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lunes, 07 de julio de 2008

Doy inicio a un conjunto de post que van encaminados a precisar (y ampliar) algunas de las reflexiones presentadas en la comunicación para el III Encuentro Edublogs: “Universidad, conocimiento pedagógico y los Blogs”. La intención es no sólo continuar el debate en torno al peso que las nuevas tecnologías (especialmente las derivadas de la web 2.0) tienen dentro del campo académico universitario de la pedagogía, sino también poner sobre la mesa la tesis central presentada en mi participación en el encuentro, esto es: hoy quienes están liderando la innovación pedagógica que se deriva de la aplicación de las herramientas tecnológicas en los procesos de enseñanza aprendizaje son los maestros de infantil, primaria y secundaria, al tiempo que los docentes (me refiero especialmente a los del campo científico de la pedagogía y psicopedagogía) de nuestras queridas universidades han quedado rezagados en la aplicación de las herramientas tecnológicas en el desarrollo de su actividad docente e investigadora.


Tomando esta tesis como punto de referencia da inicio un conjunto de reflexiones que en este primer post intentarán realizar un acercamiento genealógico desde la pedagogía a la relación histórica entre la Universidad y el conocimiento. Así, cabe mencionar que quizá hoy las instituciones universitarias y su rol social, pueden ser consideradas como uno de los legados más relevantes que la cultura occidental comparte con gran número de las sociedades y culturas conocidas. Su capacidad como institución  para encontrar un lugar de cierta trascendencia, ha permitido a la Universidad ser interpretada y resignificada dentro de las más diversas composiciones y estructuras sociales. Las Universidades no sólo son consideradas como los espacios fundamentales para la construcción del conocimiento, sino que además son percibidas como instituciones donde depositar la esperanza en nuevos conocimientos y nuevas formas de acceder y participar de los mismos.

La aparición de los primeros centros universitarios fue consecuencia del volumen de conocimientos acumulados en un espacio y tiempo concretos. Los antiguos monasterios, dedicados exclusivamente a la conservación del conocimiento, fueron rebasados por una nueva institución que ampliaba esta relación con el conocimiento para iniciarse en un proceso de transmisión del mismo.

Con el tiempo, aquel modelo universitario consiguió adaptarse paulatinamente a las diferentes culturas que vieron en estas instituciones un modelo de organización provechoso para la conservación, transmisión y generación de nuevo conocimiento. Nacía entonces la Universidad Moderna que se distinguía de los centros medievales en su faceta investigadora. La transformarción y la generación de nuevo conocimiento pasaba a ser una tarea propia de la Universidad, y para tal fin, se iniciaba toda una nueva estructuración de los centros de educación superior. Aparecían entonces las facultades, los departamentos, la división de los campos de conocimiento…El conocimiento fue, a su vez, creciendo en estructuración.

En la actualidad, y como consecuencia posiblemente del desastroso siglo XX, a la Universidad del siglo XXI, se le exige, además de las funciones propias de la Universidad Moderna, un compromiso social con la realidad. Y el problema es que los centros de educación superior, en este momento histórico, han encontrado por primera vez dos elementos que vienen a significar una competencia para las que otrora fuera tareas propias de la Universidad. Así, las TICs (especialmente las herramientas tecnológicas que se derivan de la web 2.0) y las empresas poseen la infraestructura necesaria para la conservación, la transmisión y la generación de nuevo conocimiento. Eso sí, con la característica propia de que a ninguna de las dos, TICs y empresas, se les exige por parte de la opinión pública, en principio, un compromiso con la realidad social (sobre este tema no profundizaré ya que nos llevaría a todo un análisis no sólo de los intentos fallidos por controlar Internet, sino también del sistema capitalista poco preocupado en que las empresas tengan un compromiso social con la realidad social).


En resumen, son dos las diferencias básicas entre aquellos centros universitarios que se configuraron en las ciudades medievales y los centros de educación superior de la actualidad. En primer lugar la relación que quienes participaban en estas instituciones tenían con el conjunto de la sociedad, ya que hace siglos los únicos beneficiados por el estudio era la propia comunidad académica. Y segundo, la competencia que para el quehacer universitario supone hoy el mundo de las TICs (y la empresa). Y digo competencia, sí, puesto que considero que si bien es cierto que en algunas ocasiones las TICs son utilizadas como una herramienta más al servicio de la comunidad universitaria, por ahora las TICs en la mayoría de los casos sólo están siendo utilizadas para hacer lo que ya se hacía cuando estas no existían (lo que antes se mandaba a repografía ahora se cuelga en una plataforma virtual y punto). Pero tiempo tendremos estos días veraniegos de ampliar esta cuestión…baste por el momento lo presentado.


