma tajante por una u otra opción es, sin duda, un error. Los conocimientos respecto de una materia por parte del docente son necesarios, al igual que los conocimientos pedagógicos son imprescinsibles para la síntesis, transmisión y evaluación de los contenidos de una materia. Por eso, cualquier opción pasa por una formación interdisciplinar del futuro profesor de secundaria. Si bien, en este caso son los matices de grises los que están haciendo que la balanza vaya de un lado a otro.
Desde algunas Facultades (la Facultad de Filosofía a la cabeza) se señala que el postgrado no debe ser impartido por pedagogos que nada saben de filosofía y que mejor sería si este periodo de formación se centrara más en reforzar los contenidos que han de impartirse por parte del profesorado de secundaria. En este sentido la labor de los pedagogos no parecen ser bien vista por los filósofos (curioso ¿no?). Más allá de cuestiones corporativistas, desde las distintas asambleas de estudiantes de filosofía se viene defendiendo la necesidad que tiene el futuro profesor de secundaria de continuar sus estudios en filosofía sin tener que indigestarse con una dosis de dos años de pedagogía (no seré yo quien lo recomiende…).
Y mientras, desde la Facultad de Educación, se intenta defender que si la labor de la Facultad de Derecho en formar abogados, la de Medicina médicos y la de Veterinaria veterinarios, la Facultad de Educación debe formar maestros. Se acepta la participación interdisciplinar (aunque la Facultad de Educación, de por sí, ya es interdisciplinar), pero se precisa que corresponde a esta Facultad y no a otra hacer de eje sobre la que se sostenga la propia interdisciplinariedad. Cierto es que también aquí sale a flote el corporativismo docente que ve como un buen trozo de la tarta del EEES puede ir para otra fiesta de cumpleaños.
Y en medio de todo este jaleo aparece el señor Rector, quien durante las tres horas que duró el acto introdujo de una forma poco precisa la cuestión. De hecho, su participación, así como su entrada al debate, bien pudo asemejarse a la de un elefante en una cacharrería. Lo mismo justificaba sus escarceos pedagógicos en lo que su hija le comentaba desde que había comenzado a trabajar en una escuelita, que hacía alusión a su experiencia en el estudio del fracaso escolar con una asociación madrileña preocupada por la causa o hablaba de su experiencia como profesor de COU hace no sé cuanto años. Poco rigor el que mostró Carlos Berzosa y poca seriedad. Una pena.