Paul Goodman
nació en la ciudad de Nueva York en 1911, y falleció en 1972 de un ataque al
corazón . Criado en un ambiente pequeño burgués, desde muy pronto demostró una
gran capacidad para el estudio de temáticas diversas y una destacada habilidad
para escribir desde poesía, cuentos o teatro, hasta ensayo, novela o crítica
literaria. Dedicado a sus estudios en la Universidad de Chicago, su obra no
adquirió un notable compromiso con las corrientes de pensamiento libertario
hasta bien entrada la década de los años cuarenta. Es más, su fama como icono
de la contracultura estadounidense no fue tal hasta varias décadas después, ya
en los sesenta. Años en los que Goodman concibió sus ensayos de carácter más
pedagógico.

(Paul Goodman 1911-1972)
Así, bien podría decirse que este autor neoyorquino, nada más iniciar
la década de los sesenta, había conseguido abrir la crítica radical de la
escuela. Sus tres principales trabajos vinculados con el campo de la educación no tardaron en encontrar un respaldo entre
las principales figuras de la pedagogía crítica radical norteamericana. Con un
estilo poco complaciente con las políticas educativas que se estaban llevando a
cabo en los EEUU, Goodman no dudó en plantear lo dos grandes riesgos que se
derivaban de un modelo de educación encerrado en los grandes sistema escolares.
Por una parte se corría el riesgo de que se encumbrara un fascismo absolutista
de derecha como consecuencia de la tímida actuación de los poderes constituidos
ante el avance del nuevo totalitarismo escolar. Y por otra, el peligro de que
quedara establecida una “casta monacal educativa” fruto de la uniformación y
lavado de cerebro progresivo ejercido sobre los individuos en la escuela.
Asimismo, Goodman realizó un esfuerzo por alcanzar la raíz de la crisis
educativa que vivían las instituciones escolares. Lo que le llevó a cuestionarse, en un
primer momento, la utilidad de la obligatoria asistencia a la escuela y la
posibilidad de abrir nuevos espacios que hicieran la función de medios
educativos. Entendía que la educación era una función natural que acontecía
inevitablemente, dado que los jóvenes se desarrollaban sobre la base de sus
mayores, en dirección a sus mismas actividades y adentrándose o enfrentándose a
sus instituciones. Y creía que la escuela en este proceso no era más que un
auxiliar inevitable, lo cual podía llevar al error de pensar que la escuela
tuviera algo que ver con la educación, o mejor dicho, con la buena educación
(Paul Goodman, Ibíd.,p. 23).

Inmerso en este proceso de análisis sin tapujos de las instituciones
escolares, Goodman (Ibíd., p. 24) lanzó sus análisis más contundentes al estudiar el
rol social que las escuelas desempeñaban dentro de las sociedades modernas:
En el plano de la organización las escuelas juegan un
papel no-educativo y un papel educativo. El no educativo posee una importancia
extrema. En sus primeras fases, las escuelas no son más que un servicio de
guardería infantil durante un periodo de colapso de la familia configurada al
estilo de antaño y durante una época de extrema urbanización y movilidad
urbana. En sus grados medios y superior son un auxiliar de la policía al
proporcionar agentes y campos de concentración subvencionados en el presupuesto
bajo el epígrafe de “Departamento de Educación”. La función educativa estriba
en conjunto en suministrar, con cargo al presupuesto público y familiar,
formación profesional para las distintas empresas, para el gobierno y para la
misma profesión de enseñante, así como disciplinar a los jóvenes.
Además, para
Goodman, en las escuelas era donde los niños y los jóvenes aprendían que la
vida es rutina, que estaba despersonalizada y que era mejor hacer lo que estaba
mandado y cerrar la boca. Porque la escuela lejos de educar deseducaba. Dentro
del espacio escolar no había lugar para la espontaneidad, la sexualidad abierta
y el espíritu libre, ya que la socialización que se daba en las escuelas
dependía de la normativa nacional. En el momento que cualquier aprendizaje quedaba
encerrado dentro de una asignatura se convertía en una técnica y no en un
contenido propio.
Aunque
también de los trabajos de Goodman se desprende una línea propositiva. Así,
para una reestructuración de la educación organizada, pensaba que era necesario
no tener a los jóvenes tantos años en la escuela, y menos aún en la escuela
superior. Era preciso, construir espacios libres donde cada quien tuviera la
libertad de escoger entre asistir a clase o no hacerlo en absoluto. En
consecuencia, Goodman situaría explícitamente su propuesta más próxima a las
tesis de Neill que a las de Dewey. Sus intentos por pensar otra forma de
organizar la educación más allá de cierto aire trasgresor, derivaron también en
un tono provocador (Ibíd. p. 75):
Por ello, las oportunidades educativas deben ser
diversas y diversamente administradas. Debemos reducir más bien que extender el
sistema escolar monolítico actual. Yo sugeriría que, siguiendo el modelo del
Ejército, hagamos la experiencia de entregar el dinero directamente a los adolescentes
en edad de asistir a la escuela superior, para que lo apliquen a cualquier
finalidad educativa plausible que ellos mismos hayan escogido, tales como un
viaje con un objetivo útil o un proyecto individual. Esto conduciría también,
naturalmente, a una proliferación de escuelas experimentales.
En su libro La des-educación obligatoria, para el
caso concreto de la educación universitaria, apostó por dos alternativas para
superar esta crisis evidente de la educación. Por una parte, exigir como requisito
previo a la admisión el haber dedicado un período de dos años, después de
finalizar la escuela superior, a una actividad adulta. Y por otro, la
eliminación del sistema de evaluación de los alumnos en función de las
calificaciones, puesto que: “Si uno es capaz de establecer en los estudiantes
la convicción de que se está examinando, no para calificar y hacer odiosas
comparaciones, sino para su propio bien, el estudiante buscará generalmente su
propio nivel, aquella cuya dificultad le suponga un acicate, pero para el que
se sienta capaz, y no intentará pasar fraudulentamente” (La des-educación obligatoria, 1964, p. 153).
Al mismo tiempo que su radical concepto de la educación institucional
encontró espacio en el debate académico, su libro autobiográfico titulado Cinco años lo introdujo en una nueva
polémica como consecuencia de su declarada homosexualidad. En este tiempo fue
despedido de varios trabajos y se vio obligado a renunciar a algunas de sus
colaboraciones en editoriales. Aunque con su declaración consiguió adelantarse
al movimiento “Gay” que poco tiempo después vería la luz en las grandes
ciudades norteamericanas. Desde entonces Goodman no dudó en presentar sus orientaciones
sexuales con naturalidad.
Como señala su colega Edgar
Friedenberg (Paul Goodman (1911-1971),
1993, p. 628):
Su influencia ha sido reconocida con frecuencia. Su
observación del destino de los jóvenes en la sociedad fue profética y
premonitoria, y su influencia en los debates sobre educación, pero no en la
práctica de la enseñanza, fue profunda. (…) Hasta que se publicó la obra de
Illich La sociedad desescolarizada
(1971), un año antes de morir Goodman, éste era a la vez el principal
iconoclasta e icono de los críticos izquierdistas de educación.