En estos últimos días se han manifestados transportistas en distintos países del mundo para protestar por los altos precios del petróleo. Los últimos en subirse al carro de las protestas han sido los taxistas de Madrid que ayer colapsaron el centro de la ciudad. Ahora bien; ¿Contra qué protestan estos gremios? ¿A quien dirigen sus quejas? ¿Al gobierno? ¿A la administración? ¿Al sistema económico mundial? ¿A la madre tierra?

No entiendo muy bien todo esto. Creo que algo obvio, o que por lo menos debería serlo, es que las mayoría de las máquinas que utilizamos para transportarnos y para transportar las mercancías que utilizamos (y consumimos), no se pueden poner en funcionamiento sin los combustibles derivados del petróleo. Además, creo no desvelar ninguna novedad, si digo que el petróleo es una materia agotable, es decir, que a medida que se consumen sus reservas, éste se agota.
De tal forma, y teniendo en cuenta estas dos cuestiones, es igualmente indiscutible que tarde o temprano, y a medida que las reservas de petróleo vayan decreciendo, el precio del mismo ha de aumentar. ¿No es esa la máxima de un sistema capitalista? Es decir: una de las lecciones básicas para la convivencia capitalista reside en el hecho de aceptar que lo que es muy útil y a la vez escaso vale mucho y sólo es accesible para unos pocos, mientras que lo que no es útil y abundante tiene un precio asequible y una gran mayoría puede tener acceso a su consumo.
Y respecto a esta máxima no hay excepción. Más bien, sólo hay variaciones, y son precisamente las materias primas las que marcas estas variaciones. Y el caso del petróleo es el mejor ejemplo. Que poco a poco se va agotando, pues el precio subirá (de cajón). Que los transportistas, los pescadores y los taxistas protestan, pues el precio seguirá subiendo. Que los gobiernos bajan los impuestos sobre los combustibles, pues no se preocupen porque el precio seguirá al alza. Mientras se siga consumiendo seguirá subiendo el precio.
Quizá la única forma de hacer bajar los precios del petróleo pase por dejar de usarlo. Pero eso no tiene pinta de resultar sencillo. En un mundo donde en los últimos años se ha funcionado bajo la tutela del petróleo, y en el que se ha generado una dependencia brutal de los individuos sobre sus derivados, cualquier iniciativa pasa por un cambio de mentalidad en cada individuo. Repasar el modo en que nuestra propia alimentación depende del petróleo (no es que nos lo comamos entre pan y pan, me refiero a lo que supone en el transporte de los alimentos), o la forma en que nuestro quehacer diario depende de productos derivados del preciado líquido, puede ser un buen inicio para ver las alternativas que podemos usar para desprendernos de esta dependencia.
No obstante, las manifestaciones en contra de los precios de una materia prima que poco a poco se agota no llevan a ninguna parte. De hecho, ayer, mientras veía en el telediario las manifestaciones que había en distintos países como consecuencia de la subida de los precios del petróleo, me vino a la mente la idea de las tribus que se enfadaban con los dioses cuando estos no traían la lluvia o con la madre tierra cuando las cosechas no era buenas. Protestar contra el precio del petróleo tiene algo de todo eso, con la diferencia de que la culpa de que el preciado líquido se esté agotando no es de ningún dios o divinidad, sino del ser humano.