Parte II; La web 2.0 como posibilidad para la renovación del quehacer del docente universitario


9:02 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (0)

Después de que el omnipresente Savater (apoyado por un nutrido de bien-pensantes intelectuales, entre ellos: Vargas Llosa, Marina o Álvaro Pombo) presentara hace unos días en el Ateno de Madrid el Manifiesto por una Lengua Común, un ilustre de este centro del pensamiento madrileño, Agustín García Calvo, ha entrado en el debate de “la lengua” sin complejos y con ese espíritu indomable e independiente que ha caracterizado su trayectoria. Así, en su artículo publicado el pasado miércoles 2 de julio en “El País” (me alegro de que este periódico no olvide que alguna vez fue un lugar de encuentro para muchos lectores que demandaban una visión crítica de la realidad) García Calvo no se anda con rodeos a la hora de poner en su sitio el debate en cuestión. También hay algunas lindezas para los firmantes del Manifiesto, baste por el momento una: “Algo de vergüenza da que hombres doctos y esclarecidos confundan en un trance como éste los manejos unificatorios de una u otra administración con la máquina, desconocida y libre, de la lengua”.


(Agustín García Calvo)


Señores: la lengua no es de nadie; esa máquina de maravillosa complejidad que ustedes mismos usan, “con la cual suele el pueblo fablar a su vezino”, no es de nadie; no ya la lengua común, que no aparece en la realidad más que como lenguas de Babel, pero ni siquiera una de esas lenguas o idiomas es de nadie, y no hay académico ni emperador que pueda mandar en su maquinaria, ni cambiar por decreto ni la más menuda regla, por ejemplo, de oposiciones entre fonemas y neutralización combinatoria de oposiciones que en ella rijan.

La escritura, la cultura, la organización gubernativa, la escolar, las leyes, las opiniones, ésas sí que tienen dueño; y el dueño es el de siempre: el jefe, sus secretarios, sus sacerdotes, la persona que se cree que sabe lo que dice.

Y ésos ya se sabe lo que quieren o necesitan: quieren ordenar el mundo, el mapa, las poblaciones; es el juego terrible de niños grandes, malcriados y simplones, que ha venido arrasando tierras y torturando gentes desde el comienzo de la Historia, en nombre del Ideal; y así siguen queriendo, por ejemplo, que España sea una, que los Estados Unidos sean uno, que Cataluña sea una, que Euskal Herria o Galicia sean una cada una… Da lo mismo: el caso es someter al ideal a todos, dentro de las fronteras que les toquen: que todos sean uno.

Por medio de la escritura y de la escuela, el Poder ha utilizado una y otra vez las lenguas o idiomas para ese fin: tomando en bloque una variedad simplificada del idioma correspondiente, y sin entrar para nada a la maquinaria de la lengua, ha logrado por ley (pero siempre a través de la escuela y la escritura) imponer hasta cierto punto un idioma uniforme dentro de las lindes que los avatares de la Historia le hayan repartido a esa forma de Poder; así impuso Roma en el vasto territorio del Imperio la unidad lingüística, para apenas un par de siglos, mientras los pueblos volvían a hacer de las suyas y deshacían el latín en dialectos innumerables; y hazañas parecidas se han dado luego, en territorios más o menos amplios, como, por ejemplo, la conversión del hebreo, una lengua muerta, en idioma, relativamente uniforme, del Estado de Israel.

En aquello que iba siendo Europa hace unos ocho siglos, los hombres cultos, que hablaban diferentes idiomas o dialectos como lengua cotidiana, trataron de mantener, y mantuvieron durante unos cinco siglos, una lengua común, el latín resucitado por escrito, no sólo para las disputas escolares y científicas, sino también para los tratos internacionales. Pero ya, entre tanto, los Estados modernos, el Español, el Francés, el Inglés, se habían establecido, y preferían volver a repetir, cada cual en su ámbito propio, la empresa del Imperio: la unificación de los varios idiomas y dialectos bajo el mismo ideal; una lengua una para el Estado uno; y en la misma idea les han seguido todas las naciones de cuño estatal, chiquitas o mayores, que tratan de dividirse el mapamundi.

Cierto que el que una lengua, relativamente uniforme, ocupe vastos espacios, tiene sus ventajas, no sólo para los trámites comerciales y administrativos, sino para que, por ejemplo, esta andanada contra los tratantes de lenguas le llegue a más gente que si la escribiera en sayagués; pero la cuenta de lo que con eso gana la denuncia de la mentira en contra de lo que gana la difusión de la mentira, ¿quién, señores, me ayudará a echar esa cuenta?

En fin, lo que el Poder, nacional, autonómico, universal, quiere hacer con las lenguas y la gente, eso cualquiera, si se deja sentir, lo sabe. Algo de vergüenza da que hombres doctos y esclarecidos confundan en un trance como éste los manejos unificatorios de una u otra administración con la máquina, desconocida y libre, de la lengua. Pero tampoco eso debe extrañarnos demasiado, sabiendo y sufriendo, como sufrimos, lo que es la condición de la Cultura y la de la Persona.

Para el debate, dejo linkedado el video de la presentación del manifiesto celebrada en el Ateneo que está colgada en youtube: Pincha aquí.







4:00 | gestionado por Jon Igelmo Zaldívar | Enviar comentario (2)