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domingo, 18 de mayo de 2008

Hace unos días, en  la Feria del libro antiguo y de ocasión que cada año se celebra en Madrid, encontré un interesante relato en primera persona de un alumno que pasó unos cuantos años en la escuela de Summerhill. Uno de los capítulos está dedicado a Neill. Reproduzco a continuación parte del mismo con la intención de seguir dibujando un perfil de este pedagogo, pero esta vez desde la mirada de uno de sus alumnos: Joshua Popenoe. El libro en cuestión se titula: Sumerhill, una experiencia pedagógica revolucionaria (1975, Laia, pp. 77-80)


Cuando llegué a la escuela, Neill daba clases de inglés. Pero lo dejó porque se sentía demasiado viejo y tenía muchas quejas de los muchachos que deseaban aprender serio. Neill siempre se sentía inclinado a pasar el tiempo de clase de inglés haciendo chistes y juegos de palabras.

 

Actualmente, pasa la mayor parte de su tiempo contestando a la abrumadora cantidad de gente que le escribe. Le piden información, le solicitan una plaza o un permiso para visitar la escuela y, a menudo, le requieren para dar ciclos de conferencias. Semanalmente recibe cartas de muchachos americanos que se quejan de sus escuelas y de sus familias, y le piden que les deje entrar en Summerhill. Le desazona enormemente tener que rechazar a la mayoría de estos chiquillos, pero está firmemente decidido a no permitir que la escuela exceda de sesenta alumnos.

(…)

 

(A. S. Neill junto con Ena, su esposa, y Zoë, su hija.)

 

 

Si un muchacho se siente desdichado o tiene un problema, va a ver a Neill. En Summerhill, cualquiera está dispuesto a pasar horas consolando o hablando con quien necesite un rato de conversación.

 

Cada año, cuando se acerca el cumpleaños en Ena o de Neill, se celebra una reunión para decidir el regalo que tenemos que hacerles. Por lo común, siempre acabamos entregando una botella de livor a Neill y unas flores a Ena.

 

En su último aniversario, entregamos ilusionadamente a Ena algo que creo que le satisfizo mucho. Se trataba de una foto de todos los muchachos de la escuela.  Ante ella habían desfilado una gran cantidad de niños, pero esta era la primera vez que los tenía todos recogidos en una fotografía. No tenía nada de las poses formalistas que se suelen ver en las fotos escolares. Algunos chiquillos aparecían con los dedos levantados y la palma de la mano vuelta hacia ellos. Esto es algo mucho más grosero que un simple gesto de paz. Por desgracia, yo no aparecía en la foto; fui el fotógrafo.

 

Neill tiene un temperamento extraordinariamente amable, y durante los dos último cursos solía charlar largos ratos con él, en su despacho. En aquella época, yo era el alumno de más edad, y discutíamos sobre los problemas de la escuela y sobre la manera como podríamos remediarlos.

 

Le encanta sentarse para charlar un rato. En cierta ocasión, fui con un amigo a su casa. Eran las ocho y media de la tarde y nos pusimos a hablar. A las once y media todavía estábamos allí, tan enfrascados, que no nos dimos cuenta de que ya había pasado la hora de acostarse. Si nos hubiesen castigado suprimiéndonos el desayuno de la mañana siguiente, Neill tampoco hubiese podido tomarlo, ya que era parte interesada en la falta. Afortunadamente, no nos castigaron.

 

Un día mientras yo  contemplaba una colección de fotos de Neill, de treinta años atrás, me confesó que si no hubiese fundado Summerhill  o no hubiese entrado en el terreno de la educación, le hubiera gustado ser arqueólogo. Debe existir alguna relación en todo ello. A pesar de su edad, se conserva extraordinariamente fuerte: su abrazo tiene la fuerza de un oso, y prácticamente podría matarte. Neill posee un noble destello, que te hace sentir acogido cuando te acercas a él.

 

Alexander Stuherland Neill y la escuela de Summerhill (Cap. I)

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