Después de que el omnipresente
Savater (apoyado por un nutrido de bien-pensantes intelectuales, entre ellos:
Vargas Llosa, Marina o Álvaro Pombo) presentara hace unos días en el Ateno de
Madrid el Manifiesto por una Lengua Común, un ilustre de este centro del
pensamiento madrileño, Agustín García Calvo, ha entrado en el debate de “la
lengua” sin complejos y con ese espíritu indomable e independiente que ha
caracterizado su trayectoria. Así, en su artículo publicado el pasado miércoles
2 de julio en “El País” (me alegro de que este periódico no olvide que alguna
vez fue un lugar de encuentro para muchos lectores que demandaban una visión
crítica de la realidad) García Calvo no se anda con rodeos a la hora de poner
en su sitio el debate en cuestión. También hay algunas lindezas para los
firmantes del Manifiesto, baste por el momento una: “Algo de vergüenza da que
hombres doctos y esclarecidos confundan en un trance como éste los manejos
unificatorios de una u otra administración con la máquina, desconocida y libre,
de la lengua”.

(Agustín García Calvo)
Señores: la lengua no es de nadie; esa máquina de
maravillosa complejidad que ustedes mismos usan, “con la cual suele el pueblo
fablar a su vezino”, no es de nadie; no ya la lengua común, que no aparece en
la realidad más que como lenguas de Babel, pero ni siquiera una de esas lenguas
o idiomas es de nadie, y no hay académico ni emperador que pueda mandar en su
maquinaria, ni cambiar por decreto ni la más menuda regla, por ejemplo, de
oposiciones entre fonemas y neutralización combinatoria de oposiciones que en
ella rijan.
La escritura, la cultura, la organización
gubernativa, la escolar, las leyes, las opiniones, ésas sí que tienen dueño; y
el dueño es el de siempre: el jefe, sus secretarios, sus sacerdotes, la persona
que se cree que sabe lo que dice.
Y ésos ya se sabe lo que quieren o necesitan:
quieren ordenar el mundo, el mapa, las poblaciones; es el juego terrible de
niños grandes, malcriados y simplones, que ha venido arrasando tierras y
torturando gentes desde el comienzo de la
Historia, en nombre del Ideal; y así siguen queriendo, por
ejemplo, que España sea una, que los Estados Unidos sean uno, que Cataluña sea
una, que Euskal Herria o Galicia sean una cada una… Da lo mismo: el caso es
someter al ideal a todos, dentro de las fronteras que les toquen: que todos
sean uno.
Por medio de la escritura y de la escuela, el
Poder ha utilizado una y otra vez las lenguas o idiomas para ese fin: tomando
en bloque una variedad simplificada del idioma correspondiente, y sin entrar
para nada a la maquinaria de la lengua, ha logrado por ley (pero siempre a
través de la escuela y la escritura) imponer hasta cierto punto un idioma
uniforme dentro de las lindes que los avatares de la Historia le hayan repartido a esa
forma de Poder; así impuso Roma en el vasto territorio del Imperio la unidad
lingüística, para apenas un par de siglos, mientras los pueblos volvían a hacer
de las suyas y deshacían el latín en dialectos innumerables; y hazañas
parecidas se han dado luego, en territorios más o menos amplios, como, por
ejemplo, la conversión del hebreo, una lengua muerta, en idioma, relativamente
uniforme, del Estado de Israel.
En aquello que iba siendo Europa hace unos ocho siglos,
los hombres cultos, que hablaban diferentes idiomas o dialectos como lengua
cotidiana, trataron de mantener, y mantuvieron durante unos cinco siglos, una
lengua común, el latín resucitado por escrito, no sólo para las disputas
escolares y científicas, sino también para los tratos internacionales. Pero ya,
entre tanto, los Estados modernos, el Español, el Francés, el Inglés, se habían
establecido, y preferían volver a repetir, cada cual en su ámbito propio, la
empresa del Imperio: la unificación de los varios idiomas y dialectos bajo el
mismo ideal; una lengua una para el Estado uno; y en la misma idea les han
seguido todas las naciones de cuño estatal, chiquitas o mayores, que tratan de
dividirse el mapamundi.
Cierto que el que una lengua, relativamente
uniforme, ocupe vastos espacios, tiene sus ventajas, no sólo para los trámites
comerciales y administrativos, sino para que, por ejemplo, esta andanada contra
los tratantes de lenguas le llegue a más gente que si la escribiera en
sayagués; pero la cuenta de lo que con eso gana la denuncia de la mentira en
contra de lo que gana la difusión de la mentira, ¿quién, señores, me ayudará a
echar esa cuenta?
En fin, lo que el Poder, nacional, autonómico,
universal, quiere hacer con las lenguas y la gente, eso cualquiera, si se deja
sentir, lo sabe. Algo de vergüenza da que hombres doctos y esclarecidos
confundan en un trance como éste los manejos unificatorios de una u otra
administración con la máquina, desconocida y libre, de la lengua. Pero tampoco
eso debe extrañarnos demasiado, sabiendo y sufriendo, como sufrimos, lo que es
la condición de la Cultura
y la de la Persona.
Para el debate, dejo linkedado el video de la presentación del manifiesto celebrada en el Ateneo que está colgada en youtube: Pincha aquí.