En La construcción social de la realidad (1966), Berger y Luckmann presentan
un recorrido por la historia de las instituciones y su papel dentro de la
sociedad desde la teoría del conocimiento. Su intención es situar el modo en
que los seres humanos consiguen objetivizar cierto grado de conocimiento, el
cual, mediante su asentamiento en la rutina del día a día, llega a configurar
universos simbólicos que operan de forma significativa en lo que se ha
denominado como sentido común.

Así, en un primer acercamiento a
la genealogía de las instituciones desde la teoría del conocimiento, la vida
cotidiana se muestra como una realidad interpretada por los humanos a partir de
cierta coherencia de los significados subjetivos compartidos. Es la vida
cotidiana un mundo que se comparte con otros. Un mundo intersubjetivo que no
puede existir sin la interacción y comunicación constante con los otros. Razón
por la que el conocimiento propio del sentido común, dirán Berger y Luckmann,
se presenta como aquel que se comparte con otros en las rutinas normales y
auto-evidentes de la vida cotindiana (La
construcción social de la realidad, 2006, p. 39, Editorial Amorrortu).
Ahora bien, al introducir la
variable temporal dentro de estas relaciones intersubjetivas que constituyen el
conocimiento de la vida cotidiana, se puede constatar como las estructuras que
en un principio no pasaban de ser rutinas compartidas, progresivamente
adquieren la forma de secuencias preestablecidas que consiguen imponerse en la
biografía de los miembros de la sociedad. Estas secuencia preestablecidas hacen
que la realidad social de la vida cotidiana sea tipificada y alcance un
carácter anónimo al superar las barreras espacio temporales.
Para ambos autores las
tipificaciones conllevan un grado de objetivización significativo de la
realidad, lo cual, a su vez, está estrechamente relacionado con la producción
humana de signos. En este sentido un signo es considerado como punto de
inflexión en la evolución social de la especie humana: el lenguaje. No
obstante, “el lenguaje, que aquí podemos definir como un sistema de signos
vocales, es el sistema de signos más importante de la sociedad humana” (Ibíd.
p. 53). Siendo además un signo “capaz de trascender por completo la realidad de
la vida cotidiana.” (Ibíd. p. 56). En consecuencia, haciendo un recorrido en la
historia de los sistemas simbólicos, resulta que sistemas ligados estrechamente
con el lenguaje –es el caso de la religión, la filosofía, el arte y la ciencia–
han llegado a constituirse como representaciones simbólicas de enormes
proporciones.
Sin embargo todo este universo de
signos resultaría irrelevante para la teoría del conocimiento si no se
analizara con detenimiento una de las cualidades inherentes al organismo
humano, es decir, la plasticidad que el ser humano demuestra en su relación
ante las fuerzas ambientales que operan sobre él (Ibíd. p. 66). Mismas fuerzas
ambientales que se constituyen a partir de la influencia biológica-natural del
organismo y la influencia social en la que los otros significativos median
entre el ambiente natural y lo propiamente humano (Ibíd. p. 68).

(
Peter Berger, 1929)
Entonces, una vez asumida la
plasticidad humana como cualidad inherente, y al iniciar el estudio de los
orígenes de la institucionalización, dirán Berger y Luckmann, un punto de
partida resulta fundamental tener presente: “Toda actividad está sujeta a la
habituación. Todo acto que se repite con frecuencia, crea una pauta que luego
puede reproducirse con economía de esfuerzos y que ipso facto es aprehendida como pauta por el que la ejecuta.” (Ibíd.
72) Para los seres humanos, la habituación ha significado la gran ventaja
psicológica de restringir las opciones. Hace innecesario tener que volver a
definir cada situación de nuevo, desde el principio.
De ahí que “la
institucionalización aparezca cada vez que se da una tipificación recíproca de
acciones habitualizadas por tipos de actores.” (Ibíd. p. 74). Por eso, al decir
que una acción se ha institucionalizado, se está también señalando que la
acción social continúa en el tiempo y que, además, ha sido sometida a control
social. En definitiva, “un mundo institucional, pues, se experimenta realidad
objetiva, tiene una historia que antecede al nacimiento del individuo y no es
accesible a su memoria biográfica” (Ibíd. p. 80). Al objetivizar el medio, la
actividad humana es, asimismo, objetivada, resultando que la sociedad queda
constituida como un producto humano, mientras que la sociedad es una realidad
objetiva y el hombre un producto social (Ibíd. p. 82). Y aquí el lenguaje
vuelve a resulta clave (Ibíd. p. 85):
El lenguaje proporciona la superposición
fundamental de la lógica al mundo social objetivado. Sobre el lenguaje se
construye el edificio de la legitimación, utilizándolo como instrumento
principal. La «lógica» que así se atribuye al orden institucional es parte del
acopio de conocimiento socialmente disponible y que, como tal, se da por
establecido.
Para ampliar información: "La construcción social de la realidad" de Peter Berger y Thomas Luckmann. Un trabajo clave para el estudio de las instituciones modernas. (Segunda parte)