Es posible que la mejor forma de
conocer el rumbo de un barco pase por saber las razones que encontró el armador
de la nave para poner al frente de la misma a un capitán y no a otro. En el
caso del nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación botado por el presidente Zapatero
muchos son los interrogantes sobre el rumbo que tomará la nave, si bien muchas
de estas cuestiones pueden encontrar respuesta al repasar la trayectoria que hasta
el día de su nombramiento atesoraba la recién nombrada ministra Cristina
Garmendia.
Hasta hace pocas semanas Cristina
Garmendia era una reconocida empresaria del campo de la biotecnología. A medio
camino entre la investigación y el negocio, esta donostiarra de 46 años, según
un interesante artículo publicado en El País (Domindo 4 de
mayo) había sido “capaz de hilvanar acuerdos entre banqueros e investigadores
para poner en pie empresas como el grupo Gentrix, nacido en 2001, que ha
generado a su vez varias empresas biotecnológicas, sobre todo Cellerix, que
lidera el desarrollo de células madre adultas derivadas de tejido adiposo.”
Al parecer, en los últimos años
Garmendia ha pasado su tiempo sentada en consejos de administración de empresas
biomédicas, en fundaciones dedicadas a la medicina regenerativa, en patronatos
de fundaciones bancarias o en el comité ejecutivo de la patronal española.
Aunque sus primeros pasos en el mundo académico y de la investigación los dio
bajo la tutela de Margarita Salas, dentro del campo de la biología molecular. No
obstante, su carrera como investigadora sufre un parón significativo en la década
de los años noventa. Entonces, tras cursar un master en la Universidad de Navarra,
trabajó en para el grupo pesquero Amasua, donde adquiere una importante
experiencias en el campo empresarial.
Ya en el año 2000 regresa a la biología. Funda, con la ayuda
del CSIC la iniciativa Genetrix., empresa que trabaja con el objetivo de
traducir los logros de las investigaciones con células madre, proteínas y
anticuerpos, en resultados terapéuticos reales. Según un artículo aparecido
hace unas semanas en El País (20 de abril):
El mérito principal de Genetrix y de sus fundadores (la ministra
Garmendia y los profesores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
Carlos Martínez y Antonio Bernal), con independencia de sus logros posteriores,
radica en el hecho de haber sentado las bases de una industria española de
biotecnología, que no existía, al trasladar el know-how (el saber hacer
en tecnología) de la investigación biomédica académica al ámbito empresarial.
Unir en definitiva la experiencia investigadora pública, cuyos avances en
muchos casos no pasan de su publicación en revistas científicas o quedan
inconclusos por falta de financiación, con el mundo cotidiano real y con la
iniciativa privada.
Según se cuenta, su acercamiento a la política se produjo durante los
primeros meses de la primera legislatura del gobierno de Zapatero. Tras un acto
en el CSIC en el que pudo conversar con el presidente, recibió una llamada
desde Moncloa para incorporarse al observatorio para la Ciencia y Tecnología (OCYT)
en la Oficina Económica del Presidente. En este tiempo estrechó relación con
el hoy ministro Miguel Sebastián, lo que supuso un contacto clave para que en
una maniobra política sin precedentes, y con los focos mediáticos centrados en
la imagen de la ministra de defensa paseando su embarazo por los destacamentos
militares de Afganistán, Zapatero delegara en Garmendia el papel de fusionar la
investigación de universidades y empresas en un mismo órgano ministerial.
De momento la decisión ha pasado desapercibida en comparación con la
polémica mediática suscitada por otros nombramientos de ministros. Ahora bien,
en los próximos años, las universidades afrontarán unos cambios sustanciales en
su funcionamiento para su adaptación a los nuevos planes europeos. Y resulta
que en pocas semanas ya se han producido movilizaciones en algunas
facultades de ciudades como Madrid, Barcelona o Sevilla. La forma en que la
ministra Garmendia pretenda afrontar la situación crítica que hoy vive la
universidad es toda una incógnita. Su trayectoria a medio camino entre la
investigación y la empresa más bien alienta, y con razón, muchas de las críticas
que se vienen proyectando sobre la configuración del nuevo Espacio Europeo de
Educación Superior que tiene previsto su estreno para el año 2010.
El distanciamiento que Cristina Garmendia ha tenido en su trayectoria de
la universidades ya ha suscitado cierto escepticismo entre diversos sectores del
campo académico, especialmente entre las deprimidas Facultades de Humanidades.
También hay dudas sobre la capacidad que tendrá la nueva ministra para entender
y acoplarse al lento ritmo con que funcionan hoy la administración
pública. Además, lo curioso es que esta nueva ubicación de las universidades
con la que tendrá que lidiar la ministra Garmendia, en principio, responde no
tanto a los planteamientos pedagógicos o sociales con que nacía el proyecto de
Bolonia, sino más bien a la supuesta necesidad de hacer de la Universidad un espacio
rentable económicamente. Lejos quedan los propósitos que quedaron plasmados en
aquella primer declaración en París, en 1998, que es considerada como el comienzo del Plan Bolonia para la universidades europeas, los cuales no está de más recordar:
El proceso Europeo
ha dado pasos importantes muy recientemente. Tan relevantes como son, no pueden
hacer olvidar que Europa no es sólo la del Euro, los bancos y la economía; sino
que también debe ser la del conocimiento. Debemos acercarnos y construir sobre
las dimensiones intelectuales, culturales, sociales y técnicas de nuestro
continente. Esto tiene que ser conformado por las universidades, las cuales
continuan jugando un papel de pivote para nuestro desarrollo