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Paul Goodman nació en la ciudad de Nueva York en 1911, y falleció en 1972 de un ataque al corazón . Criado en un ambiente pequeño burgués, desde muy pronto demostró una gran capacidad para el estudio de temáticas diversas y una destacada habilidad para escribir desde poesía, cuentos o teatro, hasta ensayo, novela o crítica literaria. Dedicado a sus estudios en la Universidad de Chicago, su obra no adquirió un notable compromiso con las corrientes de pensamiento libertario hasta bien entrada la década de los años cuarenta. Es más, su fama como icono de la contracultura estadounidense no fue tal hasta varias décadas después, ya en los sesenta. Años en los que Goodman concibió sus ensayos de carácter más pedagógico.


          
                         (Paul Goodman 1911-1972)

Sin embargo, veinte años antes ya su producción intelectual dejó obras de gran calado. Entre 1942 y 1959 escribió por entregas la novela La ciudad del imperio, y en 1949 publicó junto con su hermano arquitecto una obra que hoy es considerada como un hito de la literatura urbanística: Comunitas: Means of Llivelihood and Ways of Live. Luego, ya en la década de los cincuenta, a la vez que realizó intentos por alcanzar una plaza en alguna universidad norteamericana, colaboró junto con Laura Perls y Ralph Hefferline en una de las obras más destacadas de la psicología Gestalt, Terapia Gestalt en 1951.

Pero el nombre de Goodman no alcanzó una repercusión importante en la comunidad intelectual hasta que iniciada la década de los sesenta publicó lo que se consideran sus tres grandes ensayos sobre educación: El crecimiento absurdo, La comunidad de los escolares y La deseducación obligatoria. En esta trilogía educativa Goodman intentó dar respuesta a la cuestión sobre la que giró su pensamiento pedagógico (La deseducación obligatoria, 1973, p. 65 Editorial Fontanella): “¿Merece la pena el penoso esfuerzo de años de asistencia a una escuela sin valor alguno intrínseco y plenamente descorazonadora?”. Inspirado en la filosofía de John Dewey, en su teoría de la experiencia personal y de la vida de la comunidad, abordó el problema de la educación sin complejos consiguiendo despertar a la aletargada comunidad pedagógica norteamericana.

Así, bien podría decirse que este autor neoyorquino, nada más iniciar la década de los sesenta, había conseguido abrir la crítica radical de la escuela. Sus tres principales trabajos vinculados con el campo de la educación no tardaron en encontrar un respaldo entre las principales figuras de la pedagogía crítica radical norteamericana. Con un estilo poco complaciente con las políticas educativas que se estaban llevando a cabo en los EEUU, Goodman no dudó en plantear lo dos grandes riesgos que se derivaban de un modelo de educación encerrado en los grandes sistema escolares. Por una parte se corría el riesgo de que se encumbrara un fascismo absolutista de derecha como consecuencia de la tímida actuación de los poderes constituidos ante el avance del nuevo totalitarismo escolar. Y por otra, el peligro de que quedara establecida una “casta monacal educativa” fruto de la uniformación y lavado de cerebro progresivo ejercido sobre los individuos en la escuela.

Asimismo, Goodman realizó un esfuerzo por alcanzar la raíz de la crisis educativa que vivían las instituciones escolares. Lo que le llevó a cuestionarse, en un primer momento, la utilidad de la obligatoria asistencia a la escuela y la posibilidad de abrir nuevos espacios que hicieran la función de medios educativos. Entendía que la educación era una función natural que acontecía inevitablemente, dado que los jóvenes se desarrollaban sobre la base de sus mayores, en dirección a sus mismas actividades y adentrándose o enfrentándose a sus instituciones. Y creía que la escuela en este proceso no era más que un auxiliar inevitable, lo cual podía llevar al error de pensar que la escuela tuviera algo que ver con la educación, o mejor dicho, con la buena educación (Paul Goodman, Ibíd.,p. 23).

          

Inmerso en este proceso de análisis sin tapujos de las instituciones escolares, Goodman (Ibíd., p. 24) lanzó sus análisis más contundentes al estudiar el rol social que las escuelas desempeñaban dentro de las sociedades modernas:

En el plano de la organización las escuelas juegan un papel no-educativo y un papel educativo. El no educativo posee una importancia extrema. En sus primeras fases, las escuelas no son más que un servicio de guardería infantil durante un periodo de colapso de la familia configurada al estilo de antaño y durante una época de extrema urbanización y movilidad urbana. En sus grados medios y superior son un auxiliar de la policía al proporcionar agentes y campos de concentración subvencionados en el presupuesto bajo el epígrafe de “Departamento de Educación”. La función educativa estriba en conjunto en suministrar, con cargo al presupuesto público y familiar, formación profesional para las distintas empresas, para el gobierno y para la misma profesión de enseñante, así como disciplinar a los jóvenes.  

Además, para Goodman, en las escuelas era donde los niños y los jóvenes aprendían que la vida es rutina, que estaba despersonalizada y que era mejor hacer lo que estaba mandado y cerrar la boca. Porque la escuela lejos de educar deseducaba. Dentro del espacio escolar no había lugar para la espontaneidad, la sexualidad abierta y el espíritu libre, ya que la socialización que se daba en las escuelas dependía de la normativa nacional. En el momento que cualquier aprendizaje quedaba encerrado dentro de una asignatura se convertía en una técnica y no en un contenido propio.

Aunque también de los trabajos de Goodman se desprende una línea propositiva. Así, para una reestructuración de la educación organizada, pensaba que era necesario no tener a los jóvenes tantos años en la escuela, y menos aún en la escuela superior. Era preciso, construir espacios libres donde cada quien tuviera la libertad de escoger entre asistir a clase o no hacerlo en absoluto. En consecuencia, Goodman situaría explícitamente su propuesta más próxima a las tesis de Neill que a las de Dewey. Sus intentos por pensar otra forma de organizar la educación más allá de cierto aire trasgresor, derivaron también en un tono provocador (Ibíd. p. 75):

Por ello, las oportunidades educativas deben ser diversas y diversamente administradas. Debemos reducir más bien que extender el sistema escolar monolítico actual. Yo sugeriría que, siguiendo el modelo del Ejército, hagamos la experiencia de entregar el dinero directamente a los adolescentes en edad de asistir a la escuela superior, para que lo apliquen a cualquier finalidad educativa plausible que ellos mismos hayan escogido, tales como un viaje con un objetivo útil o un proyecto individual. Esto conduciría también, naturalmente, a una proliferación de escuelas experimentales.

 En su libro La des-educación obligatoria, para el caso concreto de la educación universitaria, apostó por dos alternativas para superar esta crisis evidente de la educación. Por una parte, exigir como requisito previo a la admisión el haber dedicado un período de dos años, después de finalizar la escuela superior, a una actividad adulta. Y por otro, la eliminación del sistema de evaluación de los alumnos en función de las calificaciones, puesto que: “Si uno es capaz de establecer en los estudiantes la convicción de que se está examinando, no para calificar y hacer odiosas comparaciones, sino para su propio bien, el estudiante buscará generalmente su propio nivel, aquella cuya dificultad le suponga un acicate, pero para el que se sienta capaz, y no intentará pasar fraudulentamente” (La des-educación obligatoria, 1964, p. 153).

 Al mismo tiempo que su radical concepto de la educación institucional encontró espacio en el debate académico, su libro autobiográfico titulado Cinco años lo introdujo en una nueva polémica como consecuencia de su declarada homosexualidad. En este tiempo fue despedido de varios trabajos y se vio obligado a renunciar a algunas de sus colaboraciones en editoriales. Aunque con su declaración consiguió adelantarse al movimiento “Gay” que poco tiempo después vería la luz en las grandes ciudades norteamericanas. Desde entonces Goodman no dudó en presentar sus orientaciones sexuales con naturalidad. 

Como señala su colega Edgar Friedenberg (Paul Goodman (1911-1971), 1993, p. 628):

Su influencia ha sido reconocida con frecuencia. Su observación del destino de los jóvenes en la sociedad fue profética y premonitoria, y su influencia en los debates sobre educación, pero no en la práctica de la enseñanza, fue profunda. (…) Hasta que se publicó la obra de Illich La sociedad desescolarizada (1971), un año antes de morir Goodman, éste era a la vez el principal iconoclasta e icono de los críticos izquierdistas de educación.

 

 


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Comentarios

# re: Paul Goodman (1911-1972); un autor pionero en la pedagogía crítica de los EE.UU.

07/11/2008 16:28 por MIRIAM
NO ME GUSTO SON PATETICOS
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